Capitulo 30
La victoria de la perserverancia
Durante muchos meses luchamos unidos por aquella familia.
Cada día era una nueva batalla.
Morillo, con paciencia y sabiduría, inspiró a la mamá de Carmen para que, con amor y sin juzgar, condujera nuevamente a su esposo hacia el camino de Dios.
Alejandro, por su parte, enfrentó con valentía innumerables tentaciones que rodeaban a su protegido. Hubo momentos en los que creyó que no podría lograrlo, pero nunca dejó de confiar en nuestro Padre y jamás abandonó su misión.
Poco a poco, la oscuridad comenzó a disiparse.
El papá de Carmen dejó atrás aquellas reuniones que tanto daño le hacían y volvió a reunirse con su familia. Recuperó la alegría de compartir con su esposa y con su hija, y juntos retomaron el camino de la fe.
La paz volvió a llenar aquel hogar.
Carmen sonreía nuevamente al ver a sus padres unidos, y esa felicidad iluminaba también mi corazón.
Una mañana observé a Alejandro.
Sus alas, que durante tanto tiempo habían permanecido oscurecidas por el peso de aquella dura batalla, comenzaban a recuperar su resplandor.
Cada día brillaban un poco más.
Miré las mías y después las de Morillo.
También habían vuelto a ser completamente blancas.
Comprendí entonces que, cuando un protegido regresa al camino de nuestro Padre, no solo sana su corazón.
También sana el alma de quienes nunca dejaron de luchar por él.
Aquel día dimos gracias a Dios por recordarnos que ninguna batalla está perdida cuando se sostiene con fe, amor y perseverancia.