14 MENTIRAS #2
Regresaron a la habitación y la puerta se cerró tras ellos.
Andrew se sentó en una de las sillas y siguió llorando, incapaz de parar.
Tenalta se tuvo que apoyar en la pared para no caerse.
No hacía más que preguntarse por qué alguien podía haber acabado con su amigo así, como si su vida no hubiese valido para nada.
—Lo… lo siento, chicos —dijo Nadia visiblemente afectada. Al menos, aquella era la impresión que trataba de proyectar.
—Gracias, Nadia… —dijo Andrew, sin levantar la vista del suelo. Tenalta por su parte, se enderezó y miró a Nadia tan fijamente que tuvo que esquivar sus ojos. Se acercó poco a poco a ella, con la cara llena de lágrimas y un semblante que reflejaba dolor y odio.
—¡Cuéntanoslo otra vez! ¿Qué le ha pasado a mi puto hermano?
La cara de Franc parecía un dragón a punto de escupir fuego.
Un miedo indescriptible crecía en Nadia con cada paso de Tenalta.
Repitió palabra por palabra la misma versión que les había narrado momentos antes.
Andrew se acercó a su amigo y lo frenó, posando su brazo en el musculoso hombro del luchador.
—Franc, bastante duro ha tenido que ser para ella…
Tenalta miró aquella mano con cara de odio para, seguidamente, mirar a su amigo. Estaba fuera de sí y apenas atendía a razones. Luchó con todas sus fuerzas, pero, por suerte, siguió el consejo de Andrew. Este, totalmente devastado, tomó el mando.
—Recoged vuestras cosas, tenemos que irnos.
—¿Y la Policía? En cuanto lo descubran, estaremos perdidos —preguntó Nadia, haciendo alarde de sus dotes interpretativas.
—Ya nos preocuparemos de eso más adelante. ¡Tenemos que salir de aquí ya! —urgió Andrew.
Los tres abandonaron la habitación. Andrew y Nadia salieron primero, a paso ligero.
Cuando Franc salió, no pudo evitar mirar hacia la habitación donde el cuerpo de Juanillo yacía sin vida.
Algo no cuadraba en todo aquello. Demasiadas preguntas trataban de abrirse paso en su mente, de modo que se dirigió decidido hacia la escena del crimen.
Unos pasos por detrás, escuchó la voz de Andrew que lo llamaba en susurros.
Estaba seguro de que el profesor opinaba que volver a donde el cadáver era una completa locura.
No obstante, Summons siguió el camino de su amigo.
Abrió la puerta y la franqueó. Miró a su inseparable compañero y analizó la escena sin dejar de repasar mentalmente la versión de la doctora.
Observó el cuerpo. Imaginó la muerte.
Se percató de unas cuantas gotas de sangre aisladas a la izquierda del cadáver. Nada tenía sentido, hasta que un pensamiento le cruzó la mente. Abrió los ojos de par en par, se agachó rápidamente y cacheó a su amigo, o lo que quedaba de él, sin estar seguro de qué buscaba ni de qué debía encontrar.
Antes de salir de la habitación, se agachó y cerró los ojos a Juanillo, como si aquel gesto pudiera concederle un descanso eterno.
Salió de la habitación como un toro de Lidia que entra en el ruedo y bajó las escaleras de dos en dos.
Accedió a la zona de recepción, donde les esperaba Nadia.
Por suerte, el trabajador aún no había iniciado su turno.
Si sus sospechas eran ciertas, tenía que actuar con decisión y no dejar margen a reacciones imprevistas.
En el hall, la doctora estaba a punto de salir del edificio cuando Franc se aproximó sin pensarlo y le arrebató la mochila.
—¡Eh! —protestó Nadia al instante.
—¿Qué estás haciendo Franc? —le preguntó Andrew, mientras este abría la mochila de la mujer.
Andrew continuó lanzando preguntas atropelladas, intentando descubrir qué es lo que estaba ocurriendo, pero Tenalta, obcecado en su tarea, no emitió un solo sonido.
De pronto, un hecho —que una parte de él se negaba a aceptar— le golpeó como no le había golpeado siquiera Maarten de Vries.
Las sospechas de Franc eran reales: el teléfono móvil y la documentación de Juanillo se encontraban dentro de la mochila de Nadia.
Franc los extrajo con sumo cuidado. Andrew no comprendía nada, y en Tenalta una sensación de calor magmático comenzó a crecer desde lo más profundo de su ser.
Sin embargo, habían estado tan absortos que ninguno se percató de que la doctora ya se había colocado junto a la puerta de salida.
El sonido metálico al cerrarse hizo que los dos amigos se girasen de inmediato.
Allí estaba la doctora, con una mirada fría y calculadora y una enorme sonrisa que demostraba superioridad.
A su lado, un hombre de gran estatura y duras facciones los analizaba de arriba abajo en estado de alerta absoluta.
Su mirada, mayormente dirigida a Tenalta, desprendía una inquietante frialdad.
Su mano derecha, cruzada e introducida en la chaqueta, descansaba sobre lo que, sin lugar a dudas, era una pistola.
Andrew casi se desplomó al caer en la cuenta de que era el hombre que habló con Nadia en el aeropuerto.
Tenalta por su parte, ardía por dentro. Una furia desmedida recorría todo su ser, luchando por salir, aunque por el momento permanecía visiblemente calmado, analizando la situación como un leopardo agazapado y listo para atacar.
—¿Qué es esto, Nadia? ¿Qué está ocurriendo? —cuestionó Andrew, con la voz cargada de dolor y duda.
—Lo que está pasando, Summons, es que tienes muy malas compañías. Mucho me temo que tu amigo va a conseguir que algún día te maten —bromeó ella, amparada en la seguridad que le proporcionaba el hombre armado.
—Andrew, ella le rajó el cuello a Juanillo.
—¿Cómo?
Tenalta fijó su mirada en los oscuros ojos de la asesina, con intención de captar toda su atención.
—Su cadáver estaba orientado hacia la puerta y no había signos de lucha. Quién le rajó era «conocido» y estaba dentro de la habitación. Le quitaste la documentación y el teléfono solo para Dios sabe qué. ¿Me equivoco, asesina de mierda? —preguntó Tenalta con un odio visceral.
Para sorpresa de ambos, Nadia soltó una carcajada grotesca. Parecía encontrar aquella desoladora situación de lo más cómica.
—Vaya, Franc, estás hecho todo un detective. Sabía que tenía que atarte en corto o darías problemas, y así ha sido. Ya basta de hablar. Si por mí fuera, os mataría aquí y ahora, pero, como sabéis, hay planes para vosotros. Al profesor nos lo llevamos, mata al otro.
Nadia comenzó a dar órdenes en ruso cuando, por fortuna del destino, el recepcionista golpeó la puerta desde el exterior.
Como el gorila había echado el pestillo, el trabajador no podía acceder al edificio.
Inconscientemente, el hombre armado y la experta miraron a la puerta y aquello brindó la oportunidad a Tenalta para sacar el monarca que llevaba dentro.
Franc se lanzó con la fuerza de quien no alberga ninguna esperanza y empotró a su contrincante contra la pared.
El choque fue seco, brutal, como dos camiones de gran tonelaje colisionando en mitad del vestíbulo. El ruido del impacto se mezcló con el de la pistola al golpear el suelo. El ruso quedó bloqueado entre su adversario y la pared, en una postura de completo desequilibrio.