15 LA OTRA YO #3
Para su sorpresa, la misión resultó mucho más compleja de lo esperado.
No se trataba de un simple «ve, observa, roba y huye».
En esa ocasión, el trabajo era diferente, lento y tedioso.
No bastaba con obtener toda la información posible; era imperioso que, una vez obtenida, la fundiese con su propia personalidad para utilizarla sobre el terreno.
Para lograrlo, no bastaba con memorizar.
En más de una ocasión se vio obligada a continuar una complicada y continua improvisación.
De pronto, su caprichosa mente la transportó al momento en que conoció a la doctora Nadia Al-Hassan en persona.
***
30 de abril de 2027 a las 11:00 horas.
Lugar desconocido.
Mercenaria y mujer desconocida.
Previamente, había conocido al profesor Summons. Un inmaduro hombrecillo de débil carácter, al que le sobrevino un importante asunto que no era capaz de gestionar.
Hacerse con la investigación de Plunder había sido muy sencillo, pero lo realmente complicado estaba por llegar: debía recabar información de la compañera secuestrada de Plunder, interiorizarla y trasladársela al blandengue profesor.
Al día siguiente de su primer encuentro con Summons, su guarda personal, Aleksey, la condujo al lugar donde mantenían secuestrada a la verdadera Nadia.
Allí mismo, se encontraba otro de los hombres de Vartan, que hacía guardia las 24 horas con el único cometido de mantener a la doctora en perfectas condiciones.
No podían permitirse el error de que la doctora Al-Hassan no estuviese en plenas facultades cognitivas.
Cuando la mercenaria accedió a la pequeña habitación donde la doctora estaba recluida, no pudo evitar oler el miedo de la muchacha.
La mujer se encontraba encima de un desvencijado camastro.
La mantenían en una habitación húmeda y sucia, con una venda que le cubría los ojos y un miedo que la superaba.
—¡Quitadle esa cosa de los ojos! —ordenó la mujer en ruso.
—Nachálnitsa… —pronunció el hombre en tono de súplica; «jefa» en ruso.
—¡Haz lo que te ordeno y sal de aquí!
El captor obedeció a regañadientes y abandonó la estancia, dejándolas a solas.
La doctora tardó unos instantes en acostumbrarse a la luz. Al principio, confiar mínimamente en aquella desconocida le supuso un gran esfuerzo. Pasados unos minutos, la verdadera comenzó a hablar.
—Usted es la mujer de la videollamada… ¿Qué quieren de mí?
—Doctora, ha tenido demasiado tiempo para reflexionar y deducir qué es lo que queremos de usted.
Aquella mujer la aterraba. Su falsa cortesía, unida a una expresión carente de toda empatía, reflejaban una sociopatía sin límites.
Aquella siniestra visitante extrajo una serie de documentos que llevaba en un bolso marrón de piel.
Se trataba de las mismas imágenes que la doctora ya había visto con anterioridad.
El semblante de la mercenaria se oscureció.
—Si quiere salir con vida de esta situación, le sugiero que me explique absolutamente todo sobre la investigación de su queridísimo amigo Plunder.
—No puedo explicarle todo lo que descubrimos en una sola tarde. Es decir, necesito…
Fue interrumpida bruscamente por la ironía de su interlocutora.
—¿Quién ha dicho que sea en una tarde?
Tras aquella pregunta, una maléfica carcajada llenó la silenciosa estancia. Una risa que a Nadia se le antojó una puñalada.
—Póngase cómoda. Van a ser unas largas sesiones de clase. Es importante que me explique todo a la perfección y no me oculte el más mínimo detalle. Su vida depende enteramente de ello. ¡Ah! Y procure hacerlo ameno, no querría que perdiese interés en su historia —matizó aquella tirana mujer.
Fue la primera de muchas didácticas sesiones de aprendizaje en las que la desalmada mujer aprendió de la ilustre Nadia Al-Hassan.
Sin embargo, no todo fue negativo. La presencia y relación entre ambas mujeres se estrechó un poco con el tiempo, lo que ayudó a que Nadia comenzara a adaptarse a aquella tediosa situación.
