LAS ALAS DE CLARA Capitulo 16
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Capitulo 16

Aprender a Vigilar

Después de orar con ellos sentí algo diferente.

Mi corazón estaba lleno de más fuerza, más fe y un amor aún más profundo por nuestro Padre.

Morillo me sonrió con cariño.

—Vamos a descansar, Clarita. Necesitas dormir. Nosotros también velamos por ti y tendrás que reunir fuerzas para los días que vienen. Vas a necesitar toda tu energía.

Asentí en silencio.

Por primera vez sentía que, además de proteger, también era protegida.

Aquella noche dormí profundamente.

Al despertar pensé que ya no volvería a ver a mis hermanos.

Pero me equivoqué.

A la mañana siguiente allí estaban nuevamente, junto a los padres de Carmen, mientras preparaban el desayuno para comenzar un nuevo día.

Carmen ya estaba lista para ir a la escuela.

Cuando toda la familia se sentó a la mesa, tomaron unos segundos para inclinar la cabeza y dar gracias a Dios por los alimentos.

Mientras oraban, escuché el latido de sus corazones.

El de Carmen brillaba con una luz tan intensa que iluminaba todo su pequeño ser.

Ella era feliz hablando con Dios cada mañana.

Entonces Morillo sonrió con satisfacción.

—Me llena de alegría ver que mi protegida escuchó el llamado del Padre y cada día se acerca más a Él.

Alejandro también sonrió.

—Y mi protegido escuchó a su esposa. Decidió caminar junto a ella y encontró el camino hacia la verdadera libertad, hacia la verdadera vida.

Los dos se miraron por un instante.

—No podemos permitir que destruyan algo tan hermoso —dijo Morillo con firmeza—. Debemos luchar por esta familia, porque los pensamientos de nuestro Creador son más altos que los nuestros y sus planes siempre son perfectos.

Yo permanecía en silencio, escuchando atentamente cada una de sus palabras.

Entonces Morillo volvió la mirada hacia mí.

—Clara, recuerda que puedes conversar con nosotros siempre que lo necesites.

Asentí.

Él continuó:

—Quiero que, cuando regreses de la escuela con Carmen, observes cuidadosamente el camino. Mira con atención todo lo que las rodea.

Su voz se volvió más seria.

—Es muy importante que aprendas a reconocer quién o qué entra a esta casa junto con ustedes.

Sentí un ligero escalofrío.

Alejandro tomó la palabra.

—Nosotros recorremos muchos más lugares que tú debido a las responsabilidades de nuestros protegidos. Sin embargo, antes de regresar al hogar siempre revisamos cuidadosamente el camino.

Morillo apoyó una mano sobre mi hombro.

—Confiamos en que tú también aprenderás a hacerlo. Te hemos observado y sabemos que cumplirás bien tu misión.

Luego añadió con una sonrisa llena de paz:

—Y nunca dudes de lo que el Señor permite. Recuerda siempre esto, Clarita: la verdadera fe consiste en confiar en Él, incluso cuando todavía no comprendemos sus caminos.

Sus palabras quedaron grabadas en mi corazón.

Comprendí que proteger a Carmen no solo significaba cuidar de ella.

También debía aprender a vigilar el camino por el que ambos regresábamos a casa.

La luz de la esperanza

Lista para comenzar un nuevo día de escuela, acompañé a Carmen hasta el aula.

Su mamá la dejó con los demás niños y, antes de marcharse, Morillo volvió la mirada hacia mí.

—Adiós, hermana.

Le respondí únicamente con una sonrisa, pues sabía que nadie más podía verlo.

Los demás ángeles permanecían junto a sus protegidos.

Busqué con la mirada a Angélica y, al encontrarla, corrí a abrazarla con fuerza.

—¿Qué tal, Clara? —me preguntó sonriendo—. Hoy te veo muy radiante.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

—¡Hermanita Angélica! Eso es un cumplido.

Las dos estallamos en una alegre carcajada.

Me hizo muy feliz verla diferente.

Su rostro transmitía más paz.

—He orado mucho, hermana Clara —me confesó—. Le he pedido a nuestro Padre que me ayude a cuidar mejor de Ricardo. Ahora tengo fe... mucha fe.

Sonreí.

—Esa es la actitud, hermanita. Nuestro Padre conoce la confianza que ponemos en Él y jamás abandona a quienes lo buscan con un corazón sincero.

Su sonrisa comenzó a desvanecerse.

—Ricardo sigue mucho el ejemplo de su mamá. Ella no es mi protegida y, por eso, no puedo guiarla. Sus decisiones influyen en él y cada vez le cuesta más escucharme.

Guardó silencio unos instantes.

—Ayer ocurrió algo que me asustó mucho.

La observé con atención.

—Ricardo me dijo: "No me digas nada. No quiero escucharte."

Bajó la mirada.

—En ese instante dejó de verme durante varios minutos.

Sentí un nudo en el pecho.

—Después miré su corazón... y apenas tenía luz.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Entonces oré con todas mis fuerzas. Poco a poco aquella luz regresó a su corazón y, cuando volvió a brillar, Ricardo pudo verme otra vez.

Una sonrisa iluminó nuevamente su rostro.

—Por eso hoy estoy contenta. Ahora sé que siempre puedo pedirle ayuda a nuestro Padre por Ricardito. Aunque su mamá haya elegido un camino diferente, yo no dejaré de luchar por él.

Tomé sus manos con cariño.

—Claro que sí, hermana. Nunca olvides que no estás sola. Todos luchamos cada día por nuestros protegidos y, cuando nuestras fuerzas parecen acabarse, nuestro Padre siempre encuentra la manera de sostenernos.

La clase terminó y los niños comenzaron a salir del aula.

Las risas llenaban el pasillo mientras los padres los esperaban con alegría.

Busqué a Ricardo.

Lo encontré sonriendo y jugando con los demás niños.

Al verlo así, sentí un gran alivio.

Comprendí entonces que, cuando él encontraba un momento de paz, Angélica también podía descansar.

En esos instantes su corazón dejaba de llenarse de dudas y volvía a confiar plenamente en los planes de nuestro Padre.

La miré con una sonrisa.

—Angélica, querida hermana... le doy gracias a Dios por permitirme encontrarte cada día.

Ella respondió con la misma ternura.

—Hermana Clara, yo también doy gracias a nuestro Padre por regalarme tu amistad y por permitirme compartir contigo mis alegrías y mis preocupaciones.

Nos sonreímos en silencio.

Había entre nosotras un cariño que solo dos hermanas podían comprender.

—Nos vemos mañana, hermanita.

—Hasta mañana, Clara.

Y, mientras veía alejarse a Angélica junto a Ricardo, comprendí que la esperanza también era un regalo de nuestro Padre.

Una esperanza que nos daba fuerzas para seguir luchando, incluso en los días más difíciles.