Capitulo 33
El suave susurro
Pasaron muchos meses y, aunque el tiempo había seguido su curso, yo aún recordaba con emoción aquellos maravillosos días en la playa.
Aquella experiencia había quedado grabada para siempre en mi corazón.
Esa mañana, Carmen estaba a punto de despertar cuando recordé que era el último día de clases.
Me acerqué a ella y le susurré con dulzura al oído:
—Carmen, no olvides llevar los libros de la biblioteca.
Ella abrió los ojos de inmediato, se incorporó en la cama y exclamó:
—¡Los libros! ¡Tengo que llevarlos!
Me quedé inmóvil.
Por un instante sentí que había repetido exactamente las palabras que yo le había susurrado.
Durante el camino hacia la escuela le conté lo sucedido a Morillo.
Él sonrió.
—No te sorprendas, hermanita. Todos los seres humanos pueden percibir nuestras inspiraciones.
Lo miré con curiosidad.
—¿Entonces sí nos escuchan?
—Sí. Todos nos escuchan en lo más profundo de su corazón. Lo que ocurre es que no siempre deciden prestar atención.
Aquellas palabras despertaron aún más mi interés.
—¿Cómo sucede eso?
Morillo comenzó a explicarme con paciencia.
—Nuestro Padre nos permite sembrar pensamientos de amor, prudencia y bondad en el corazón de nuestros protegidos. Son pequeñas inspiraciones, como un suave susurro.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—Ellos conservan siempre su libertad. Pueden escucharnos... o pueden ignorarnos.
Seguí caminando junto a él mientras intentaba comprenderlo.
Morillo sonrió.
—Te pondré un ejemplo.
Si Carmen ve a su mamá triste y siente el deseo de acercarse para abrazarla, ¿qué le susurrarías tú?
No dudé en responder.
—Que la abrace... y le diga cuánto la quiere.
Morillo asintió.
—Exactamente.
Después añadió:
—Si Carmen abre su corazón a esa inspiración, se acercará a su mamá y la abrazará. Pero si decide ignorarla, seguirá su camino y no hará nada.
Permanecí unos instantes en silencio.
Entonces comprendí algo muy importante.
—Así que nosotros guiamos... pero nunca obligamos.
Morillo sonrió con satisfacción.
—Así es, hermanita.
Nuestro Padre creó a los seres humanos libres.
El amor verdadero solo existe cuando nace de una decisión.
Nosotros podemos inspirar el bien, advertir sobre los peligros y recordarles el camino correcto, pero jamás podemos decidir por ellos.
Miré a Carmen caminando alegremente hacia la escuela.
Sentí un profundo respeto por la misión que nuestro Padre nos había confiado.
Comprendí que el mayor regalo que Él había dado a la humanidad era la libertad de elegir.
Y que nuestra misión consistía en acompañarlos con amor, esperando siempre que sus corazones decidieran escuchar aquel suave susurro que nacía de la voz de Dios.