El hecho de tener a aquella extraña alumna la ayudó a normalizar los días de cautiverio.
Incluso podría decirse que, en ciertos momentos, la doctora trató de comprender las aspiraciones de su captora.
Por otro lado, consiguió que la mercenaria se intrigase por su trabajo, por la historia de las tablillas y por la cultura mesopotámica, más allá de su simple cometido.
Cuando abandonó la habitación la primera vez, la impostora ordenó a sus hombres que mantuvieran a la mujer en óptimas condiciones. Les hizo saber que preservasen su habitación limpia y tuviesen a la doctora aseada y bien alimentada. De lo contrario, aquellos hombres sufrirían las consecuencias.
***
27 de mayo de 2027 a las 11:25 horas.
Reservado. Polígono industrial Ibarra, Bilbao. España.
Andrew Summons, Franc Tenalta y mercenaria.
«He de reconocer que la doctora tenía el don de la enseñanza», reflexionó la mercenaria antes de que su mente volase de nuevo a su situación actual.
Escuchó la puerta abrirse y su glándula suprarrenal comenzó a segregar una gran cantidad de adrenalina.
La mencionada hormona se daría de bruces si supiese lo totalmente inútil que resultaba ser en aquel momento: la mujer no podía luchar ni huir.
Levantó la cabeza, abrió los ojos y vio a sus dos excompañeros entrar en la estancia.
Dejó escapar un suspiro y emitió un sonido de burla hacia sus captores.
Allí se encontraban Franc Tenalta y Andrew Summons.
Este último sujetaba un vaso de agua en su mano derecha y algo parecido a una pastilla en la izquierda. El profesor la observaba con una mezcla de odio y lástima a partes iguales.
Inexplicablemente, la mujer bromeó frente a aquel par de rostros que se mostraban furiosos.
—¡Cuánto me alegra veros, amigos! ¿No seréis tan amables de soltarme y olvida lo ocurrido?
Tenalta acercó un par de sillas que estaban a pocos metros y ambos se situaron frente a ella.
—Vaya, parece que no… —expresó con un tono de fingida lástima.
De pronto, la mujer cambió drásticamente su semblante y les lanzó una mirada desafiante.
—Tendréis que hacerlo mucho mejor para intimidarme.
Andrew se inclinó y le ofreció el vaso de agua y la pastilla. La mujer, rápida y decididamente, apartó la cara.
—¡El veneno no te será suficiente! ¡Tendréis que golpearme muy fuerte para hacerme hablar!
Andrew abrió los ojos de par en par y no pudo evitar mirar a Tenalta, quien se encogió de hombros.
«¿Quién diablos era aquella mujer y qué penurias había sufrido para tener una actitud tan paranoica?».
Se giró, estupefacto, hacia su invitada. Se mantuvo expectante para poder darle la pastilla con el agua y, con ojos llenos de inocencia, expresó:
—¿Veneno? Es ibuprofeno para el dolor.
La mercenaria no daba crédito. Eran más idiotas de lo que pensaba. De igual modo, estuvo a punto de aceptarlo, pero los valores adquiridos tras años de intenso entrenamiento se lo impidieron.
—¡No lo quiero!
Franc estaba sentado frente a ella con un odio acérrimo que se había anidado en lo más profundo de su ser. Sacó un pasaporte de su bolsillo trasero y, con gesto enojado, respondió:
—¡Pues no te lo tomes! Es evidente que no eres la tal Nadia Al-Hassan, así que habla: ¿quién cojones eres en realidad? —Miró el pasaporte y, marcando excesivamente el tono, leyó—: Zlata Smirnova.
La formación que había recibido durante toda su vida le impedía facilitar información al enemigo. Sin embargo, evaluó las opciones y concluyó que aquellos idiotas no podían ser catalogados como enemigos. Nada le impedía darles ciertas explicaciones, pero solo cuando ella quisiera.
—Sé que te gusté, profesor. No puedes negar que lo del avión te encantó. Eras como un conejito, y yo te cuidé —pronunció ella, atravesándolo con la mirada, mientras dejaba escapar una frágil risa.