LAS ALAS DE CLARA CAPITULO 3
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CAPITULO 3

La primera sonrisa

Pasaron seis meses, todos muy parecidos. Cada segundo lo pasaba al lado de Carmen. Ella solo comía y dormía, y yo la acompañaba todo el tiempo.

Me sentía tranquila y feliz de saber que me escuchaba y que estaba protegida. Pero... ¿de qué la protegía? No lo sabía. Aunque, si la voz tenía razón, algún día lo descubriría.

Aquel día, sin embargo, ocurrió algo diferente.

Cuando la miré, Carmen me sonrió.

Podía verme.

Sentí una alegría tan grande que no pude contener las lágrimas. Sus pequeños ojos estaban llenos de ternura y, por primera vez, su mirada se encontró con la mía. Me acerqué despacio, acaricié su carita y le di un beso, esperando que pudiera sentirlo.

En ese mismo instante vi cómo mis alas comenzaron a resplandecer con una luz tan intensa que por un momento pensé que todo el cuarto se había iluminado. Era como si el inmenso amor que sentíamos la una por la otra se hubiera convertido en una hermosa energía que llenaba todo mi ser.

No pude contener mi felicidad.

Empecé a dar pequeños saltos y a girar sobre mí misma. Tenía tantas ganas de cantar que sonreí y pensé:

—¿Y por qué no?

Entonces comenzó a salir de mi interior una melodía que jamás había escuchado, pero que, de alguna manera, ya conocía. Era una canción dulce y tranquila, llena de paz.

Mientras cantaba, Carmen no dejaba de mirarme. Parecía disfrutar cada nota y poco a poco fue cerrando sus ojitos hasta quedarse profundamente dormida.

La observé abrazando su pequeño oso de peluche.

Su respiración era suave y tranquila.

Me acerqué una vez más y le susurré:

—Que tengas dulces sueños, mi bella niña.

Aquella melodía también me había enseñado algo sobre mí.

Podía cantar.

Y lo hacía con todo mi corazón.

A la mañana siguiente, cuando Carmen despertó, corrí a saludarla como todos los días. Pero apenas me acerqué sentí algo diferente.

Era miedo.

Era el miedo que ella estaba sintiendo.

Miré rápidamente alrededor buscando qué podía asustarla.

Entonces vi una pequeña sombra oscura en uno de los rincones de su cuna.

Me acerqué con cuidado.

En cuanto estuve frente a ella, desapareció.

Permanecí unos segundos observando aquel rincón.

No entendía qué había sido, pero decidí no darle demasiada importancia.

Quizá solo había sido mi imaginación.

Pasaron otros seis meses.

Cada día quería más a Carmen.

Ella ya balbuceaba sus primeras palabras, sonreía con frecuencia y comenzaba a dar sus primeros pasos. Cuando no estaba distraída, caminaba hacia mí con sus pequeños brazos extendidos, como si quisiera abrazarme.

Solo ella podía verme.

Y eso hacía que nuestro vínculo fuera todavía más especial.

Mientras Carmen crecía, también yo comenzaba a cambiar.

Mis alas se volvían cada vez más fuertes.

Más grandes.

Y brillaban con una luz más intensa que nunca.

Sin comprender del todo por qué, sentía que ellas también crecían junto con el amor que nacía entre mi pequeña y yo.