LAS ALAS DE CLARA Capitulo 8
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Capitulo 8

Lagrimas en la casa

Carmen acababa de cumplir dos años y sus padres decidieron celebrar su cumpleaños con un sencillo paseo a la playa. Su madre estaba embarazada y habían pensado que era mejor no hacer grandes gastos.

Aquella mañana, mientras preparaban todo lo necesario para salir, algo inesperado ocurrió.

De pronto, la mamá de Carmen sintió unas intensas ganas de vomitar. Instantes después, un fuerte dolor le atravesó el vientre. Parecían contracciones, pero apenas tenía cinco meses de embarazo.

El padre, alarmado, la llevó de inmediato al hospital y llamó a Rosita para que se quedara cuidando a Carmen.

La casa quedó en silencio.

A la mañana siguiente, la mamá de Carmen regresó. Caminó lentamente hasta su habitación y se acostó sin decir una palabra. El padre permaneció junto a ella durante largo rato. Más tarde salió para hablar con Rosita.

Fue entonces cuando comprendí lo que había sucedido.

La madre había regresado sola.

Aquel pequeño ser que algún día llegaría al mundo ya no estaba.

Y los médicos le habían informado que nunca podría volver a tener otro hijo.

La tristeza llenó cada rincón de la casa.

Incluso Carmen podía sentirla.

Comenzó a llorar constantemente, buscando la atención de su mamá. Finalmente, ella salió de la habitación y se acercó a su pequeña.

La tomó en brazos, la besó y la abrazó con fuerza contra su pecho.

—Perdóname, hijita —susurró entre lágrimas—. Serás solo tú con nosotros. No tendrás un hermanito ni una hermanita que te acompañe.

Al terminar de hablar rompió en llanto.

Su dolor era tan profundo que parecía imposible de aliviar.

Y yo me sentí tan triste como ella.

Mi pobre Carmen estaba apagada. La veía caminar sin la alegría de siempre y llegué a pensar que podría enfermarse.

Ella sentía el dolor de su madre.

Y yo sentía el dolor de Carmen.

Las semanas siguientes estuvieron llenas de silencio y duelo por aquella pequeña vida que nunca llegó a nacer.

Por primera vez desde que había llegado a este mundo, me sentí completamente sola.

No solo Carmen había perdido a quien habría sido su compañero de juegos y aventuras.

Yo también había perdido a alguien.

Había perdido al ángel guardián que habría protegido a aquel bebé.

Y aunque nunca llegué a conocerlo, sentía profundamente su ausencia.