Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 14 MENTIRAS #3
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14 MENTIRAS #3

Por suerte para Franc, su adversario centró sus esfuerzos en tratar de mantener el equilibrio y no caer por su propio peso.

Tenalta situó su mano derecha en el hombro izquierdo del enemigo y lo mantuvo en esa posición con firmeza, mientras su mano derecha, no dejaba de impactar en la cara del gigante una y otra y otra vez, como un martillo que trata de doblegar al yunque.

El cerebro del guardaespaldas, preso del golpeteo repetitivo de aquellos puños rocosos, se desconectó súbitamente y cayó inconsciente cual gigante derribado.

Aquel matón quedó con la espalda contra la pared y los ojos en blanco.

Mientras aquel concierto de golpes estaba en su apogeo, Nadia retrocedió un paso.

Tuvo una expresión desencajada durante apenas un segundo, antes de recuperar su calma glacial.

Con un movimiento rápido, sacó de su cinturón un cuchillo pequeño y curvado que relucía bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Avanzó como una sombra y, antes de que Franc lograra girarse, el filo ya le había abierto una línea roja sobre la espalda.

Aquella mujer alzó la voz con los ojos abiertos y las pupilas contraídas, otorgándole un rostro totalmente ajeno a toda lástima, a toda empatía. Un rostro enajenado, maligno y movido por la furia.

—¡Aquí se acaba tu camino, héroe!

Franc soltó un gruñido ronco, girándose con un dolor que parecía despertar algo aún más profundo.

Andrew, en cambio, estaba paralizado. Su cuerpo no obedecía a su mente; solo veía sangre, movimiento y el brillo de la hoja.

Y entonces, en medio de aquel caos, su mirada tropezó con un objeto absurdo: la pequeña campana de recepción, redonda y brillante sobre el mostrador.

Sin pensar, la agarró. No había en su gesto valentía, sino puro pánico.

Se abalanzó hacia delante con un movimiento torpe y, en una mezcla de reflejo y desesperación, descargó un golpe con la campanilla contra la sien de Nadia.

¡Clang! El sonido fue tan ridículo como contundente.

Nadia soltó un grito agudo, más de sorpresa que de dolor, llevándose la mano al lado de la cabeza. La campana cayó al suelo rodando, dejando un eco metálico que se desvaneció entre los muros.

Por un instante, Andrew creyó que había funcionado. Pero el destello en los ojos de Nadia lo desmintió. Su mirada se volvió feroz, casi animal. El cuchillo volvió a estar preparado y listo para embestir, pero esta vez dirigido hacia él.

—Vas a lamentar eso, profesor… —susurró con la voz grave y cargada de rabia contenida.

Andrew retrocedió un paso, luego otro, tropezando con el borde del mostrador.

Podía sentir el corazón latiendo en su garganta y el sudor recorriéndole la espalda.

Algo en los más profundo de su ser le indicaba que estaba a punto de caerse y sus manos temblaban con movimientos espasmódicos, descoordinados como el aleteo de una mosca.

Y en ese mismo instante, antes de que la hoja pudiera alcanzar su objetivo, una figura se interpuso con la fuerza de un rayo.

Franc, aun sangrando, irrumpió entre ambos y descargó un derechazo seco, limpio, que impactó de lleno en el rostro de Nadia.

El golpe resonó en el vestíbulo como un trueno.

La mujer giró sobre sí misma y el cuchillo voló de su mano justo antes de que su cuerpo cayera al suelo, pesado, sin resistencia, apagado.

El silencio posterior fue absoluto. Únicamente se escuchaba el jadeo entrecortado de Franc y el tambaleo torpe de Andrew.

—Profesor… —dijo Tenalta, imitando el tono de Nadia—. La próxima vez deja el arma secreta para el museo, ¿vale?

Andrew había visto a la campanilla rodar hasta detenerse junto a los pies de la doctora. Tragó saliva, aturdido y forzó una sonrisa nerviosa.

—Funcionó hasta que dejó de funcionar… —murmuró, con la voz quebrada y un hilo de ironía.

Franc soltó una carcajada breve, más cansada que alegre, y apoyó la mano ensangrentada sobre el hombro del profesor.

—A veces, Summons, la suerte también necesita refuerzos.

La campana tintineó una última vez, como si aceptase aquella conclusión antes de quedar muda en el suelo.

Franc comprobó la salida: no había rastro del recepcionista.

Los amigos salieron del edificio; caminaban uno a cada lado de la muchacha, que parecía estar bajo el efecto de algún narcótico.

Cuando se alejaban, observaron al recepcionista a unos cien metros, hablando por el teléfono móvil y gesticulando exageradamente.

Sin duda, estaba al teléfono con la Policía.

Desde la dirección opuesta, el sonido de las sirenas aún lejanas iban adquiriendo cada vez más fuerza; las fuerzas del orden se acercaban demasiado rápido.

Llegaron al vehículo de Franc e introdujeron a Nadia en él.

Le habían atado las manos con un cinturón.

Tenalta le había golpeado con tal fuerza que la mujer apenas podía abrir los ojos y mucho menos la boca.

No obstante, y como Franc comentaría más tarde, aquella mujer sabía pelear: tenía una buena guardia y estaba acostumbrada a recibir golpes; de otro modo, no habría resistido tan entera aquel impacto.

Andrew condujo y la pesadilla que tuvo días atrás le atravesó la mente fugaz e implacable.

«¿A caso podía haber significado algo?»

Tenalta se hallaba al lado de la semiinconsciente doctora.

—¿A dónde vamos, Franc? —preguntó Andrew una vez dentro del vehículo.

—A por respuestas, amigo, a por respuestas.

Aquel día, al igual que ocurrió en Grozni hacía demasiado tiempo, el dolor y la sangre unieron dos almas de forma inquebrantable.