Capitulo 7
Hermanos de luz
Aurora jugaba y reía alegremente junto a Carmen. Verla así me llenó de felicidad. Era difícil creer que aquella niña triste que siempre observaba desde lejos ahora corría, sonreía y compartía juegos con otros niños.
También noté algo diferente en el hermano Amateus. Sus alas parecían más blancas y luminosas que la última vez que lo había visto en aquella banca del parque.
Decidí acercarme.
—Hola, hermano.
Amateus me sonrió amablemente.
—Hermana Clara, ¿cómo estás? ¿Cómo te va en este nuevo mundo?
—Muy bien, hermano —respondí—. Aprendiendo cada día un poco más.
Él asintió.
—Me alegra escucharlo.
—Pero... ¿cómo sabes mi nombre?
Amateus soltó una pequeña risa.
—Aquí todos nos conocemos, hermana. Te vi la primera vez que viniste al parque. También sé que preguntaste por mi niña. Te agradezco que te preocuparas por ella.
Sus palabras me emocionaron.
—Gracias por decirme eso, hermano. Hoy la veo muy contenta.
Amateus observó a Aurora mientras ella jugaba con Carmen.
—Sí. Ha sido un cambio maravilloso. La terapia la está ayudando mucho y, de alguna manera, yo también estoy sanando junto a ella. Cada vez participa más con otros niños y ya no se aísla como antes.
Miró hacia las casas que rodeaban el parque.
—Aurora vive en la casa que está justo al lado. La mujer que ahora es su madre la trae todos los días después de la escuela, así que no te sorprendas si nos ves con frecuencia por aquí.
Volvió a sonreír.
—Además, siempre podremos conversar cuando tengamos un poco de tiempo.
Miré a Aurora correr detrás de Carmen mientras ambas reían sin parar.
Por primera vez desde que conocía su historia, sentí que la esperanza comenzaba a ganar la batalla contra la tristeza
—Debo despedirme, hermano Amateus. Es hora de regresar a casa, pero sé que volveremos a vernos pronto.
Él me dedicó una cálida sonrisa.
—Así será, hermana Clara.
—Y quiero felicitarte por todo lo que has logrado con Aurora. Has hecho un trabajo maravilloso.
Amateus inclinó la cabeza con humildad.
—Gracias, hermana. Pero el mérito también es de ella. Ha luchado mucho para volver a sonreír.
Le devolví la sonrisa y alcé mi mano para despedirme de los demás ángeles. Algunos respondieron con un saludo y otros con una amable sonrisa.
Luego me acerqué a Rosita y a Carmen, que seguían disfrutando de la tarde.
Mientras caminaba hacia ellas, escuché la voz de Angélica a lo lejos.
—¡Nos vemos, hermana! ¡Y gracias por tu ayuda!
Me giré para verla y le respondí levantando la mano.
—Siempre que me necesites, hermana.
Angélica sonrió y, por primera vez en mucho tiempo, sus alas parecían un poco más brillantes.
Entonces seguí mi camino junto a Carmen, sintiéndome feliz de haber encontrado no solo compañeros en esta misión, sino también una verdadera familia entre mis hermanos ángeles.