Capítulo 17
La luz de la esperanza
Lista para comenzar un nuevo día de escuela, acompañé a Carmen hasta el aula.
Su mamá la dejó con los demás niños y, antes de marcharse, Morillo volvió la mirada hacia mí.
—Adiós, hermana.
Le respondí únicamente con una sonrisa, pues sabía que nadie más podía verlo.
Los demás ángeles permanecían junto a sus protegidos.
Busqué con la mirada a Angélica y, al encontrarla, corrí a abrazarla con fuerza.
—¿Qué tal, Clara? —me preguntó sonriendo—. Hoy te veo muy radiante.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—¡Hermanita Angélica! Eso es un cumplido.
Las dos estallamos en una alegre carcajada.
Me hizo muy feliz verla diferente.
Su rostro transmitía más paz.
—He orado mucho, hermana Clara —me confesó—. Le he pedido a nuestro Padre que me ayude a cuidar mejor de Ricardo. Ahora tengo fe... mucha fe.
Sonreí.
—Esa es la actitud, hermanita. Nuestro Padre conoce la confianza que ponemos en Él y jamás abandona a quienes lo buscan con un corazón sincero.
Su sonrisa comenzó a desvanecerse.
—Ricardo sigue mucho el ejemplo de su mamá. Ella no es mi protegida y, por eso, no puedo guiarla. Sus decisiones influyen en él y cada vez le cuesta más escucharme.
Guardó silencio unos instantes.
—Ayer ocurrió algo que me asustó mucho.
La observé con atención.
—Ricardo me dijo: "No me digas nada. No quiero escucharte."
Bajó la mirada.
—En ese instante dejó de verme durante varios minutos.
Sentí un nudo en el pecho.
—Después miré su corazón... y apenas tenía luz.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Entonces oré con todas mis fuerzas. Poco a poco aquella luz regresó a su corazón y, cuando volvió a brillar, Ricardo pudo verme otra vez.
Una sonrisa iluminó nuevamente su rostro.
—Por eso hoy estoy contenta. Ahora sé que siempre puedo pedirle ayuda a nuestro Padre por Ricardito. Aunque su mamá haya elegido un camino diferente, yo no dejaré de luchar por él.
Tomé sus manos con cariño.
—Claro que sí, hermana. Nunca olvides que no estás sola. Todos luchamos cada día por nuestros protegidos y, cuando nuestras fuerzas parecen acabarse, nuestro Padre siempre encuentra la manera de sostenernos.
La clase terminó y los niños comenzaron a salir del aula.
Las risas llenaban el pasillo mientras los padres los esperaban con alegría.
Busqué a Ricardo.
Lo encontré sonriendo y jugando con los demás niños.
Al verlo así, sentí un gran alivio.
Comprendí entonces que, cuando él encontraba un momento de paz, Angélica también podía descansar.
En esos instantes su corazón dejaba de llenarse de dudas y volvía a confiar plenamente en los planes de nuestro Padre.
La miré con una sonrisa.
—Angélica, querida hermana... le doy gracias a Dios por permitirme encontrarte cada día.
Ella respondió con la misma ternura.
—Hermana Clara, yo también doy gracias a nuestro Padre por regalarme tu amistad y por permitirme compartir contigo mis alegrías y mis preocupaciones.
Nos sonreímos en silencio.
Había entre nosotras un cariño que solo dos hermanas podían comprender.
—Nos vemos mañana, hermanita.
—Hasta mañana, Clara.
Y, mientras veía alejarse a Angélica junto a Ricardo, comprendí que la esperanza también era un regalo de nuestro Padre.
Una esperanza que nos daba fuerzas para seguir luchando, incluso en los días más difíciles.