Capitulo 32
El canto del amanecer
—¡Carmen, Carmen! —la llamó su mamá desde la cocina—. Ven a desayunar, hijita.
—¡Ya voy, mamá!
Carmen bajó las escaleras casi corriendo y se sentó a la mesa.
Mientras desayunaban, preguntó con una enorme sonrisa:
—Mamá, ¿de verdad vamos a ir a la playa?
—Claro que sí, mi amor. Pero tendrás que estar lista muy temprano porque el camino es largo y papá vendrá con nosotras.
Los ojos de Carmen brillaron de emoción.
—¡Sí, mamá! Estaré lista. No quiero llegar tarde.
Su mamá sonrió al verla tan entusiasmada.
—Después de desayunar iremos a comprar todo lo que necesitamos para pasar un lindo día en la playa.
Carmen dio un pequeño aplauso de alegría.
—¡Qué emoción!
Yo también sonreía al verla tan feliz.
Me acerqué a Morillo y, sin poder ocultar mi entusiasmo, le dije:
—¡Qué alegría, hermano! Al fin conoceré la playa.
Morillo soltó una suave risa.
—Sí, hermanita. Estoy seguro de que te llevarás una hermosa sorpresa.
Lo miré intrigada.
—¿Una sorpresa?
Él solo sonrió.
—Ya lo descubrirás cuando lleguemos.
Aquellas palabras despertaron aún más mi curiosidad.
Sin embargo, había aprendido que muchas veces las respuestas llegaban justo en el momento que nuestro Padre había dispuesto.
El camino fue realmente largo, pero valió la pena.
Cuando llegamos, mis ojos se llenaron de asombro.
Era una playa hermosa.
El mar parecía no tener fin y las olas acariciaban suavemente la orilla mientras una fresca brisa movía las palmeras.
Apenas el automóvil se detuvo, Carmen abrió la puerta y salió corriendo hacia el mar.
Su mamá fue detrás de ella riendo.
Las dos parecían tan felices que mi corazón se llenó de alegría.
—¡Carmen! —la llamó su mamá—. Regresemos, mi amor. Primero tenemos que ir al hotel a desempacar.
—¡Solo un ratito más, mamá! —suplicó la niña sin dejar de mirar el mar.
Su madre sonrió, la tomó dulcemente de la mano y la condujo de regreso al automóvil.
Al llegar al hotel acomodaron el equipaje y, sin perder tiempo, se cambiaron de ropa para disfrutar de aquella hermosa tarde en la playa.
Mientras observaba el inmenso océano, me acerqué a Morillo.
—Hermano... ¿no te parece un lugar maravilloso?
Antes de que él respondiera, Alejandro sonrió.
—Sí, hermanita. Es hermoso... pero todavía no has visto lo mejor.
Lo miré intrigada.
Él no dijo nada más.
Solo sonrió.
Poco a poco el sol comenzó a esconderse detrás del horizonte.
El cielo se tiñó de tonos dorados, anaranjados y rosados que parecían pintados por la mano de nuestro Padre.
Cuando cayó la noche, los papás de Carmen decidieron regresar al hotel.
Carmen estaba tan cansada que apenas llegó a la habitación se quedó profundamente dormida.
Antes de retirarnos a descansar, Morillo se acercó.
—Hermana Clara, mañana quiero que nos reunamos antes de nuestra oración del amanecer.
Asentí sin hacer preguntas.
La curiosidad no me dejó dormir mucho aquella noche.
A las cinco de la mañana ya estaba reunida con Morillo y Alejandro en la pequeña sala de la habitación.
Morillo me miró sonriendo.
—¿Estás lista para la sorpresa, hermanita?
Sentí que mis alas temblaban de emoción.
—¡Sí! Claro que sí.
Salimos del hotel en completo silencio y caminamos hacia la playa.
El cielo aún permanecía oscuro, pero una tenue claridad comenzaba a anunciar el nuevo día.
Entonces ocurrió.
El primer rayo de sol apareció sobre el horizonte.
Y quedé completamente maravillada.
A lo largo de toda la playa había miles de nuestros hermanos.
Todos tenían las alas completamente extendidas hacia el cielo.
Sus voces se unían en un solo canto de alabanza a nuestro Padre.
Era una melodía tan hermosa que parecía abrazar el mar, el viento y toda la creación.
El sol ascendía lentamente mientras su luz iluminaba nuestras alas, haciéndolas resplandecer como si estuvieran hechas de cristal.
Jamás había contemplado algo tan sublime.
Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de gratitud.
Comprendí que cada amanecer era un regalo de nuestro Padre y que, antes de que los seres humanos despertaran para comenzar un nuevo día, nosotros, sus ángeles guardianes, ya estábamos allí, alabándolo y dándole gracias por el don de la vida.