Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 15 LA OTRA YO #2
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15 LA OTRA YO #2

A muchos kilómetros de distancia, la interlocutora de ojos negros colgó y bloqueó el teléfono móvil con rapidez cuando un ruido a su espalda la alertó.

Se giró instintivamente, y un leve escalofrío le recorrió el cuerpo al pensar que su acompañante podría haber descubierto lo que allí acontecía.

Nada más lejos de la realidad, el profesor Andrew Summons irrumpió en la estancia a la vez que se quejaba de ciertos alumnos matriculados en sus clases.

A la mujer se le antojó alguien que vuelve de una batalla, sabiendo que ha perdido la lucha.

Mientras tanto, lejos del despacho del profesor Summons la verdadera cautiva Nadia Al-Hassan rompió a llorar. El mero hecho de que aquella terrorífica mujer no hubiese ocultado su rostro le hizo pensar que nunca saldría viva de aquella lúgubre habitación.

***

27 de mayo de 2027 a las 11:10 horas.

Reservado para peleadores. Polígono Ibarra, Bilbao. España.

Mercenaria.

Tras rememorar el día en que estuvo en el despacho del profesor Summons, la mercenaria abrió los ojos muy despacio.

La luz provocó que sus pupilas se dilataran por completo y cada uno de los poros de su piel pareció deleitarse con una sutil corriente de aire proveniente del exterior.

Volvió a cerrarlos, resignada y agotada, mientras su mente la devolvía a su situación actual: el golpe seco de Franc Tenalta la había dejado completamente fuera de combate.

Maniatada y dolorida, podía reflexionar sobre innumerables asuntos; sin embargo, su cerebro la condujo al plan que su tío había urdido para que suplantara a Nadia Al-Hassan en la Universidad de Harvard. Tal era el alcance de su poder…

***

19 de abril de 2027 a las 10:30 horas .

Despacho el rector Winters. Universidad de Harvard, Massachusetts.

Rector Winters.

A la mañana siguiente del secuestro de la célebre arqueóloga Nadia Al-Hassan, el rector Winters se encontraba revisando unos informes en la penumbra de su despacho.

La puerta se abrió sin previo aviso y dos hombres entraron con paso firme. Winters se levantó de golpe, alzando la voz:

—¿Quiénes son ustedes y qué hacen en mi despacho?

La secretaria irrumpió tras ellos, visiblemente alterada.

—Lo siento, rector. Les he insistido en que se encontraba ocupado y en que debían concertar una cita —dijo entrecortada.

El mayor de los dos hombres, alto, de porte distinguido y con un rostro que transmitía una calma inquietante, se giró hacia Winters con una leve sonrisa que helaba más que tranquilizaba. Su cortesía resultaba más amenazante que cualquier arma.

—Es primordial que nos atienda, rector. Créame, es lo mejor para usted.

Winters alzó una mano hacia su secretaria.

—No se preocupe, Linda, atenderé a los caballeros.

La mujer titubeó, pero asintió. En ese instante, el más joven, de unos treinta y tantos años, rubio, con el cabello recogido en una coleta, una cicatriz bajo el ojo izquierdo y vestido con ropa oscura y elegante, se inclinó ligeramente hacia ella.

Su mirada era glacial; su acento extraño y quebrado.

—Señorita, más le vale no avisar a seguridad.

El odio en sus ojos la atravesó como un cuchillo invisible.

La secretaria salió, cerrando la puerta con las manos temblorosas y el terror en su rostro.

Quedaron los tres en silencio. Winters, todavía incrédulo, los observaba de arriba abajo mientras ellos tomaban asiento como si aquel despacho les perteneciera.

El hombre mayor recorrió con la mirada las estanterías repletas de libros, el solemne mobiliario que reflejaba años de dedicación académica.

El aire de la estancia rezumaba calma y serenidad.

—Un despacho impresionante. Digno de un hombre de gran influencia.

Winters lo interrumpió de malas formas.

—¡Basta de halagos! ¡Quiero saber por qué están aquí! Soy un hombre muy ocupado y no tengo tiempo…

—¡Silencio, escoria! —cortó el joven con brutalidad.

La sangre del rector se heló en las venas. Hacía años que vivía rodeado de adulaciones, instalado en un estatus de impunidad alimentado por su cargo. Nadie se había atrevido jamás a hablarle de aquella manera, pero aquel insulto lo devolvió a una vulnerabilidad ya olvidada.

La sonrisa del visitante se borró de inmediato, reemplazada por una máscara de seriedad.

—Preste atención, porque mucho me temo que su experta Nadia Al-Hassan ha tenido un pequeño percance durante sus vacaciones.

—¿De qué demonios está hablando? —replicó, desconcertado.

El hombre mayor retomó la palabra sereno, pero implacable:

—Me consta que la doctora Nadia Al-Hassan es una de las mejores expertas en su campo de todo el país. Lo que le propongo es lo siguiente: le voy a proporcionar otra «Nadia Al-Hassan».

Aquel hombre remarcó el nombre y apellidos de la experta, dotándolos de un misterioso significado.

—Nosotros nos encargaremos de todo lo relacionado con su experta y usted únicamente deberá tener a «la nuestra» protegida de cara a la galería.

