LAS ALAS DE CLARA Capítulo 12
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Capítulo 12

El bautizo

Aquella mañana el cielo parecía más azul que de costumbre.

Desde muy temprano la casa estaba llena de alegría. Rosita ayudaba a la mamá de Carmen con los últimos detalles mientras el papá se aseguraba de que nada faltara.

Yo no podía dejar de mirar a mi pequeña.

Su vestido blanco parecía brillar con la luz de la mañana y sus zapatitos de charol relucían mientras caminaba de un lado a otro, sin comprender por qué todos la observaban con tanto cariño.

Se veía hermosa.

Emprendimos el camino hacia la iglesia.

Mi corazón rebosaba de felicidad.

Sentía que aquel no sería un día cualquiera.

De pronto, un fuerte estruendo nos sobresaltó.

Una de las llantas del automóvil acababa de reventarse.

Todo ocurrió muy rápido.

Fue entonces cuando volví a ver al ángel guardián de la mamá de Carmen.

Sin perder un solo instante, extendió sus alas alrededor de toda la familia.

Para mi sorpresa, también me cubrió a mí.

Al mismo tiempo apareció el ángel guardián del papá de Carmen. Permanecía junto a él mientras cambiaba la llanta, atento a cada uno de sus movimientos, como si vigilara que nada pudiera hacerle daño.

Cuando terminaron la reparación y todos volvieron a subir al automóvil, ambos ángeles unieron sus alas formando un gran escudo protector alrededor de nosotros.

Sus rostros permanecían levantados hacia el cielo, completamente alerta, como si esperaran que algo pudiera acercarse.

No entendía lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué sucede? —pregunté.

Ninguno respondió.

Simplemente comenzaron a desvanecerse hasta desaparecer por completo.

Aquello aumentó todavía más mi confusión.

Continuamos el viaje y, gracias a Dios, llegamos a la iglesia sin ningún otro inconveniente.

En cuanto crucé sus puertas sentí la misma paz de siempre.

Era como si nuestro Padre me abrazara con todo su amor.

Los cantos de mis hermanos ángeles llenaban el templo con una melodía tan hermosa que ninguna palabra de este mundo podría describirla.

Miré a mi alrededor.

Había muchos más ángeles que en otras ocasiones.

Algunos permanecían junto a las familias.

Otros volaban cerca del altar, adorando al Creador con una alegría que hacía resplandecer toda la iglesia.

Comprendí que aquel no era un día cualquiera.

Era un día de inmensa alegría para el cielo.

La ceremonia comenzó.

El sacerdote recibió a Carmen con una cálida sonrisa y saludó a sus padres y a sus padrinos.

Yo permanecía a su lado, contemplando cada instante con emoción.

Cuando llegó el momento del bautizo, el sacerdote tomó el agua bendita y la derramó suavemente sobre la cabeza de mi pequeña.

En ese mismo instante, un rayo de luz descendió desde lo alto e iluminó su rostro.

Sentí que aquella luz era la bendición de nuestro Padre descendiendo sobre Carmen con un amor imposible de describir.

Los cantos de los ángeles se hicieron aún más intensos.

Sus alas brillaban con una fuerza que jamás había visto.

Miré a Carmen.

Sonreía.

No lloró.

Al contrario.

Levantó su pequeña mirada hacia el cielo, como si también pudiera sentir la presencia de nuestro Padre.

Todo era tan hermoso que, por unos instantes, olvidé las extrañas cosas que habían sucedido durante el camino.

Entonces vi acercarse nuevamente a Matías.

Su sola presencia transmitía paz.

—Querida Clara, necesitamos hablar una vez más.

Me acerqué de inmediato.

Aunque su rostro conservaba la serenidad de siempre, percibí cierta preocupación en sus ojos.

—El camino que recorres junto a Carmen está siendo observado por fuerzas que intentarán apartarla de la luz.

Sentí un escalofrío.

—¿Quiénes son? —pregunté.

Matías guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Mientras más cerca permanezca Carmen de nuestro Señor, mayores serán las pruebas que encontrará en su camino.

—¿Por qué?

Él me miró con una ternura que jamás olvidaré.

—Porque la luz siempre incomoda a la oscuridad.

Aquellas palabras quedaron grabadas para siempre en mi corazón.

—Llegará el momento en que podrás ver con claridad aquello contra lo que tendrás que luchar para protegerla. Pero recuerda esto, Clara: nunca estarás sola.

Hizo una breve pausa.

—Muchos de nuestros hermanos caminarán contigo. Algunos aparecerán solo en determinados momentos, cuando el Creador lo permita. Aprenderás a reconocerlos.

Después apoyó suavemente una mano sobre mi hombro.

—No pierdas jamás la fe. Esa será siempre tu mayor fortaleza. Y nunca olvides cuál es tu misión: ayudar a que Carmen jamás se aparte del camino de nuestro Padre.

Me dedicó una sonrisa llena de paz.

—Hasta pronto, hermana Clara.

Antes de que pudiera hacer una sola pregunta más, desapareció entre la luz que inundaba la iglesia.

Permanecí inmóvil observando el lugar donde había estado.

Comprendí que la verdadera misión apenas comenzaba.

Hasta entonces había aprendido a amar...

A proteger...

Y a esperar.

Pero muy pronto tendría que aprender también a luchar.