14 MENTIRAS
«La vida de los muertos está en la memoria de los vivos».
Hostal Medianoche. Calle de Pérez Galdós, Bilbao. España.
Nadia Al-Hassan.
E l cuerpo sin vida de Juanillo yacía en el suelo, con la cabeza muy próxima a la puerta, como si hubiese muerto protegiendo a quien se encontraba en la triste habitación. Nadia pasó por encima del cadáver con sumo cuidado con no pisar la sangre que aquel desdichado cuerpo había derramado.
Abrió la puerta y pudo contemplar al mismo hombretón que, según su versión, le había pedido tabaco en el aeropuerto de Texas. Ambos se miraron, y el gigante bajó inconscientemente la vista hacia el cadáver.
—¿Piensas ayudarme o quieres que llamemos a la Policía? —preguntó Nadia en un ruso impecable.
Una vez que el hombre entró en la habitación, la doctora se cercioró de que no había nadie en el rellano y cerró la puerta con sumo cuidado. La mujer continuó expresándose en ruso:
—¿Se puede saber por qué cojones has vuelto? La puta vigilancia la tienes que hacer sin ser detectado.
Era evidente que aquella situación la hacía estar tensa; no así al hombre que tenía delante.
—Lo siento, señora, pero al oír ruido pensé que se encontraba en peligro. Ya sabe que la tengo en alta estima, pero su tío fue claro: si le pasa algo a usted, soy hombre muerto.
—¡Cierra el pico y ponte en marcha!
Nadia tomó las llaves de la habitación que compartía con Andrew y, como una profesional, registró el cadáver, haciéndose con la documentación y el teléfono móvil de Juanillo. Acto seguido, activó el modo avión y comenzó a dictar órdenes al gigante como si de una líder innata se tratara.
—¡Deshazte del cuchillo y de las latas de la cama!
Cuando acabes, hazte con todo lo que pueda aportarnos información de valor.
Yo me aseguraré de interceptar a los amigos del muerto.
El profesor no supone ninguna amenaza, pero Tenalta es harina de otro costal.
Trataré de distraerlos y hacer que nos movamos antes de que alguien alerte a la Policía. No podemos permitirnos cometer errores.
—¿No será mejor que me deshaga directamente del cadáver? —preguntó el mercenario con suma tranquilidad.
—No hay tiempo. Cada segundo aquí corremos peligro. Yo me encargaré de desviar la atención de sus amigos. Tú date prisa para que salgamos de aquí en cuanto termines. Una vez tengamos la situación controlada, gestiona un equipo de limpieza para este estropicio.
La mujer controlaba el acceso a la habitación mientras el hombre ejecutaba las tareas que le habían encomendado con absoluta frialdad, como si careciese por completo de la capacidad de sentir.
Sacó unos guantes de látex negro de un bolsillo interior, se hizo con un paño y, de forma metódica, fue eliminando cualquier rastro que pudiera incriminar a Nadia.
Con el paso de los minutos, el mágico y fundamental elixir de la vida iba coagulándose en el suelo, manando un fuerte olor a hierro y óxido que comenzaba a pegarse en el paladar de aquel desalmado.
Cuando el mercenario le indicó que había terminado su tarea, ambos se dispusieron a salir de la estancia.
Nadia, antes de abandonar la habitación, miró al pobre Juanillo y, con irónica lástima, expresó:
—Pobre idiota… No tenías que haber terminado así.
***
27 de mayo de 2027 a las 06:39 horas.
Hostal Medianoche. Calle de Pérez Galdós, Bilbao. España.
Andrew Summons, Nadia Al-Hassan y Franc Tenalta.
Una vez que salieron, sigilosos, ambos se separaron de forma casi ensayada. El hombre desapareció escaleras abajo y Nadia cruzó el umbral de la habitación que compartía con Andrew.
El profesor se encontraba en el baño, con la puerta cerrada.
Su voz le llegó apenas audible a través de la puerta, preguntándole dónde había estado.
Nadia guardó rápidamente la documentación y el teléfono de Juanillo en su pequeña mochila.
Haciendo acopio de todas sus habilidades interpretativas, la doctora adoptó un semblante de total preocupación, moduló su voz hasta teñirla de completo terror y llevó a cabo una actuación de lo más creíble y profesional.
—¡Andrew! ¡Socorro, Andrew! —gritó.
El profesor salió del baño lo más rápido que pudo, con el corazón en un puño.
—¡¿Qué ocurre, Nadia?!
La doctora estaba actuando de forma magistral, tanto que incluso brotaron algunas lágrimas de sus ojos rojos, otorgándole un aura de dolor desgarrador y profunda tristeza.
—¡Es Juanillo, Juanillo! —balbuceó antes de dejarse caer de rodillas, simulando un llanto desconsolado.
Andrew corrió hacia ella, la rodeó con los brazos y, tras pedirle que se tranquilizara, volvió a preguntar, esta vez dirigiendo la atención en su amigo.
—¿Qué ocurre, Nadia, qué le ocurre a Juanillo?
Ella apoyó el rostro en el hombro del profesor y, rememorando dolorosas escenas de una vida tan lejana que parecía propia de otra mujer, continuó llorando con más intensidad. Cuando logró contener un poco las lágrimas, alzó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de él.
