Capitulo 22
El regreso al hogar
A la mañana siguiente, cuando Carmen despertó, su mamá entró en la habitación con una maleta en la mano.
Mientras acomodaba la ropa de su hija, sonrió y le dijo:
—Mi amor, nos iremos de paseo.
Carmen abrió los ojos con sorpresa.
—¿Pero, mamá? Tengo que ir a la escuela.
Su madre le acarició el cabello.
—Ya hablé con tu profesora, mi niña. Todo estará bien. Solo estaremos fuera unos días. Tu papá tiene un trabajo en otra ciudad y aprovecharemos para acompañarlo. Ya verás cuánto nos vamos a divertir.
La emoción iluminó el rostro de Carmen.
—¿De verdad, mamá?
—Sí, mi amor.
—¡Qué felicidad!
Al verla tan contenta, mis alas comenzaron a brillar con una intensidad que no podía explicar.
Morillo se acercó inmediatamente.
—Clara, mantente alerta.
Lo miré con atención.
—Todo viaje trae caminos que desconocemos. No sabemos qué peligros podrían aparecer. Alejandro nos acompañará y los tres protegeremos a esta familia.
Asentí decidida.
Poco después salimos de casa rumbo a la oficina del papá de Carmen.
Cuando él subió al automóvil, Alejandro ocupó su lugar a su lado y me dedicó una sonrisa.
—¿Preparada para lo que viene, hermanita?
Respiré profundamente.
—Creo que sí, hermano.
El trayecto transcurrió sin novedades hasta que llegamos al aeropuerto.
Después de abordar el avión, observé a varios ángeles guardianes de mi misma edad. Aunque nunca antes habíamos hablado, bastó una sonrisa para sentirnos como viejos hermanos.
Todo parecía tranquilo.
Hasta que ocurrió.
Un hombre que viajaba unas filas delante de nosotros llevó una mano a su pecho.
Su rostro cambió de color.
En cuestión de segundos sufrió un infarto.
Los pasajeros comenzaron a gritar mientras intentaban ayudarlo.
Pero yo solo podía mirar a su ángel guardián.
Sus alas eran de una blancura deslumbrante.
Brillaban con una luz que jamás había visto.
Entonces sucedió algo extraordinario.
Desde lo alto del avión descendió una luz inmensa, mucho más brillante que cualquier otra.
No atravesó el fuselaje como si fuera un obstáculo.
Simplemente llenó todo el interior de una claridad indescriptible.
El ángel levantó la mirada.
Una sonrisa de paz iluminó su rostro.
De aquella inmensa luz descendieron tres ángeles de alas majestuosas, tan blancas y resplandecientes que parecían reflejar la gloria misma de nuestro Padre.
Al acercarse, sonrieron al hermano que acababa de terminar su misión en la Tierra.
No hicieron falta palabras.
Uno de ellos apoyó suavemente una mano sobre su hombro, mientras los otros dos abrían sus alas a su alrededor, recibiéndolo con el cariño de quienes esperan el regreso de un ser amado.
Entonces, los cuatro levantaron la mirada hacia aquella luz infinita.
Con sus alas completamente extendidas, comenzaron a elevarse juntos hasta desaparecer en el resplandor de la casa del Padre.
Sin que nadie nos diera una orden, todos los ángeles presentes empezamos a cantar. Y,
Mientras los contemplábamos partir, todos los ángeles inclinamos la cabeza y continuamos cantando.
No era una despedida.
Era la bienvenida de un hermano que regresaba al hogar después de cumplir fielmente la misión que Dios le había confiado.