LAS ALAS DE CLARA Capitulo 31
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Capitulo 31

El escudo

Había transcurrido un año más.

Aquella mañana desperté con una inmensa alegría.

—Alejandro… —le dije sonriendo—. Ya cumplí siete años.

Él me devolvió la sonrisa.

—Así es, hermanita. Siete años de cuidar a Carmen.

Miré hacia el cielo con gratitud.

—Antes de comenzar el día le di gracias a nuestro Padre. Qué hermoso es servirle y vivir esta misión.

Alejandro asintió.

—Cada amanecer es un regalo.

De pronto, el rostro de Morillo cambió por completo.

Sus alas se desplegaron con firmeza.

—¡En guardia, hermanos!

Alejandro y yo reaccionamos al instante.

—Hay sombras acechando esta casa.

Sin perder un segundo, los tres inclinamos la cabeza y comenzamos a orar con todo el fervor de nuestro corazón.

Mientras pronunciábamos nuestras oraciones, una luz comenzó a brotar de nuestras alas.

Aquella luz se extendió hasta envolver toda la casa, formando un inmenso escudo invisible.

Las sombras intentaron acercarse.

Pero en cuanto tocaron aquella barrera de luz, se deshicieron lentamente, como humo arrastrado por el viento.

Todo volvió a quedar en silencio.

Sentí cómo mis alas se relajaban.

Respiré profundamente.

—Ya pasó —dijo Morillo—. No volverán a acercarse por un tiempo.

Lo miré llena de asombro.

—Hermano… ¿cómo pudimos hacer eso?

Morillo sonrió.

—Por instinto.

Alejandro continuó la explicación.

—Nuestro Padre nos creó con muchas habilidades para proteger a nuestros protegidos y también para protegernos entre nosotros. Algunas las descubrimos con los años, otras aparecen cuando más las necesitamos.

Seguía llena de preguntas.

—¿Y por qué esas sombras rodean esta casa?

Morillo levantó la vista.

—Porque esta es la casa de unos hijos de Dios. Donde hay fe, también existen tentaciones. El enemigo siempre intenta apartar del buen camino a quienes desean permanecer junto a nuestro Padre.

Guardé silencio unos instantes.

—Pero… si nuestro Padre quiere que todos sean felices, ¿por qué permite las tentaciones?

Alejandro respondió con serenidad.

—Porque el amor verdadero siempre es una elección, hermanita. Nuestro Padre no obliga a nadie a seguirlo. Cada persona decide el camino que quiere recorrer, y nosotros estamos aquí para inspirar, proteger y guiar, nunca para imponer.

Sus palabras quedaron grabadas en mi corazón.

Morillo apoyó una mano sobre mi hombro.

—Con el tiempo comprenderás muchas cosas. Apenas estás comenzando este maravilloso camino.

Sonrió con cariño.

—Nosotros tenemos la dicha de cuidar una familia que lucha por permanecer unida a Dios. Hay otros hermanos que enfrentan batallas mucho más difíciles. Por eso nunca dejamos de orar por ellos.

Miré a mis dos hermanos con admiración.

Comprendí que, aunque nuestras misiones fueran distintas, todos luchábamos por el mismo propósito.

Morillo volvió a sonreír.

—Ahora dejemos atrás las preocupaciones.

Hoy también es un día especial.

Se acercó y me abrazó.

—¡Feliz cumpleaños, hermanita!

Y, por un momento, toda la casa volvió a llenarse de aquella paz que solo nuestro Padre podía regal