LAS ALAS DE CLARA Capítulo 2
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Capítulo 2

La primera noche juntas

La habitación del hospital permanecía en silencio.

Las paredes color crema y las cortinas blancas reflejaban la tenue luz de la noche.

En un rincón, el padre de Carmen descansaba en un sillón reclinable de color marrón, agotado después de un día lleno de emociones.

La madre dormía profundamente, arropada con varias mantas que apenas lograban ocultar el cansancio de su rostro.

Carmen también dormía.

Su respiración era tranquila y pausada, mientras yo permanecía a su lado sin apartar la vista de ella. Aún me resultaba imposible comprender cómo una niña tan pequeña podía despertar en mí un amor tan inmenso.

No quería alejarme.

Sentía que mi lugar estaba junto a ella.

Al cabo de unos minutos, dos enfermeras entraron en la habitación.

Con mucho cuidado colocaron a Carmen en una pequeña cuna transparente para llevarla al área donde los médicos examinaban a todos los recién nacidos.

Cuando comenzaron a alejarse, un dolor intenso atravesó mi pecho.

Era una sensación desconocida, como si algo invisible intentara separarme de una parte de mí.

Sin pensarlo, las seguí.

En cuanto estuve nuevamente junto a Carmen, aquel dolor desapareció por completo.

Respiré aliviada.

Comprendí que no podía permanecer lejos de ella.

Al entrar al cuarto de los recién nacidos quedé maravillada.

Había decenas de cunas perfectamente alineadas. En cada una descansaba un bebé profundamente dormido. Sobre ellas podía leerse el nombre de cada pequeño, escrito con delicadeza en una tarjeta.

Pero aquello no fue lo que más llamó mi atención.

Todos estaban rodeados por una luz suave y brillante.

Era una luz cálida, llena de paz.

Observé cada rincón del lugar esperando encontrar a otros como yo.

Si cada niño tenía un brillo tan especial, ¿dónde estaban los ángeles encargados de protegerlos?

No veía a ninguno.

Una extraña sensación de soledad volvió a envolverme.

Entonces recordé todas las preguntas que seguían sin respuesta.

¿Por qué estaba allí?

¿Quién me había enviado?

¿Por qué no recordaba nada de mi existencia antes de despertar junto a Carmen?

¿Por qué no sabía cómo cumplir mi misión?

Cerré los ojos por un instante.

Y entonces escuché aquella voz que ya comenzaba a resultarme familiar.

—Lo sabrás con el tiempo.

Abrí los ojos de inmediato.

Miré a mi alrededor.

No había nadie.

Solo el suave sonido de la respiración de los bebés.

Respiré hondo antes de volver a preguntar en silencio:

—¿Algún día encontraré respuesta para todas mis preguntas?

La voz respondió con la misma serenidad.

—No para todas.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

Aceptarlas no era sencillo.

Me di cuenta de que tendría que aprender a convivir con el misterio.

Pero otra pregunta nació en mi interior.

Si yo podía escuchar esa voz...

¿Existía alguien que me acompañaba sin que pudiera verlo?

¿Alguien que me guiaba del mismo modo en que yo guiaba a Carmen?

La idea permaneció dando vueltas en mi mente.

Poco después, las enfermeras regresaron con Carmen.

La habían vestido con una delicada ropita de lana color rosado que, seguramente, sus padres habían preparado con ilusión mucho antes de su nacimiento.

Apenas volvió a los brazos de su madre, comenzó a llorar.

Tenía hambre.

Su mamá la acercó a su pecho con una ternura infinita y Carmen se tranquilizó casi al instante.

Las observé en silencio.

En ese momento comprendí algo importante.

Había pasado demasiado tiempo pensando en mí.

En mis dudas.

En mis preguntas.

Pero ninguna de ellas era más importante que la pequeña niña que tenía delante.

La miré con una sonrisa.

—Clara... —me dije a mí misma—. No olvides por qué estás aquí.

Volví a acercarme a Carmen y acaricié suavemente su pequeña mano.

—Mi misión no consiste en encontrar todas las respuestas.

Mi misión es protegerte...

cuidarte...

guiarte...

y amarte.

Algún día comprenderé todo lo demás.

Pero hoy...

Eso es suficiente.