—Estaba dormida en la habitación de Franc y Juanillo cuando golpearon a la puerta.
Abrí y era Juan, completamente borracho.
—La muchacha hundió su rostro entre las manos, más para concentrarse en su rol que por tristeza—.
Mientras le explicaba por qué estaba en su habitación, surgió de la nada uno de esos cerdos con el tatuaje bajo el ojo; los mismos que nos persiguieron y dispararon. Le rebanó el cuello.
Su voz se quebró, transmitiendo un dolor imposible de contener, aunque ese dolor nada tenía que ver con la muerte de Juan Molina Palacios.
—¿Cómo dices? —cuestionó Andrew, completamente fuera de sí—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Juanillo? ¿Y qué hacías en la habitación de Franc? — preguntó, dejando a Juanillo fuera de la ecuación.
En su fuero interno, la mujer no podía salir de su asombro.
Acababa de contarle que habían matado a su amigo y, sin embargo, estaba casi segura de que a aquel idiota le preocupaba más que ella hubiese pasado la noche en la habitación del fortachón.
Al fin y al cabo, los hombres podían ser terriblemente simples.
—Creí que tuve una oportunidad con tu amigo, pero tranquilo, te es muy fiel…
Aquello calmó, al menos en parte, el corazón de Andrew.
—Andrew, ¡ tenemos que irnos ya! ¡Estoy segura de que esos asesinos van a volver!
Se puso en pie de un salto y él la imitó. Nadia comenzó a empacar los pocos enseres que tenía. Andrew, decidido, se dirigió a la puerta. Ella se giró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué haces, a dónde vas?
—¡No podemos irnos! ¡Tenemos que comprobar cómo se encuentra!
—¿Es que te has vuelto loco? —dijo Nadia cuando Franc entró en la habitación.
—¿Interrumpo algo? La puerta estaba abierta, pero si queréis me marcho —preguntó Franc, ruborizado, girándose con intención de salir de nuevo. En ese preciso momento, Andrew lo detuvo.
—¡Menos mal que has venido! Es Juanillo…
Franc cambió totalmente de semblante y abrió los ojos de par en par. Algo en su interior le hizo temerse lo peor.
—¿Juanillo? ¿Qué pasa con Juanillo?
Andrew, visiblemente alterado, no tenía la menor idea de cómo podía comenzar la explicación.
Miró a Nadia con intención de encontrar una pizca de apoyo, pero ella no emitió ni un mínimo sonido.
Al ser testigo de la ausencia de respuesta alguna por parte de la doctora, miró a su amigo y las lágrimas comenzaron a brotar.
—Andrew, ¿qué ocurre? —preguntó Tenalta con cada vez más preocupación en el rostro.
—Es Juanillo… Nadia dice… esto… —intentaba explicarse cuando la doctora lo interrumpió.
—¡Ellos lo han matado, Franc! Los del tatuaje. Vinieron a vuestra habitación y le rajaron el cuello delante de mí. ¡Tenemos que marcharnos ya!
Franc abrió los ojos de par en par. Su rostro se endureció mientras clavaba la mirada en Andrew. Antes de que el profesor y la doctora pudieran siquiera responder, salió de la habitación apresuradamente y se dirigió a su habitación. Andrew lo siguió sin pensarlo .
Franc extrajo su copia de la llave del bolsillo y abrió la puerta, pero tras un determinado ángulo de apertura, esta golpeó contra algo. Ambos cruzaron el umbral.
Franc no podía creer lo que veía.
El Juanillo, su amigo, su hermano, estaba tirado encima de un charco de sangre con el cuello rebanado de lado a lado.
Tenalta se quebró. Comenzó a sollozar como un niño pequeño mientras se agachaba para presentar sus respetos al cadáver que allí se encontraba tirado.
Andrew, al verlo, sintió un golpe psicológico tan fuerte que por poco se desploma.
Le costó varios segundos recomponerse lo suficiente como para acercarse y situarse al lado de Tenalta.
Sin poder parar de llorar, posó su mano en el hombro del luchador.
Este, tras largo rato de llanto, se limpió la cara con el dorso de la mano y miró a su alrededor, reparando en diferentes puntos de la estancia.
—Franc, tenemos que irnos antes de que venga la Policía —le urgió su compañero.
Tenalta lo miró desolado. Andrew nunca había visto a su camarada tan hecho polvo. Lo vio más claro que nunca: Francisco Tenalta, el guerrero de acero que podía quebrar el espíritu de mil hombres a golpes, ahora lo necesitaba más que nunca. Andrew se agachó y lo abrazó.
—¡Te juro que vamos a vengarlo! A esos hijos de puta les haremos pagar esto. Y cuando los tengas delante, no te impediré hacer lo que tú corazón dicte. —Tenalta lo miraba con los ojos inyectados en sangre y repletos de lágrimas—. Pero ahora tenemos que irnos, o habrá muerto en vano.
Franc miró una vez más a su amigo Juanillo, lo besó en la frente y salió de la habitación. Andrew se despidió también de él y aquella sería la última vez que los tres amigos compartirían un mismo lugar.