LAS ALAS DE CLARA Capitulo 20
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Capitulo 20

Nadie toca a sus hijos

Clara, hermana… ¿qué te sucede? ¿Estás bien?

—Sí… ¿por qué me lo preguntas?

—Te hablo y no respondes. Estás como distraída.

De pronto reaccioné.

—Oh… no. Tengo que estar en guardia. ¿Qué me está pasando? Ni siquiera sentí el camino de la casa a la escuela…

Angélica me observaba con atención.

—Nada, nada, hermana —dije rápido—. Estoy bien. Solo me distraje.

Respiré hondo e intenté volver a la calma.

—Cuéntame, hermana… ¿cómo has estado?

Ella bajó un poco la mirada.

—Batallando con Ricardo… pero más tranquila. Más firme.

La observé con atención.

Su rostro seguía cansado, pero había en ella una nueva determinación.

—Sí, eso veo —le respondí—. Me alegra verte así. Estoy orgullosa de tu voluntad, hermana.

Ella sonrió apenas.

En ese momento se acercó un ángel.

—Hola, hermanas. Siempre las veo conversando.

Lo miré con curiosidad.

—Sé que hoy casi es hora de irnos a casa, pero… ¿qué les parece si el lunes nos reunimos todos aquí? Para intercambiar opiniones. Todos necesitamos crecer y ayudarnos unos a otros compartiendo lo que vivimos con nuestros niños.

Su presencia era serena.

—Mi nombre es Ramón.

Angélica y yo nos miramos.

—Soy Clara —respondí.

—Angélica —dijo ella.

Asentimos.

—Claro —respondimos al mismo tiempo—. Nos reuniremos el lunes para orar y conversar.

Hubo una breve sensación de paz entre nosotros.

Ya en el carro, camino a casa, Morillo me habló en voz baja.

—Atenta, Clara.

La mamá de Carmen conducía con más cuidado que de costumbre.

—Mi amor —le dijo a Carmen—, vamos a pasar un momento por la iglesia.

Carmen asintió con la cabeza.

Yo miré a Morillo.

—Vamos a la casa del Padre —susurré.

—Te dije que estuvieras atenta, Clara —respondió él con firmeza.

Guardé silencio.

Al llegar, sentí una profunda alegría.

Pero al bajar del vehículo, algo cambió.

Frente a la entrada de la iglesia vi dos sombras con apariencia humana.

Me tensé de inmediato.

Mis alas se extendieron alrededor de Carmen sin que yo lo pensara, y mis ojos brillaron con una luz intensa.

Morillo estaba a mi lado, mientras la madre de Carmen tomaba la mano de su hija.

Entonces él habló con voz firme:

—Somos hijos de Dios.

En ese instante, como respuesta, alrededor de veinte ángeles aparecieron y salieron a nuestro encuentro.

Las sombras no se movieron.

Permanecían allí, inmóviles, como si estuvieran esperando.

Morillo dio un paso adelante.

—Pasen, hermanos. Esta es la casa de nuestro Padre… y nadie toca a sus hijos.