Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 15 LA OTRA YO #4
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15 LA OTRA YO #4

Andrew no supo qué decir. Decenas de preguntas se agolpaban en su confundida mente y las correspondientes respuestas aterraban su espíritu.

—Cierra la boca y dinos quién eres y por qué te has hecho pasar por otra persona.

Totalmente ajena a las preguntas de Tenalta, siguió dirigiéndose a Andrew:

—Sé que tú no eres como él, tú eres buena persona. No estás hecho para esta situación. ¡Libérame! No puedes permitir que ese enajenado me retenga, por favor.

Zlata hizo acopio de las menguadas fuerzas que le restaban y alardeó de sus dotes interpretativas.

—No la escuches, está jugando contigo. ¡Cállate de una puta vez! —gritó Tenalta, levantándose.

Su silla salió despedida un metro hacia atrás por la explosividad del movimiento y lanzó el pasaporte de la mujer al suelo. Se aproximó a la asesina de Juanillo, pero una voz lo frenó en seco.

—¡Para, Franc! —le espetó su amigo y compañero.

Tenalta se giró, estupefacto. No entendía por qué su amigo lo detenía y, peor aún, en su interior dudaba de la ética de todo lo que sucedía a su alrededor.

—Gracias, profesor —comenzaba a decir Zlata, victoriosa y esperanzada, cuando Andrew la interrumpió:

—No me las des tan rápido. Hasta donde sé, no eres más que una asesina. Vamos a averiguar quién eres y después avisaremos a la Policía con lo que has hecho y tu paradero.

Le brotaron las lágrimas al recordar la forma en que Juanillo había muerto, tirado en el suelo como una colilla.

El profesor fue ganando cada vez más confianza a medida que avanzaba en su discurso.

Desprendía un halo de total seguridad. Acto seguido, volvió al punto de partida y se dispuso a abandonar la estancia para que Tenalta continuase con el interrogatorio.

Sin embargo, lo que la mujer expresó a continuación los dejó completamente fuera de lugar.

—Buen discurso, Summons, pero dudo que lo hagáis —hizo una breve pausa—, a no ser que vuestra intención sea que la verdadera Nadia acabe como la basura de vuestro amigo.

Tenalta estuvo a punto de arremeter contra ella cuando Andrew se interpuso.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. Que no os engañe mi estado actual: los que estáis atados de pies y manos sois vosotros.

Si me entregáis a la Policía o, digamos, me ocurre algo…

—Miró desafiante a Franc para acto seguido, dirigirse de nuevo a Andrew— vosotros y vuestros seres queridos desapareceréis.

Además, estoy segura de que a estas horas, todo rastro de lo que le sucedió a vuestro amigo habrá sido borrado.

Mi tío Vartan, a quien tú muy bien conoces, se habrá encargado de ello.

Aquello atravesó a Andrew como un puñal. Un abrasador calor recorrió todo su cuerpo, sus pupilas se dilataron y las palabras salieron como balas desde un furioso cañón.

—¡Mientes! —gritó Summons, pero aquello no hizo sino divertir más a mujer.

—Oh, profesor. Te he contado muchas mentiras, pero esta no es una de ellas. —Se le escapó aquella risa juguetona que a Andrew le había gustado tanto en otra ocasión y le sobrevino la tos—. Ahora me tomaría ese analgésico encantada… —susurró con sarcasmo.

Su sonrisa, aquella fría mirada, y su perversa belleza le conferían un semblante diabólico. El profesor no daba crédito, permanecía absorto, hasta que una palmada en el hombro lo sacó de aquel estado de confusión.

Tenalta, que llevaba largo rato en silencio, le hizo un gesto para que lo acompañase fuera de la estancia. Antes de marcharse, Andrew recogió el vaso de agua que había dejado en el suelo y aplastó la pastilla con rabia.

—¡Se pasó tu oportunidad! —le reprochó.

Ambos amigos se encontraban ya fuera de la habitación. Tenían a una asesina trastornada maniatada y encerrada. Los dos se sentían atrapados en un callejón sin salida.

—¿Crees de verás, Franc, que ella es la sobrina de Vartan? ¿Y a qué se refería con que no habría rastro de lo que le pasó a Juan? ¡Joder! No sé qué debemos hacer.

Gotas de sudor recorrían sin descanso la frente del arqueólogo, y sus ojos, completamente rojos y húmedos, pedían a gritos descanso. La mirada de Franc se perdió unos instantes en el infinito.

—Habrán hecho desaparecer el cadáver de Juanillo y todo rastro del delito. Esos tíos son profesionales. En cuanto a su identidad, no sé si se trata de la sobrina de Vartan Arakel, pero, si es así, debemos sacar partido de ello.

—¿Qué quieres decir?

—Por lo que ha dicho, la verdadera Nadia está secuestrada y la única opción que tenemos de encontrarla está ahí dentro. Somos lo menos parecido a héroes que hay en este puto mundo, pero si podemos ayudar a esa muchacha, opino que debemos hacerlo. Me temo que somos su única esperanza de vida…

—¿Y cómo se supone que vamos a hacerlo?

—Sacando partido de lo que tenemos en nuestro poder… y que Vartan quiere —respondió Tenalta, mirando a la tal Zlata a través del ventanuco de la puerta.

Al otro lado, aquella mercenaria adiestrada para matar y preparada para el engaño no podía imaginar que dos hombres corrientes se convertirían en un enemigo capaz de destruir todo por lo que ella había luchado.