LAS ALAS DE CLARA CAPITULO 1
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CAPITULO 1

El nacimiento de Carmen

Un llanto rompió el silencio que me envolvía.

Abrí los ojos lentamente y la vi por primera vez.

Acababa de nacer.

Era una pequeña de piel muy blanca, con unos finos cabellos rubios que parecían suaves hebras de luz. Había algo en ella que me resultaba profundamente familiar, aunque no comprendía por qué. Una fuerza invisible nos unía con una intensidad imposible de explicar.

Entonces comenzaron a invadirme el miedo, el frío y la confusión.

Al principio pensé que aquellas emociones eran mías, pero enseguida comprendí que también eran las suyas. Sentíamos exactamente lo mismo, como si nuestras almas estuvieran unidas desde antes de llegar a ese lugar.

Para ella aquel era un mundo completamente nuevo.

Para mí también.

Las dos acabábamos de comenzar nuestro viaje.

Me acerqué despacio hasta la cuna y me incliné sobre ella.

—No estás sola —le susurré con dulzura—. Hemos llegado juntas y permaneceré a tu lado hasta el día en que llegue el momento de partir de este mundo.

Apenas terminé de hablar, su llanto comenzó a apagarse hasta convertirse en un suave suspiro.

Sonreí.

Podía escucharme.

Sin embargo, no podía verme.

La observaba con curiosidad mientras cientos de preguntas llenaban mi mente.

¿Por qué yo podía verla y hablarle, pero ella no podía responderme? ¿Quién era yo? ¿Qué hacía allí?

Antes de encontrar alguna respuesta, una mujer agotada pidió que le entregaran a la recién nacida.

En cuanto la sostuvo entre sus brazos, sentí una inmensa paz.

Era su madre.

Una mujer de piel trigueña, estatura baja y profundos ojos negros. El cansancio era evidente en su rostro, pero también el amor inmenso con el que contemplaba a su hija.

Curiosamente, yo también reconocía aquel amor.

Su aroma me resultaba familiar, como si lo hubiera conocido desde mucho antes de aquel momento.

Junto a ella permanecía el padre.

Era alto, de piel clara, ojos color caramelo y vestía un elegante traje azul marino con zapatos negros perfectamente lustrados. No dejaba de mirar a la pequeña con una mezcla de emoción y ternura.

Una enfermera se acercó con varios documentos.

Los padres debían elegir oficialmente el nombre de la bebé.

Después de intercambiar una mirada, el padre tomó la decisión.

—Se llamará Carmen.

En cuanto escuché aquel nombre, una extraña certeza inundó todo mi ser.

Era el nombre correcto.

No sabía cómo lo sabía.

Simplemente lo sabía.

Entonces una nueva pregunta surgió dentro de mí.

—¿Y yo...? ¿Cómo me llamo?

Antes de terminar de formularla, una voz serena respondió en mi interior.

—Clara.

El nombre resonó una y otra vez en mi mente.

Clara...

Sí.

Ese era mi nombre.

Una inmensa felicidad llenó mi corazón.

Pero entonces ocurrió algo que me dejó completamente inmóvil.

Al observarme descubrí que era muy distinta a Carmen.

Ella era apenas una bebé.

Yo era alta y delgada.

Mi cabello era largo y completamente blanco.

Mis ojos, marrones, se parecían a los de ella.

Y detrás de mi espalda...

Había unas enormes alas blancas.

Eran hermosas.

Ligeras.

Tan suaves que parecían hechas de luz.

Las moví con cuidado.

No pesaban en absoluto.

Solo yo las tenía.

Carmen no.

¿Cómo podíamos ser tan diferentes y, al mismo tiempo, sentir un amor tan profundo que parecía unir nuestros corazones?

Miles de preguntas seguían acumulándose dentro de mí.

Quería saber quién era.

Por qué existía.

Cuál era mi propósito.

Entonces la misma voz volvió a hablar.

—Eres un ángel guardián.

Las palabras parecieron llenar todo el lugar.

—Has sido enviada para cuidar a Carmen, protegerla, caminar junto a ella y descubrir el mundo a su lado. Crecerás con ella, compartirás sus alegrías, sus miedos y sus lágrimas... hasta que llegue el día en que tu misión haya terminado.

Miré nuevamente a la pequeña que dormía tranquila entre los brazos de su madre.

Sin comprender todavía todo lo que significaban aquellas palabras, hice una promesa silenciosa.

Jamás permitiría que caminara sola.