LAS ALAS DE CLARA CAPITULO 5
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CAPITULO 5

Los hermanos guardianes

A la semana siguiente, Carmen cumplía un año y su mamá le preparó una pequeña celebración. Invitaron a diez niños junto con sus padres, y todos confirmaron su asistencia.

La mesa estaba llena de bocadillos y la sala de la casa decorada con globos rosados. En el centro de la pared destacaba una hermosa mariposa de cartulina en tonos pastel brillantes, acompañada de grandes letras que decían:

FELIZ PRIMER CUMPLEAÑOS, CARMEN.

Eran las cuatro de la tarde cuando el primer invitado cruzó la puerta. Traía una enorme bolsa de regalo color amarillo pastel.

El niño se llamaba Carlos. Tenía tres años y vestía pantalones de mezclilla, una camiseta azul muy elegante y unos zapatos blancos impecablemente limpios. A su lado caminaba su padre, un señor regordete vestido de forma muy parecida. El parecido entre ambos era evidente.

Junto al niño estaba su hermosísima ángel guardiana. Era deslumbrante. Su figura se parecía a la de todas nosotras, pero sus alas brillaban con una intensidad que jamás había visto en ningún otro ángel.

Los invitados continuaron llegando. Niños, padres y ángeles llenaron rápidamente la casa. Algunos nos saludábamos de inmediato; otros simplemente sonreían.

Mientras los niños bailaban, corrían y jugaban, los ángeles disfrutábamos de un pequeño respiro, así que aprovechamos para conocernos mejor.

Angélica estaba allí con su pequeño protegido y enseguida me llamó por mi nombre.

—¡Clara! ¿Cómo has estado?

—Muy feliz. ¿Y tú?

—Súper feliz —respondió con entusiasmo.

En ese momento se acercó Sofía. Era una ángel de tres años con un rostro hermosísimo y unos ojos azules tan claros como el cielo. Cuidaba al pequeño Carlos, el primer niño que había llegado a la fiesta.

Como mencioné antes, sus alas brillaban de una forma extraordinaria.

Nos saludó con mucho cariño, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Carlitos es un niño maravilloso —nos contó—. No da problemas y es muy bien educado. Tiene unos padres amorosos que lo rodean de cariño. Esa energía tan positiva hace que mis alas brillen cada día más.

En ese instante recordé la primera vez que sentí aquella energía junto a mi niña y comprendí por qué mis alas también se habían iluminado.

Sofía nos dijo que conocía a todos los presentes y comenzó a nombrarlos uno por uno. Sin embargo, mi atención estaba en otro lugar.

Yo quería hablar con el ángel de cinco años.

Seguía intrigada por la niña del parque.

Como los niños continuaban divirtiéndose, observé a Carmen. Estaba sonriendo felizmente.

Entonces decidí acercarme.

—Hola. Mi nombre es Clara. Soy quien cuida a Carmen.

Uno de los ángeles me miró con dulzura.

—Hola, hermana Clara. Soy José y él es el hermano Diego. Estamos muy contentos de estar con ustedes.

—¿Cómo que somos hermanos? —pregunté sorprendida.

José sonrió.

—Oh, claro. Solo tienes un año. Todos los ángeles somos hermanos y hemos venido a proteger a nuestros niños mientras crecen, se convierten en jóvenes, luego en adultos y finalmente en ancianos.

—¿Cómo sabes tanto?

—Créeme —respondió riendo suavemente—. No sé ni una pequeña parte de todo lo que llegaremos a aprender.

Sin perder tiempo, le hice la pregunta que tanto deseaba formular.

—Hermano, voy con frecuencia al parque y hay una niña que siempre veo junto a un ángel. Él la cubre constantemente con sus alas. La niña parece triste y siempre lleva ropa que cubre casi todo su cuerpo, incluso cuando hace mucho calor. Solo quiero saber si está bien.

La expresión de José cambió.

—Hermana Clara... es una historia muy triste.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Hace algún tiempo, la niña viajaba con sus padres por carretera. Tuvieron un accidente muy grave. Sus padres murieron y ella fue la única sobreviviente, pero sufrió quemaduras severas en los brazos y las piernas.

Sentí un nudo en el pecho.

—Ahora vive con una familia muy dedicada que intenta ayudarla a sanar.

Sin embargo, ella está deprimida. Cree que fue responsable del accidente porque distrajo a su padre mientras conducía.

Él no vio que el semáforo había cambiado a rojo.

Chocaron contra otro vehículo, el automóvil volcó y luego se incendió.

Las palabras me dejaron profundamente triste.

—Nuestro hermano está trabajando muy duro para ayudarla en su recuperación.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—La niña se llama Aurora y nuestro hermano se llama Amateus. Casi no tenemos oportunidad de conversar con él, pero siempre intentamos darle ánimo. Nosotros también debemos cuidarnos entre hermanos, ayudarnos mutuamente, igual que enseñamos a nuestros niños a hacerlo.

Permanecí unos instantes en silencio.

Entonces José continuó:

—Pero, hermana Clara, debes prepararte. Comenzarás a ver muchas historias diferentes. Algunas serán felices, otras difíciles. Algunas serán muy dolorosas y otras maravillosas. Ningún día será igual al anterior.

Miró a todos los niños que jugaban alrededor.

—Cada uno de ellos tiene un ángel asignado. Uno solo. Nosotros estamos a su servicio, tal como el Creador lo dispuso.

En ese momento alguien llamó a José y a Diego.

—Ya debemos partir —dijo sonriendo—. Ha sido una alegría verte y hablar contigo, hermana Clara.

—¿Volveremos a vernos?

—Claro que sí.

Y mientras observaba cómo se alejaban, comprendí que apenas estaba empezando a descubrir el verdadero significado de nuestra misión.