LAS ALAS DE CLARA Capitulo 9
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Capitulo 9

El Guardian de los Guardianes

La mamá de Carmen estaba mucho más tranquila después de aquellos meses tan difíciles. Decidió acercarse más a nuestro Padre Dios y comenzó a asistir a misa con frecuencia.

Carmen y yo la acompañamos en varias ocasiones.

La primera vez que entré en la casa del Señor quedé maravillada.

El canto de mis hermanos ángeles era tan hermoso que no solo conmovía mi ser, sino que parecía iluminar cada rincón de la Iglesia.

Sentí una paz inmensa que jamás había experimentado.

Me incliné y comprendí que aquella misma serenidad llenaba el corazón de todas las personas que se encontraban allí.

la mamá de Carmen se dirigió a un salón especial con amplios ventanales que permitían ver el altar y al sacerdote.

Aquel lugar estaba destinado a los padres que asistían con niños pequeños, para que pudieran escuchar la misa sin preocuparse por interrumpir a los demás si los niños lloraban o se inquietaban.

Desde allí observábamos todo perfectamente.

El pequeño salón estaba lleno de padres, madres y niños, y junto a cada uno de ellos se encontraban sus ángeles guardianes.

Todos los ángeles presentes teníamos lágrimas en los ojos. Aquella música celestial tocaba lo más profundo de nuestra alma.

A través de los grandes ventanales observaba al sacerdote mientras explicaba las lecturas de la Sagrada Biblia. También veía a las personas reunidas para adorar a nuestro Padre.

Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención.

Algunos ángeles tenían numerosas plumas negras mezcladas entre las blancas de sus alas.

No comprendía el motivo.

Regresamos a casa y sentí mi corazón ligero, como si me hubiera llevado conmigo una pequeña parte de aquella paz.

Al paso de una semana decidieron regresar nuevamente a la casa del Señor.

Yo estaba feliz.

Como en las ocasiones anteriores, escuché el canto de mis hermanos y observé a muchos otros ángeles. Algunos eran tan pequeños que parecían bebés. Revoloteaban cerca del techo con sus diminutas alas, llenando el lugar de una ternura indescriptible.

Todo era amor.

Todo era paz.

No pude contener las lágrimas mientras daba gracias a Dios por su incomparable creación y por la bondad con la que nos había dado la existencia.

Fue entonces cuando vi a un ángel acercarse.

—Mi querida Clara, ¿cómo estás?

Lo había visto algunas veces a la distancia, pero nunca tan cerca.

Era más alto que cualquiera de nosotros y poseía una belleza imposible de describir. Su presencia irradiaba autoridad, serenidad y luz.

Jamás había visto un ángel como él.

Pensé en decirle cuánto me impresionaba, pero antes de que pudiera hablar, él sonrió.

—Soy el guardián de los ángeles pequeños, aquellos que tienen entre uno y cinco años de servicio.

Me quedé inmóvil escuchándolo.

—Pronto cumplirás tres años, Clara, y ha llegado el momento de visitarte por primera vez.

—¿Quién eres? —pregunté finalmente.

—Mi nombre es Matías.

Su voz transmitía una tranquilidad absoluta.

—He venido para decirte que lo has estado haciendo muy bien.

Aquellas palabras llenaron mi corazón de alegría.

Sin embargo, su expresión se volvió más seria.

—También debo advertirte que, a partir de ahora, las cosas comenzarán a ser un poco más complicadas para ti.

Sentí un ligero temor.

—Tendrás que aprender a resolver muchas situaciones guiándote por tu instinto, corrigiendo y orientando cuando sea necesario. Pero hay algo que nunca debes olvidar.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—No puedes intentar cambiar por tu propia voluntad aquello que el Creador ha destinado para cada ser humano. Nuestra misión es proteger, acompañar y guiar, pero jamás alterar el camino que Dios ha trazado.

Asentí lentamente.

—Cuando vuelva a visitarte, espero encontrarte siguiendo el buen camino. Todos cometemos errores, Clara, pero seguimos siendo ángeles guardianes y debemos honrar nuestra misión.

Me quedé muda.

Tenía cientos de preguntas.

Miles.

Él pareció leer mis pensamientos y sonrió.

—Recuerda esto: tus preguntas serán respondidas en el momento preciso.

Mi sorpresa aumentó.

—Hoy no puedo darte más respuestas. Solo quiero que sepas que yo también tengo una misión. Debo visitar a muchos hermanos. Cada uno enfrenta desafíos distintos según la edad de su protegido y el camino que le corresponde recorrer.

Miró a los pequeños ángeles que revoloteaban cerca del techo.

Luego volvió a fijar sus ojos en mí.

—Ahora debo despedirme, Clara. Volveré a verte cuando llegue el momento indicado.

Y antes de que pudiera formular una sola pregunta más, se alejó entre la luz y los cantos de mis hermanos.

Yo permanecí inmóvil.

Por primera vez comprendí que apenas estaba comenzando a descubrir los misterios del mundo al que pertenecía.