LAS ALAS DE CLARA Capitulo 28
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Capitulo 28

Un Regalo especial

Más tarde hablé con Morillo sobre Bella.

Él sonrió al escuchar mis preguntas.

—Hermana Clara, nuestro Padre ha permitido que algunos niños con autismo conserven por más tiempo una sensibilidad especial hacia el mundo espiritual. Mientras descubren y comprenden el mundo que los rodea, su corazón permanece abierto a muchas cosas que otros dejan de percibir demasiado pronto.

Lo escuchaba con atención.

—Por eso algunos de ellos pueden vernos y escucharnos durante más tiempo. No es algo que ocurra con todos; cada niño recibe dones distintos según la voluntad de nuestro Padre.

Asentí en silencio.

—Bella ha recibido ese hermoso regalo.

Miré hacia el cielo con una sonrisa.

—Entonces Dios también nos ha regalado a nosotros la oportunidad de conocer almas tan puras como la suya.

Morillo sonrió.

—Así es, hermanita. Cada uno de esos niños nos recuerda la inmensidad del amor de nuestro Padre.

Comprendí mejor todo lo que Manuel me había contado.

Desde ese momento deseé conocer a Bella aún más.

Al día siguiente llegué a la escuela con esa ilusión en el corazón.

Mientras Carmen reía y jugaba con sus compañeros, vi a Bella sentada bajo la sombra de un árbol.

Me acerqué despacio.

Ella levantó la vista y me sonrió antes de que pudiera decir una sola palabra.

—Hola.

Su voz era dulce y tranquila.

—Hola, Bella. ¿Cómo estás?

—Muy bien.

—Mi nombre es Clara.

Ella sonrió aún más.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Me dijeron que cantas muy bonito.

Bella bajó la mirada con timidez.

—Gracias.

Bastaron unos segundos para sentir la inmensa dulzura que había en su corazón.

Inspiraba confianza, paz y una alegría difícil de explicar.

A su lado estaba Betsy.

Ella se acercó sonriendo.

—Hermana Clara, es un placer conocerte. Me alegra mucho que hayas venido a saludar a Bella.

La abracé con cariño.

—El gusto es mío, hermana Betsy. Tenía muchas ganas de conocerlas.

Miré nuevamente a Bella.

—Qué alegría me da que todavía puedas ver a tu ángel.

Betsy sonrió con gratitud.

—Es un regalo que nuestro Padre nos concede.

Asentí emocionada.

Me despedí de las dos con un abrazo y regresé junto a Carmen.

Mientras caminaba, mi corazón rebosaba de alegría.

Aquel breve encuentro había sido suficiente para comprender que el amor de Dios siempre encontraba maneras sorprendentes de manifestarse entre nosotros.