Capitulo 29
Unidos en la batalla
Los días siguieron pasando.
Las tardanzas de Alejandro se hicieron cada vez más frecuentes y, con ellas, el brillo de sus alas continuó apagándose.
Cada pluma que perdía su blancura era un reflejo de la batalla que libraba por el alma de su protegido.
La situación también comenzó a afectar a la familia.
La mamá de Carmen se veía cada vez más triste y preocupada.
Aquella tristeza, poco a poco, empezó a reflejarse en Carmen.
Morillo y yo observábamos con preocupación cómo nuestras propias alas comenzaban a adquirir un tenue color marrón.
Comprendimos que el sufrimiento de nuestros protegidos también dejaba huellas en nosotros.
Una noche, Morillo me llamó a la sala.
—Hermana Clara, ven. Tenemos que reunirnos.
Al llegar encontré a Alejandro con la mirada baja.
Frente a él estaba el hermano Matías.
Su presencia transmitía paz, pero también una gran autoridad.
Nos invitó a sentarnos.
—Hermanos, ya conocemos lo que está ocurriendo.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Y vamos a resolverlo juntos.
Miró a cada uno de nosotros.
—Lo que está sucediendo con el protegido de Alejandro ya está afectando a toda esta familia. Por eso ninguno de ustedes debe cargar esta batalla solo.
Alejandro bajó aún más la cabeza.
Su voz apenas se escuchó.
—Es mi culpa, hermano Matías. Debí acudir a ti antes. Creí que podría resolverlo por mi cuenta.
Matías se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—No, hermano.
Su voz era firme, pero llena de cariño.
—No es culpa tuya.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—Nuestro Padre vio tu corazón cuando te eligió como ángel guardián. Por eso te confió esta misión. No estás fallando; simplemente estás enfrentando una prueba muy difícil.
Sus palabras devolvieron un poco de luz al rostro de Alejandro.
—Ninguno de nosotros fue creado para luchar solo.
Nos miró a todos.
—Somos una familia.
Guardamos silencio.
Después, Matías dijo:
—Comencemos haciendo lo más importante.
Todos inclinamos la cabeza.
Oramos con un fervor que jamás había sentido.
Cada palabra nacía desde lo más profundo de nuestro corazón.
Cuando terminamos, Matías volvió a hablar.
—Esto se resolverá.
Había tanta certeza en su voz que ninguno de nosotros dudó.
Luego me miró directamente.
—Hermana Clara, desde hoy deberás cuidar de Carmen con mayor atención que nunca. No la descuides ni un solo instante. Tu misión es proteger su corazón y mantener viva su fe.
Asentí con decisión.
Después dirigió la mirada hacia Morillo.
—Tú continuarás guiando a esta familia.
Finalmente observó a Alejandro.
—Y tú vendrás conmigo. Pediremos apoyo a los guías de otros hermanos. Reforzaremos la presencia de nuestros ángeles en los lugares donde tu protegido está siendo tentado. La batalla será difícil, pero no permitiremos que luche solo.
Alejandro respiró profundamente.
Por primera vez en muchos días, una pequeña esperanza volvió a reflejarse en sus ojos.
Matías sonrió.
—Ahora descansen.
Mañana será un día de mucho trabajo.
Nos levantamos en silencio.
Mientras caminaba hacia la habitación de Carmen, comprendí que la fuerza de un ángel no estaba en luchar solo, sino en confiar en sus hermanos y, sobre todo, en la voluntad de nuestro Padre.