LAS ALAS DE CLARA Capitulo 21
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Capitulo 21

Fortalecido por la luz

Ya dentro de la iglesia, el ambiente volvió a llenarme de paz.

Morillo caminó a mi lado durante unos instantes y, cuando estuvimos solos, habló con serenidad.

—Ha llegado el momento de que conozcas un poco más de nuestra misión.

Lo miré con atención.

—Existen muchos enemigos para todos aquellos que desean permanecer en el camino de nuestro Padre. Ellos intentan apartar de la fe a los seres humanos y también buscan debilitarnos a nosotros, los ángeles guardianes.

Recordé las figuras oscuras que habíamos visto en la entrada.

—¿Las sombras?

Morillo asintió.

—Sí. Ellas permanecen vigilando, esperando una oportunidad para sembrar miedo, dudas y desesperanza. Su propósito es sabotear la obra de Dios en el corazón de nuestros protegidos.

Sentí un escalofrío.

—Pero... ¿ellas pueden atacarnos?

—No mientras permanezcamos firmes en la fe y cumpliendo nuestra misión.

Sus palabras me tranquilizaron un poco.

—Entonces... ¿qué ocurrió con los ángeles que vimos durante el accidente?

Morillo guardó silencio unos segundos.

—Cuando un protegido muere, su ángel queda solo. En esos momentos de dolor y confusión algunos hermanos se debilitan. Si permiten que la culpa, el miedo o la desesperación apaguen su confianza en el Padre, sus alas comienzan a perder su luz.

Miré mis propias alas por instinto.

—Por eso las viste tan oscuras.

Respiré lentamente.

—Si hubieran permanecido fuertes en la fe, sus alas habrían conservado su blancura y su brillo. Habrían podido refugiarse en la casa del Padre sin sentir temor.

—¿Y las sombras?

Morillo levantó la vista.

—Las sombras siempre buscan a quien está debilitado. Intentan corromper su corazón y alejarlos de la luz. Esa es su batalla.

Sus palabras quedaron resonando en mi interior.

—Recuerda esto, Clara: Dios nos ha dado poder para proteger, para inspirar y para guiar. Ese poder no nace de la fuerza, sino del amor y de la confianza en Él.

Continuó caminando.

—Gran parte de lo que aprenderás vendrá por instinto. El Padre también nos concede intuición para reconocer el peligro cuando se acerca.

Sonrió con serenidad.

—Hay hermanos mucho mayores que algún día te enseñarán muchas más cosas. Pero todavía no ha llegado ese momento.

Apoyó una mano sobre mi hombro.

—Por ahora, nuestra misión es sencilla: luchar con valentía, proteger con amor y confiar en que la luz de nuestro Padre siempre será más fuerte que cualquier oscuridad.

La mamá de Carmen estaba convencida de que algo extraño estaba sucediendo en su vida.

Sin embargo, lejos de alejarse de Dios, su fe crecía cada día más.

Por eso comenzó a visitar la iglesia con mayor frecuencia para orar.

El domingo no fue la excepción.

Al llegar a la casa de nuestro Padre, Morillo se acercó a mí con expresión seria.

—Clara, aquí renovamos nuestras fuerzas.

Asentí en silencio.

—Hoy necesito que ores con nuestros hermanos y permitas que el Padre fortalezca tu espíritu. Habla con Él con todo tu corazón, porque se acercan días difíciles.

No hice ninguna pregunta.

Simplemente obedecí.

Me uní al canto de mis hermanos y oré con más fervor que nunca.

Le pedí a nuestro Padre sabiduría, fortaleza y el valor necesario para proteger a Carmen.

Mientras orábamos, sentí cómo una paz inmensa descendía sobre mí.

Era como si una corriente de luz recorriera todo mi ser.

Mis alas parecían más ligeras, mi corazón latía con más fuerza y mi fe se hacía aún más firme.

Comprendí que aquella fortaleza no nacía de mí.

Venía de nuestro Padre.

Esa misma noche, Morillo volvió a buscarme.

—Clara, debes permanecer muy atenta.

Lo miré esperando que continuara.

—Sé que últimamente has tenido presentimientos.

Asentí.

—No los ignores. Esos presentimientos son una advertencia, una campana que el Padre permite que escuches para mantenerte alerta. Aprende a reconocerlos y a confiar en ellos.

Guardé aquellas palabras en mi corazón.

—Lo haré, hermano.

En ese momento Alejandro se acercó con una sonrisa.

—Clarita, hermanita... sé que últimamente has tenido muchas responsabilidades.

Apoyó una mano sobre mi hombro.

—Y también sé que no he podido acompañarte tanto como hubiera querido. El papá de Carmen ha estado muy ocupado y mi misión me ha mantenido a su lado casi todo el tiempo.

Sonrió con afecto.

—Pero recuerda algo que nunca cambiará...

Hizo una breve pausa antes de terminar la frase.

—No estás sola.