LAS ALAS DE CLARA CAPITULO 6
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CAPITULO 6

Rosita

Estaba amaneciendo. Un sol maravilloso comenzaba a iluminar la habitación y sus rayos atravesaban suavemente la ventana.

Carmen dormía plácidamente cuando la puerta se abrió.

Era su madre, acompañada de otra mujer.

Tenía la piel clara y era muy hermosa. No era muy alta, pero sí delgada y elegante.

Su cabello negro enmarcaba unos ojos del mismo color que, aunque bellos, reflejaban una profunda tristeza.

Vestía un vestido gris que llegaba hasta debajo de las rodillas, con mangas largas blancas.

Llevaba medias color beige claro y zapatos negros.

Al caminar, cojeaba ligeramente de una pierna.

Sentí curiosidad de inmediato. Quería saber qué le había sucedido a una mujer tan bella por dentro y por fuera.

Más tarde me enteré de su historia.

Cuando tenía apenas seis años y jugaba con otros niños, una pared de ladrillos se derrumbó sobre ella. Los médicos hicieron todo lo posible, pero solo pudieron salvarle una de sus piernas.

A pesar de aquella tragedia, conservaba una dulzura extraordinaria.

En cuanto se acercó a Carmen, su rostro se iluminó.

—Es la niña más hermosa que he visto.

La tomó entre sus brazos y la acarició con ternura.

En ese mismo instante, Carmen y yo sentimos una conexión especial con ella.

Su nombre era Rosa, aunque la mamá de Carmen la llamaba cariñosamente Rosita. Era su prima y, de vez en cuando, venía a ayudar a cuidarla.

Desde aquel día, Carmen le tomó un enorme cariño.

Y era fácil entender por qué.

Rosita la trataba con un amor sincero y especial. La llevaba a pasear por los alrededores, jugaba con ella y los fines de semana la acompañaba al parque.

Aprovechando el tiempo que Rosita dedicaba a Carmen, yo podía acercarme a mis hermanos ángeles.

Había muchísimos.

Ángeles guardianes acompañando a niños de todas las edades. El parque estaba lleno de vida.

La primera a quien saludé fue a mi hermana Angélica.

—¿Cómo has estado, hermana?

Ella bajó la mirada.

—Algo confundida, hermana Clara. Me han sucedido muchas cosas tristes estas últimas semanas.

Su voz reflejaba preocupación.

—Los padres de mi protegido se están separando.

Ricardo apenas tiene un año y medio, pero siente la ausencia de su padre.

Llora mucho. Aunque intento consolarlo, su mamá está tan estresada que a veces no puede atenderlo como debería.

Después se siente culpable y lo llena de cariño, pero sigue sufriendo.

Hizo una pausa.

—No sé qué hacer, hermana Clara.

La observé con tristeza.

Entonces noté algo que me preocupó.

Entre las plumas de sus alas habían aparecido algunas de color marrón oscuro.

Por supuesto, no le dije nada.

Pero sentí una enorme impotencia al no saber cómo ayudarla.

Entonces recordé las palabras del hermano José:

"Estamos aquí para ayudarnos y guiarnos unos a otros."

—Angélica, vamos a hablar con nuestro hermano José. Estoy segura de que podrá aconsejarte.

Ella asintió.

Nos dirigimos hacia él. Estaba de pie cerca de los columpios, observando atentamente a su niña.

—Hermano José, ¿cómo estás? —pregunté.

Él sonrió.

—Creciendo, hermanas.

—Hermano José —dijo Angélica—, necesito tu ayuda para superar un problema.

—Claro que sí, hermana. ¿Qué necesitas?

—Necesito un consejo sobre cómo ayudar a mi niño.

José escuchó atentamente mientras Angélica le explicaba todo lo que estaba ocurriendo.

Mientras ellos conversaban, decidí alejarme un poco para observar a Carmen.

Y entonces ocurrió algo que me sorprendió.

Entre los niños que jugaban, reconocí a una pequeña que no esperaba ver.

Era Aurora.

La niña protegida por el hermano Amateus.

Y, para mi asombro, estaba jugando junto a mi pequeña Carmen.