LAS ALAS DE CLARA CAPITULO 4
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CAPITULO 4

El parque

Carmen ya tenía casi un año y su mamá la llevaba con frecuencia al parque. Veía muchos niños jugando, corriendo y riendo. Pero aquel día algo llamó mi atención.

—Oh... ¿qué estoy viendo?

No lo podía creer.

Ángeles. Ángeles guardianes.

Había pasado un año entero sola con mi Carmen y ahora descubría que existían otros como yo. Todos permanecían junto a los niños, como niñeras silenciosas que los vigilaban y protegían.

Una de ellas acompañaba a un niño moreno muy lindo, de unos dos años, con unos impresionantes ojos azules.

Era casi tan alta como yo y tenía el cabello blanco con algunos mechones negros.

Más allá había un ángel varón, un poco más alto, junto a una niña de unos cinco años que observaba a los demás jugar sin participar.

El ángel permanecía a su lado y una de sus alas la cubría como si fuera un paraguas protector.

También noté algo más: todos los niños emitían una luz. Algunos brillaban suavemente, mientras que otros resplandecían con una intensidad difícil de describir.

Emocionada, dirigí mi mirada hacia los otros ángeles.

—¡Holaaa! Me llamo Clara.

Todos me respondieron con una sonrisa cordial.

Mi emoción aumentó todavía más.

—¿Ustedes empezaron igual que yo?

Continuaron sonriendo sin decir una sola palabra.

—Está bien —dije finalmente—. Hablaremos otro día.

Como Carmen ya estaba cansada, su mamá la cargó para llevarla a casa.

—Nos veremos pronto.

Me alejé sintiéndome confundida. Tenía muchísimas preguntas que hacerles, pero al mismo tiempo estaba feliz de haber encontrado a más ángeles guardianes.

Al día siguiente escuché a Carmen decir:

—Mamá.

Sonreí.

Estaba creciendo. Pronto podríamos comunicarnos mejor.

Comenzaba a caminar tambaleándose de un lado a otro, así que pasaba más tiempo cuidando que no se cayera o se hiciera daño. Era una niña bastante inteligente y parecía seguir cada uno de mis movimientos.

Así transcurrieron varios días.

La semana siguiente volvimos al parque. Yo estaba tan ansiosa como Carmen.

Al llegar, vi que había ángeles diferentes, pero en la misma banqueta de la semana anterior estaba el mismo ángel con aquella niña. Seguía protegiéndola de la misma manera, cubriéndola con una de sus alas.

La niña llevaba una blusa blanca con flores rosadas, de manga larga, y un pantalón largo. Me llamó la atención porque era verano y todos los demás niños vestían ropa mucho más ligera. No pude evitar preguntarme por qué estaba vestida así.

También vi a un niño de la edad de Carmen acompañado por una ángel muy parecida a mí. Todos los ángeles compartíamos ciertos rasgos, pero ella se parecía especialmente.

La observé y, para mi sorpresa, me saludó con entusiasmo.

—Hola, ¿cómo te llamas?

Me emocionó que alguien por fin me hablara.

—Qué bueno que alguien hace algo más que sonreírme —respondí.

Ella soltó una carcajada.

—Mi nombre es Angélica. ¿Y el tuyo?

—Clara.

—¿Y cuándo llegaste?

—Hace un año.

Volvió a reír.

—¡Pues yo también! Es la primera vez que vengo al parque.

De pronto escuché llorar a Carmen.

—¡Oh, no!

Me había distraído.

Volteé inmediatamente. Mi niña se había caído del columpio y su mamá intentaba consolarla.

Carmen me miró con tristeza.

—Ya estás bien. Estoy aquí.

Al escucharme, me regaló una pequeña sonrisa, una de esas sonrisas dulces que siempre lograban hacerme feliz.

Su mamá la tomó en brazos y decidió regresar a casa.

Mientras se alejaban, Angélica me gritó:

—¿Cuándo regresan?

—No lo sé, pero espero verte pronto.

Y en ese momento comprendí algo importante.

Ahora sabía por qué los demás ángeles no se distraían conversando. Sabía por qué permanecían atentos todo el tiempo.

Porque aquella era nuestra misión.

Protegerlos.

Mientras nos alejábamos, recordé a aquella niña y a su ángel protector. Sentí una enorme curiosidad.

Necesitaba saber de qué la estaba protegiendo.

¿De qué necesitaba protegerla?