Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 15 LA OTRA YO
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15 LA OTRA YO

«La verdad se eleva por encima de todo,

como el aceite sobre el agua».

Reservad. Polígono Industrial Ibarra, Bilbao. España.

Mercenaria.

A la supuesta doctora le dolía tanto el rostro que apenas era capaz de abrir los ojos. Por si eso fuera poco, la boca le sabía a sangre y el fuerte olor a humedad y polvo le provocaba náuseas.

Llevó a cabo un reconocimiento del entorno antes de volver a cerrar los ojos y pudo llegar a una conclusión: ya había estado previamente en aquel lugar, tras la pelea de Tenalta. «Estoy en donde curaron a ese cabrón. ¡Dermó!», pensó con dificultad.

La cabeza le retumbaba y el dolor era de tal magnitud que, desde luego, podría haber sido causado por un autobús.

Se encontraba sentada, con las manos atadas con bridas, entre su espalda y la pared.

Debía llevar en aquella posición demasiado rato, pues el dolor de espalda comenzaba a ser inaguantable.

En cuanto a sus muñecas, más que dolor era un escozor constante, infligido por aquella maldita atadura de rígido plástico.

Le había costado demasiado recuperar el conocimiento.

Durante el largo tiempo que había permanecido inconsciente, una cantidad ingente de pretéritas imágenes habían golpeado su aturdida mente, como las olas del mar azotan la costa.

Uno de aquellos recuerdos la transportó directamente a una misión en Siria, en Oriente Medio.

***

5 de marzo de 2022 a las 16:23 horas.

Zona de Raqqa, Siria.

Mercenaria.

A lo largo de su vida la había educado y preparado para llevar a cabo diferentes tipo de misiones, sin importar el riesgo que entrañasen.

La habían adiestrado los mejores para convertirla en una especialista en la consecución de objetivos de toda índole, sin importar su naturaleza.

Aprendió a sacar ventaja de sus atributos femeninos al mismo tiempo que empleaba sus destrezas y habilidades en las diversas misiones que le eran encomendadas.

En aquella ocasión, las órdenes emanaban de su mismísimo tío y el objetivo era completamente diferente a lo que ella acostumbraba.

Había pasado varios meses infiltrada en una excavación dirigida por el reputado arqueólogo Stephen Plunder.

Debía hacerse pasar por una mujer siria encargada de tareas propias de la mano de obra local.

Su objetivo era claro y doble: mantener informado a su tío de los avances del profesor Plunder y estudiar a su ayudante más directa, la doctora Nadia Al-Hassan.

Debía aprender e interiorizar todo lo posible sobre aquella mujer para llevar a cabo su siguiente trabajo, sobre el cual —según palabras de su tío— sería adecuadamente informada cuando llegase el momento.

El hiyab y la abaya le brindaban la capacidad de no levantar sospechas, a la vez que le permitían portar diferentes artilugios y armas ocultas.

Además, el rol de mujer local, discreta y de perfil bajo, era perfecto para poder aproximarse tanto a los arqueólogos como a sus hallazgos sin ser detectada.

Aquel día, un grupo de milicianos había tomado la zona próxima a la excavación, de Raqqa, y fue la única ocasión en la que verdaderamente temió por el éxito de su misión.

Por suerte, los investigadores se preparaban para evacuar en una camioneta cuando varios hombres armados con fusiles de asalto AK-47 rodearon el vehículo.

Ella, junto a dos mujeres sirias, logró ser evacuada con los arqueólogos.

Cuando se encontraba en la camioneta, a punto de huir de la zona, sus ojos, carentes de tristeza, observaron que la arqueóloga portaba una caja cuyo contenido no tuvo opción de contemplar. También fue testigo directo del nacimiento del romance entre Stephen Plunder y Nadia Al-Hassan.

Afortunadamente, una explosión cercana obligó a los milicianos a alejarse apresuradamente del vehículo, lo que permitió a la camioneta poner rumbo a una zona segura.

Aquel día no sería el último para los arqueólogos, las mujeres sirias de mirada triste, ni para la mercenaria que viajaba oculta entre ellos.

Horas más tarde, tuvo conocimiento de que la explosión había sido provocada deliberadamente por los hombres encargados de su seguridad. Hombres que estaban bajo el mando de su ángel de la guarda y hermano, Yaroslav Smirnov.

Repentinamente, la mujer abrió los ojos de nuevo y registró la habitación visualmente.

Llevaba tanto tiempo en aquella dichosa postura que sus piernas tardaron más de lo normal en obedecer las órdenes de su cerebro.

Era consciente de que no iba a poder librarse de sus ataduras, pero aun así forcejeó para liberar sus manos.

Fue en vano y no le quedó más opción que maldecir y cerrar de nuevo los ojos.

Su mente volvió a arrastrarla a momentos pasados, uno de los cuales la transportó directamente al apartamento del enigmático profesor universitario, Andrew Summons.

