Capitulo 24
Seis anos de luz
Se acercaba el cumpleaños número seis de Carmen.
Sus padres decidieron prepararle una pequeña sorpresa en un lugar lleno de juegos para niños. Invitarían a varios de sus compañeros de la escuela para que pudieran volver a encontrarse después de las vacaciones.
Yo compartía la misma emoción que Carmen.
No solo volvería a ver a los niños, sino también a mis hermanos y, sobre todo, a Angélica.
Carmen estaba emocionadísima.
Saltaba por toda la casa mientras repetía una y otra vez:
—¡Yupi! ¡Yupi! ¡La voy a pasar súper bien, Clara!
Después salió corriendo junto a su mamá para escribir las invitaciones.
Al verla tan feliz, no pude evitar sonreír.
Morillo se acercó y me abrazó.
Poco después llegó Alejandro.
—Veo que estás muy contenta, hermanita.
Lo miré sonriendo.
—Claro que sí.
Él soltó una pequeña risa.
—No olvides que también es tu cumpleaños.
Sentí que mis alas se iluminaban.
—Es verdad... Hoy también cumplo seis años.
Cuando llegamos al lugar de la celebración, vi a varios de mis hermanos.
Nos saludamos con alegría, pero enseguida noté una ausencia.
Angélica no estaba.
Comencé a preguntar por ella hasta que Manuel, un hermano siempre alegre y capaz de hacer reír a cualquiera, se acercó.
—Hermana Clara, escuché que se fueron de viaje durante las vacaciones. No te preocupes, ella está bien.
Sentí un gran alivio.
—También supe que la mamá de Ricardo se comprometió con un hombre muy cercano a nuestro Padre. Es un buen hijo de Dios, y Ricardito lo quiere mucho.
Una enorme felicidad llenó mi corazón.
—¡Qué buena noticia, hermano Manuel! Me alegra muchísimo por Angélica y por esa familia.
Manuel sonrió.
—Estoy seguro de que cuando regrese tendrá muchas cosas que contarte.
—Así será, hermano.
El resto del día transcurrió entre risas, juegos y mucha alegría.
Ver a Carmen disfrutar con sus amigos hacía que todo pareciera perfecto.
Al regresar a casa, Morillo caminó a mi lado.
—Hermana, quería preguntarte algo.
Lo miré.
—¿Cómo van tus presentimientos?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Creo que siguen igual, hermano.
—A partir de los seis años pueden intensificarse. Aprenderás a reconocer sensaciones distintas, más profundas y más claras. No permitas que el miedo las confunda con tu intuición.
Sentí un ligero escalofrío.
Morillo me sonrió con tranquilidad.
—Cuando aparezcan, mantén la serenidad. No luches contra ellas. Escúchalas.
Alejandro, que caminaba unos pasos detrás de nosotros, sonrió con cariño.
—Y recuerda, hermanita... nunca tendrás que enfrentarlas sola.
Los miré a los dos.
Sentí una profunda paz.
Sabía que, mientras permaneciera cerca de nuestro Padre, jamás caminaría sin la compañía de mis hermanos.