Capítulo 14
Las alas también lloran
Al día siguiente volvimos a encontrarnos.
Después de saludarnos, no pude contener mi curiosidad.
—Hermana Angélica... ¿qué te ocurrió? He notado esas ojeras y te veo muy cansada.
Guardó silencio durante unos segundos antes de responder.
—Clara... todo comenzó unas semanas después del divorcio de los padres de Ricardo.
Su voz era apenas un susurro.
—Él empezó a cambiar. Se volvió más rebelde, más agresivo y parecía vivir enojado con todo.
Respiró profundamente.
—Una noche descubrí por qué.
La miré con atención.
—Encontré una sombra oscura en un rincón de su habitación.
Sentí un escalofrío.
Era exactamente lo mismo que yo había visto junto a Carmen.
—Al principio no le di importancia. Pero aquella presencia me provocaba un miedo que jamás había sentido. Durante varios días volvió a aparecer y, poco a poco, mis alas comenzaron a perder su brillo.
Levantó la mirada.
—Hasta que una noche aquella sombra intentó acercarse a Ricardo.
Hizo una pausa.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No pensé...
Solo reaccioné.
La miré fijamente y de mis ojos salió una luz tan intensa que la hizo desaparecer por un instante.
Fue como un relámpago que iluminó toda la habitación.
Respiró con dificultad.
—En ese momento comprendí que ella también podía verme.
El silencio se apoderó de nosotras.
—Desde entonces casi no descanso.
Paso las noches vigilando a Ricardo.
Matías vino a verme hace algún tiempo.
Me dijo que debía descansar porque las verdaderas batallas apenas estaban comenzando.
Sus palabras despertaron un recuerdo en mi corazón.
—Hermana Angélica... a mí también me ocurrió algo parecido.
Le conté cómo había visto aquella sombra junto a Carmen y cómo, sin pensarlo, había abierto mis alas para protegerla.
Ella me escuchó en silencio.
Cuando terminé de hablar, dejó escapar una lágrima.
—La diferencia es que yo no reaccioné a tiempo.
Bajó la cabeza.
—Dejé que aquella sombra se acercara demasiado a Ricardo.
Su voz se quebró.
—Siento que pude haberlo protegido mejor.
No encontré palabras para responder.
Simplemente me acerqué y la abracé con todas mis fuerzas.
En ese instante comprendí algo que jamás había imaginado.
Nosotros, los ángeles guardianes...
También podíamos sentir miedo.
También podíamos dudar.
Y también podíamos sufrir.
Después de unos momentos, Angélica bajó la mirada hacia sus alas.
Con mucha delicadeza acarició las plumas oscuras que comenzaban a mezclarse entre las blancas.
—¿Las ves? —preguntó con tristeza.
Asentí en silencio.
—Antes eran completamente blancas.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué les ocurrió?
Suspiró profundamente.
—Cada vez que sentimos que hemos fallado, aunque solo sea por un instante... nuestras alas pierden un poco de su luz.
La miré sin poder apartar los ojos de ellas.
Angélica continuó hablando con serenidad.
—No porque nuestro Padre deje de amarnos.
Su amor jamás cambia.
Somos nosotros quienes cargamos el peso de nuestras culpas, nuestros miedos y nuestras dudas.
Y todo eso...
Va dejando marcas en nuestras alas.
Comprendí entonces por qué había visto tantos ángeles con plumas oscuras dentro de la iglesia.
No eran ángeles malos.
No habían sido abandonados por Dios.
Eran hermanos que luchaban cada día por proteger a sus niños, mientras cargaban en silencio sus propias heridas.
Por primera vez miré mis alas con preocupación.
Y una pregunta nació en lo más profundo de mi corazón.
Algún día...
¿También las mías perderían su luz?