Evitará que imparta clases, haga tutorías o entre en contacto estrecho con terceras personas internas o externas a la universidad.

De ese modo, mantendrá nuestra labor en las sombras y nosotros, llegado el momento, desapareceremos sin dejar rastro.

Cuando todo finalice, le devolveremos a su doctora sana y salva.

E incluso obtendrá un obsequio por las molestias .

Winters arqueó las cejas incrédulo.

—Esto debe tratarse de una broma de mal gusto. ¿Que alguien se haga pasar por una de mis mejores profesionales? ¡Esto es de locos! Van a salir ahora mismo de aquí o…

El joven de la coleta dejó caer sobre la mesa el maletín que traía consigo. El golpe seco retumbó en la estancia con fuerza. Cesó la palabrería del condescendiente rector.

—¿Creen que con dinero van a sobornarme?

—Escuche atentamente —interrumpió el mayor, inclinándose hacia él—. En este maletín están sus ansias por querer ayudarnos. Lo que ocurre es que usted aún no es consciente.

El rector lo miró, incrédulo.

—Muéstraselo —ordenó con calma, y la mirada fija en su presa.

El joven abrió el maletín y dejó caer una fotografía sobre la mesa.

Winters la tomó con manos temblorosas. Lo que vio le arrancó un gruñido de odio y repulsión.

En la imagen, se apreciaba una habitación poco iluminada. El mobiliario moderno y una lámpara en cada mesilla sugerían que se trataba de una habitación de hotel. Sobre la cama, una mujer de veintidós años aparecía entregada a un frenesí de lujuria.

En una postura cuadrúpeda, tenía el pecho ligeramente más inclinado que el trasero y le caía la melena rubia en cascada por su lado izquierdo.

Sus senos emergían por la parte superior de un sujetador rojo de encaje, que quedaba abrazado cariñosamente por debajo de aquellas tersas mamas.

Se podía apreciar un pequeño trébol tatuado sobre el pezón izquierdo, mientras la radiante mujercita sonreía con una expresión pícara, cómplice y desinhibida.

Tras ella, un hombre de unos treinta y pico años, rubio, con coleta y una cicatriz debajo del ojo izquierdo agarraba firmemente y con violencia el pecho derecho de la joven mientras ambos mantenían una postura sexual salvaje y atrevida.

Aquel malnacido mantenía un rostro marcado por la diversión y la crueldad.

El rector pudo intuir que su diversión no procedía solo del sexo, sino también de lo que conseguiría mediante aquella dantesca fotografía.

Winters jamás padeció un ultraje semejante. Unas náuseas atroces le removieron completamente el estómago. Aquel hombre de la fotografía era el mismo que, en ese mismo instante, permanecía al otro lado de su escritorio. Se encontraba en su despacho, en su sanctasanctórum.

Furibundo, con ganas de lanzarse sobre aquel malnacido, alzó la mirada. Pero los dos hombres lo miraban con gran superioridad, cargada por una mezquindad sin límites. Mostraba el semblante propio de quien observa la muerte desde la protección de la distancia.

El de mayor edad habló entonces, con la misma calma serpenteante que lo caracterizaba:

—Estas imágenes provienen de un vídeo. Un vídeo en el que su hija parece pasarlo muy bien, pero sin medir las posibles consecuencias. Qué trágico que la juventud no permita valorar los riesgos de determinados actos, ¿no le parece?

Winters apretó los puños, impotente.

—La incorporación de su nueva experta es inminente. Le sugiero que tenga todo listo y que sea de lo más cortés con ella. A menos que quiera ver a la ilustrísima Universidad de Harvard empapelada con estas imágenes, siga nuestras indicaciones.

Aquello resonó en el despacho como una sentencia. Winters no produjo el más leve sonido. No hacía falta. Ellos conocían la respuesta de antemano.

Los dos desconocidos se levantaron y se dirigieron a la puerta con calma imperial mas, antes de abandonar el lugar, el joven lanzó una última mirada desafiante.

Cuando la puerta se cerró, el rector de Harvard, el hombre de hierro, se derrumbó sobre su mesa derrotado y sollozó como un niño.

Fue entonces cuando su visión, enturbiada por las lágrimas, se posó en una tarjeta que descansaba encima de la mesa.

En ella, un número de teléfono y las palabras: V. Arakel.

***

27 de mayo de 2027 a las 11:25 horas.

Reservado para peleadores. Polígono Ibarra, Bilbao. España.

Mercenaria.

Se consideraba una profesional, una guerrera, una soldado.

Nunca había cuestionado una orden. Y, aun así, fue incapaz de controlar sus sentimientos.

Quizá se debía a su estado actual de agotamiento, dolor y derrota, pero una mínima parte de su conciencia se atrevió a poner en duda la ética y la moral tras el secuestro de la doctora Al-Hassan.

No obstante, estaba orgullosa del duro trabajo que había requerido suplantar a aquella maldita experta en cultura mesopotámica.

Cuando recibió las instrucciones para hacerse pasar por la doctora, tuvo la impresión de que ni el propio Vartan tenía muy claro el objetivo. Al menos, esa fue la impresión que tuvo ella en un principio…