LAS ALAS DE CLARA Capitulo 11
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Capitulo 11

La casa de mi Padre

Permanecí en guardia durante varias noches, vigilando cada rincón por si aquella sombra volvía a aparecer.

Pero no ocurrió nada.

Los días transcurrieron con tranquilidad y, finalmente, llegó el momento de regresar a la casa de mi Padre.

Como siempre, era el día que más esperaba.

Cada vez que cruzaba aquellas puertas sentía como si Dios mismo me abrazara con toda su misericordia y con todo su amor.

Era un amor tan inmenso que llenaba mi alma de paz, serenidad y una música celestial imposible de describir.

Aunque no podía verlo...

Podía sentirlo.

Al llegar al salón donde permanecían los padres con sus niños pequeños, encontré nuevamente a mis hermanos ángeles.

La mamá de Carmen ya conocía a varias familias y las saludaba con una cálida sonrisa.

Mientras tanto, nosotros nos preparábamos para escuchar la maravillosa Palabra de Dios.

A través de los grandes ventanales observábamos al sacerdote explicar las Sagradas Escrituras.

Sin embargo, para nosotros, los ángeles, toda aquella enseñanza podía resumirse en una sola palabra.

Amor.

Era imposible conversar con mis hermanos.

Todos permanecíamos unidos adorando a nuestro Padre con nuestros cantos.

Cada nota parecía llenarnos de una fuerza nueva.

Nuestra luz brillaba con más intensidad y nuestros corazones rebosaban de alegría.

Muchos ángeles volaban sobre sus protegidos, contemplándolos con un amor infinito.

Entonces descubrí algo que nunca antes había notado.

Dentro de la casa del Señor podía ver ángeles de todas las edades.

Algunos eran muy pequeños.

Otros irradiaban una presencia mucho más imponente.

Sin embargo, al salir de la iglesia, mi visión volvía a ser la misma de siempre.

Solo podía ver a los ángeles que tenían entre uno y cinco años de servicio.

Aquello despertó aún más mi curiosidad.

Anhelaba cumplir cinco años para comprender mejor el mundo al que pertenecía.

Pero también entendía que la paciencia formaba parte de mi aprendizaje.

Y si ese era el tiempo que mi Padre había dispuesto para mí, esperaría con alegría y obediencia hasta que llegara el momento de descubrir nuevos misterios de nuestra misión.

De regreso a casa escuché a la mamá de Carmen conversar con su esposo.

—Ya es tiempo de bautizar a Carmen. No deberíamos esperar más.

Hablaron durante un largo rato y finalmente decidieron hacerlo cuando ella cumpliera cuatro años.

Querían celebrar ese día con una pequeña reunión e invitar a los padrinos y a los familiares más cercanos.

Los meses transcurrieron con tranquilidad.

Durante todo ese tiempo, Carmen siguió creciendo sana, feliz y llena de amor.

Y, casi sin darme cuenta...

Llegó el día que tanto habían esperado.

El día de su bautizo.

Mi corazón se llenó de emoción.

Para mí no era solo una ceremonia.

Sentía que Carmen recibiría una bendición muy especial y sería presentada ante nuestro Padre como una de sus hijas.

Su mamá le había comprado un hermoso vestido blanco y unos zapatitos de charol negro que la hacían ver aún más hermosa.

La bautizarían en la misma iglesia a la que asistíamos cada domingo.

El sacerdote sería el mismo que ya conocíamos.

Y sus padrinos serían el hermano y la hermana de la mamá de Carmen.

Al observarlos, pude sentir que eran personas de profunda fe.

Mientras contemplaba a todos prepararse para aquel día tan especial...

No imaginaba que el bautizo de mi pequeña también cambiaría algo dentro de mí.