Capitulo 23
Tiempo de cocecha
Llegamos al hotel donde nos hospedaríamos durante unos días.
Los padres de Carmen aún estaban impresionados por lo sucedido en el avión. Aunque intentaban mostrarse tranquilos, el susto seguía reflejándose en sus rostros.
Morillo y Alejandro permanecían junto a ellos, susurrándoles palabras de calma y serenidad. Yo, mientras tanto, caminaba al lado de Carmen hablándole de cosas bonitas para que no sintiera el ambiente de preocupación que la rodeaba.
Ella no había notado nada de lo que realmente había ocurrido.
Morillo se acercó a mí con una sonrisa.
—Hermanita, hoy vivimos algo muy especial, ¿no te parece?
Sonreí.
—Sí, hermano. Fue hermoso ver cómo un ángel regresaba a la casa de nuestro Padre después de cumplir su misión.
Morillo levantó la mirada.
—Cada vez que ayudamos a nuestros protegidos a permanecer en el camino que Dios ha trazado para ellos, también cumplimos un poco más nuestra propia misión. Con amor, paciencia y perseverancia podemos lograr grandes cosas.
Lo observé con curiosidad.
—Hermano... ¿tú sabías que aquello iba a suceder?
Él soltó una pequeña risa.
—No, Clarita. Solo fue intuición. Nosotros no conocemos el futuro. Solamente nuestro Padre sabe lo que está por venir.
Asentí.
—Claro que sí, hermano.
El viaje terminó sin más contratiempos.
Durante todo el camino de regreso permanecimos atentos, pero gracias a Dios llegamos a casa sanos y salvos.
A la mañana siguiente comenzó la rutina de siempre.
Mientras acompañábamos a Carmen hacia la escuela, Morillo caminó a mi lado.
—Disfruta cada momento junto a Carmen.
Lo miré sorprendida.
—Eso hago todos los días, hermano.
Él simplemente sonrió.
No le pregunté por qué me decía aquello.
Había aprendido que muchas de sus palabras solo cobraban sentido cuando llegaba el momento indicado.
Los meses pasaron con tranquilidad.
Carmen avanzaba muy bien en la escuela y estaba a punto de terminar el año escolar.
Durante ese tiempo me acerqué mucho más a mis hermanos. Compartíamos nuestras experiencias, orábamos juntos y aprendíamos unos de otros.
Sabía que los extrañaría durante las vacaciones.
Angélica también estaba triste.
—Voy a echarlos mucho de menos, hermanita —me confesó.
La abracé con cariño.
—Nos volveremos a ver muy pronto. Solo serán tres meses de vacaciones y después nuestros niños regresarán a la escuela.
Ella sonrió.
—Tienes razón.
La noté mucho más tranquila que meses atrás.
—Además —continué—, Ricardito ha mejorado mucho. La ayuda de la psicóloga de la escuela le ha hecho muy bien. Se le ve más alegre y vuelve a escuchar tus consejos.
Los ojos de Angélica brillaron de esperanza.
—Cada pequeño paso es una bendición del Padre.
La abracé una vez más.
—Y todavía veremos muchos más.