Capitulo 27
El Amor nunca termina
Mientras observaba a mis hermanos reunidos en el patio de la escuela, de pronto comprendí que algo había cambiado.
Mi visión se había expandido.
Ahora podía ver a los ángeles guardianes que protegían a niños de hasta diez años.
Permanecí inmóvil, contemplando aquella maravillosa escena.
Éramos muchos.
Muchísimos más de los que había imaginado.
Entonces recordé las palabras del hermano José: cada cinco años nuestra visión se ampliaría, permitiéndonos conocer y aprender de hermanos con más experiencia.
Sonreí con emoción.
Aún me faltaban muchos por conocer.
Aquello significaba que nunca dejaría de aprender y que, sin importar lo difícil que se volviera mi misión, siempre habría un hermano dispuesto a enseñarme, aconsejarme o caminar a mi lado.
Sentí una inmensa alegría al comprender que, en este mundo invisible, jamás estaría sola.
La familia que nuestro Padre había preparado para mí era mucho más grande de lo que alguna vez había imaginado.
Morillo nos recogió a la salida de la escuela.
Aunque el día había sido hermoso, seguía sintiendo una extraña inquietud. Era una sensación que no lograba explicar.
Pensé que tal vez aún era la tristeza que había experimentado al dejar de comunicarme con Carmen como antes.
Sin embargo, ya estaba aprendiendo a aceptar aquella nueva etapa.
No dudé en contárselo a Morillo.
Él me escuchó con atención y enseguida respondió:
—Hermana Clara... eso no es tristeza.
Lo miré confundida.
—Es un presentimiento.
Sentí un escalofrío recorrer mis alas.
—Permanece alerta.
Durante todo el camino de regreso no aparté la mirada de nuestro alrededor.
Al llegar a casa, encontramos al papá de Carmen sentado en la mesa del comedor.
Tenía la cabeza inclinada y los ojos llenos de lágrimas.
Su esposa permanecía a su lado, tomándole la mano en silencio.
Algo muy triste había ocurrido.
La mamá de Carmen respiró profundamente antes de hablar.
—Mi amor... tu abuelita ha partido con el Señor.
Había sufrido un infarto al corazón.
Al escuchar aquellas palabras, Carmen rompió en un llanto desconsolado.
Corrí hacia ella sin pensarlo.
La abracé con todas mis fuerzas.
Sabía que, aunque ya no pudiera verme, todavía podía envolver su corazón con la paz que nuestro Padre me permitía transmitirle.
Me acerqué a su oído y le susurré con la misma ternura con la que lo hice el día de su nacimiento.
—No estás sola, mi pequeña... así como tu abuelita tampoco está sola.
Poco a poco su respiración comenzó a tranquilizarse.
El llanto fue disminuyendo hasta convertirse en un profundo silencio.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Vi a la abuela de Carmen.
Estaba sentada junto a su hijo.
No parecía un cuerpo, sino un delicado reflejo de su espíritu.
Su mirada estaba llena de amor.
No pronunciaba palabra alguna, pero su sola presencia transmitía consuelo.
Miré a Morillo sin comprender.
Él se acercó despacio.
—Hermana... el Señor le ha concedido un instante para despedirse de su hijo y darle paz antes de continuar su camino.
A unos pasos de ella estaba Alejandro.
Con profundo respeto permanecía a su lado, como acompañándola en aquel momento tan especial.
Todo duró apenas unos segundos.
El papá de Carmen dejó de llorar.
Cerró los ojos y una leve sonrisa apareció en su rostro, como si acabara de recordar los abrazos y el inmenso amor que su madre siempre le había dado.
Con la voz quebrada susurró:
—Mamita... cuando llegue el día de partir hacia la casa de nuestro Padre... recíbeme.
La figura de la abuela sonrió dulcemente.
Después, poco a poco, comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo.
Comprendí entonces que el amor verdadero nunca termina.
Solo cambia de lugar mientras espera el momento del reencuentro en la casa de nuestro Padre.