LAS ALAS DE CLARA Capitulo 26
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Capitulo 26

La verdadera mision

—Carmen, despierta, mi niña bella. Es hora de ir a la escuela.

Como si mi voz fuera un despertador, Carmen abrió los ojos de inmediato. Se levantó con entusiasmo, escogió su ropa y, por primera vez, se vistió completamente sola.

Tomó su mochila y salió corriendo hacia la cocina.

Habían pasado ya tres meses desde aquella revelación que todavía llenaba mi corazón de nostalgia.

Aunque Carmen ya no podía verme, yo seguía caminando a su lado, cuidándola con el mismo amor de siempre.

Al llegar a la escuela me despedí de Morillo, como era ya nuestra costumbre.

Entré al aula acompañando a Carmen y vi a varios de mis hermanos. Me alegró volver a encontrarlos, pero enseguida noté una ausencia.

Angélica no estaba.

Como si hubiera leído mis pensamientos, el hermano Manuel se acercó sonriendo.

—No te preocupes, hermana Clara. Este año a Ricardo le asignaron otra profesora y Angélica está en el aula de al lado.

Respiré aliviada.

—¿Entonces cómo podré hablar con ella?

—Durante el recreo. Ahora que nuestros niños están en primer grado, tendrán treinta minutos para jugar y nosotros podremos reunirnos.

Una sonrisa iluminó mi rostro.

—¡Qué buena noticia, hermano!

Manuel me observó con cariño.

—¿Y tú, hermana? ¿También estás apenada como todos nosotros?

Sabía exactamente a qué se refería.

—Sí. Me duele que nuestros niños ya no puedan vernos, pero no cuestiono las decisiones de nuestro Creador. Si Él lo ha dispuesto así, es porque tiene un propósito. Además, le doy gracias por el amor y la sensibilidad que ha puesto en nuestros corazones.

Manuel asintió.

—Eso nos ayudará a cumplir nuestra misión.

Después me preguntó:

—¿Cómo van tus presentimientos, hermana Clara?

—Bien, hermano. Aunque siento que cada vez son más intensos.

Él sonrió con serenidad.

—Así será. A medida que nuestros protegidos crezcan, también crecerá nuestra percepción. Todo dependerá del camino que cada uno de ellos recorra.

En ese momento sonó el timbre del recreo.

Los niños salieron corriendo al patio y, entre ellos, vi acercarse a Angélica.

Corrimos a abrazarnos.

—¡Hermana! ¡Qué alegría volver a verte!

—Lo mismo digo, Clara.

Su rostro se veía mucho más tranquilo.

—Supe que estuviste de viaje durante las vacaciones.

—Sí, hermana. Gracias a Dios todo salió muy bien.

Sonrió.

—Ricardo también está mejor. Su mamá comenzó a llevarlo con frecuencia a la casa de nuestro Padre y ahora forma parte del coro de niños. Se le ve más feliz y más sereno.

Mi corazón se llenó de alegría.

—¡Qué hermosa noticia! Me alegro mucho por ustedes.

Angélica asintió.

—Pero no debemos bajar la guardia.

La miré con atención.

—Ahora comienza la verdadera misión.

Sus palabras quedaron resonando en mi corazón.

Sabía que tenía razón.

Nuestros protegidos crecerían, conocerían personas, enfrentarían tentaciones y tomarían decisiones que marcarían sus vidas.

Y nosotros estaríamos allí, invisibles a sus ojos, pero siempre presentes, guiándolos con amor por el camino que nuestro Padre había preparado para ellos.