***

27 de abril de 2027 a las 10:45 horas.

Lugar desconocido.

Mercenaria y mujer desconocida.

La cautiva observó a su captor con detenimiento. Era evidente que no tenía ni una pizca de tacto, o que quizá se metía de lleno en el papel de carcelero desalmado. Desde luego aquel individuo no necesitaba forzar su actitud; para entonces, ya llevaba días aterrada.

Él se acercó con pasos pesados hacia la mesilla y la movió sin esfuerzo.

Al mover el mueble, las patas produjeron un chirrido que a la agotada erudita se le antojó estridente, antes de acabar con un golpe seco.

Acto seguido, puso una tablet encima del mueble, se mantuvo a la espera y, unos momentos más tarde, la rehén observó una video llamada entrante.

El hombre se quedó a su lado, con los brazos cruzados.

—Prepárate, tienes trabajo. ¡Acepta la llamada! —ordenó con voz grave su captor.

La doctora, dubitativa y temblorosa, pulsó la pantalla y aceptó la conversación entrante.

Al otro lado se hallaba una mujer en un despacho desconocido.

Joven y morena, con unos ojos negros como la noche y una mirada afilada como un cuchillo.

Se dirigió a ella con un tono calmado, pero ocultando a su vez una actitud tensa.

A su izquierda, se apreciaba un pequeño cuadro con una fotografía bastante antigua: en ella, dos chicos jóvenes en bañador y sin camiseta posaban frente a un lago en lo que parecía una calurosa tarde de verano.

La desconocida del despacho, al otro lado de la pantalla, comenzó a hablar. Su tono era como un afilado cuchillo deslizándose por la garganta de la desvalida doctora: lento, inexorable y persistente.

—Escúcheme muy atentamente, tendrá que hacer gala de sus mejores dotes en la enseñanza. Su vida depende de lo bien que lo haga en la próxima hora y media, doctora… Debe indicarme todo lo que sepa sobre estos documentos. Como podrá comprobar, son las investigaciones de su colega Plunder.

La voz de aquella misteriosa persona era un susurro y la cautiva muchacha no tardó en percatarse de que su interlocutora trataba de mantener todo aquello en secreto.

La rehén no era otra que la auténtica experta en culturas mesopotámicas, Nadia Al-Hassan, quien había sido secuestrada mientras disfrutaba de unos días de descanso.

Aquella que se hallaba al otro lado del aparato enfocó los documentos que tenía en su poder y Nadia reconoció aquel material de inmediato.

Había invertido demasiadas horas analizándolo junto a su estimado compañero Stephen Plunder.

Con voz temblorosa, la doctora comenzó a exponerle todo lo que sabía sobre las imágenes y los documentos que alcanzaba a distinguir.

Le explicó que se trataba de tablillas rescatadas en una excavación en la zona de Raqqa, en Siria, y que no habían sido catalogadas oficialmente por ninguna entidad académica.

También aclaró que no se trataba de un simple inventario ni de una crónica de templo alguno.

A pesar del miedo, continuó aportando todos los conocimientos que su colega Plunder y ella habían deducido de la investigación que habían llevado a cabo.

—Me consta que usted conocía muy bien al doctor Plunder. ¿Es así?

—Así es .

—Bien. Entonces espero que pueda aclararme estas indicaciones de su querido doctor: “La hallarás en mi segundo hogar, en mi pedacito de Edén en la Tierra, oculta bajo la piedra marcada por la primera gota”.

Los segundos entre pregunta y respuesta se le antojaron eones.

Por suerte, la doctora advirtió al instante que, si Stephen había dejado aquel mensaje en esos misteriosos términos, no iba dirigido a sus captores.

Se obligó a mantener el gesto impasible y hacer acopio de todas sus fuerzas para no sucumbir.

—Stephen nunca me habló de ningún segundo hogar. Nuestras conversaciones solían centrarse en asuntos bastante más… antiguos. Y en cuanto al Edén, no sabría decir a qué podía referirse.

Nunca una mentira le había salido con tanta naturalidad. Aun así, Nadia percibió la tensión en aquellos ojos negros al otro lado de la pantalla, que la examinaban con fría insistencia.

—Está bien, pero dele unas vueltas. Necesitamos saber qué quería decir con eso.

Si lograba descifrar el sentido de aquellas palabras, ni Summons ni la doctora Al-Hassan tendrían ya utilidad alguna para ella, y aquella agotadora farsa dejaría de ser necesaria.

Por otro lado, la doctora fue muy consciente de que acababa de sacrificar su libertad a cambio de proteger la voluntad de su antiguo compañero.

La lección se prolongó bastante más de lo previsto y la misteriosa mujer tomó nota de cada explicación, de cada detalle, hasta que algo —o alguien— ajeno a la conversación provocó que la llamada se interrumpiera de forma repentina.