Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 13 ROJO Y BLANCO #4
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13 ROJO Y BLANCO #4

Los finos tirantes dejaban al descubierto sus hombros y parte de la espalda de aquella bella mujer, y en el escote, un fino encaje realzaba la silueta de los tersos pechos que se ocultaban en su interior.

Aquel hombre tardó apenas un segundo en comprender que Nadia había dejado atrás la ropa de cama para llevar a cabo una incursión en plena madrugada.

La doctora tenía una cerveza en cada mano y esbozaba la sonrisa más cálida que tenía en su arsenal. Franc se quedó unos segundos contemplándola en silencio.

—¿Qué, fortachón, vas a tenerme aquí toda la noche o me dejas entrar? —preguntó, modulando su voz en un tono muy sensual, muy sugerente.

Al luchador se le escapó una sonrisa. Aquello fue suficiente: la muchacha se movió con la rapidez y agilidad propias de los ratones y se introdujo en la estancia sin darle tiempo siquiera a contestar.

Desde que lo observó en aquella clandestina contienda, había fantaseado con lo que sería domar a aquella «bestia» que, irremediablemente, tenía delante.

Cuando su «otra yo» se proponía algo, nada ni nadie podía impedir que lo consiguiera.

Y en ese momento, su único objetivo era domar a aquel hombretón.

Él cerró la puerta y, al girarse, con la velocidad que tarda un áspid en atacar, Nadia ya había echado las cervezas encima de la cama y había unido sus labios con los suyos.

Tenalta no pudo hacer otra cosa que seguirle el juego, así que cerró los ojos automáticamente, la agarró de los glúteos, duros como una roca, y la alzó como si se tratase de una muñeca.

Tras unos momentos sobre él, no tenía claro si era Nadia o su «otra yo» quien estaba gozando mientras subía y bajaba sobre el férreo miembro de aquel coloso.

No obstante, carecía de toda importancia, pues con total seguridad ambas disfrutarían por igual.

Sin embargo, antes de que Nadia pudiese siquiera caer en la cuenta, Franc la bajó al suelo con suma delicadeza y, aunque a duras penas, consiguió separarse de la mujer.

—No puedo hacer esto. Es decir, no puedo hacerle esto a Andrew. Desconozco qué tipo de relación tenéis o habéis tenido, Nadia, pero sí sé muy bien cómo es la amistad que me une a Summons…

Franc se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de entrada, dolorido y erecto, pero en paz consigo mismo.

Por su parte, la doctora pasó de la pasión más ferviente a la furia más primitiva en cuestión de milésimas de segundo. Con todo, a lo largo de su vida le habían enseñado a controlar sus emociones y, desde luego, aquello no quedaría así.

—Has desperdiciado una oportunidad de oro, Tenalta, no creas que esto va a quedar así.

Franc se giró sobre sus pasos y, al contemplar los negros ojos de Nadia, pudo captar el odio y la furia que aquellas oscuras perlas desprendían.

Aquella mujer, sin duda, era mucho más peligrosa de lo que parecía.

Cogió sus llaves, cartera y teléfono móvil y se dispuso a abandonar la estancia, no sin antes expresar, con el mayor respeto posible:

—Puede quedarse en la habitación. Avisaré a Juan y pasaremos la noche fuera, así podrá descansar, doctora…

Cuando se cerró la puerta tras de sí, Tenalta estaba satisfecho, había guardado lealtad a su amigo y su intuición funcionaba como siempre.

Algo llamó entonces su atención y dirigió su mirada hacia el descansillo previo a las escaleras que conducían al piso superior.

No pudo evitar la sensación de que alguien lo observaba.

Tras unos instantes debatiéndose consigo mismo, finalmente desistió de ir a comprobarlo.

Se dirigió escaleras abajo para dar un paseo y aclarar sus ideas.

Lo siguiente que hizo fue enviar un mensaje a Juanillo para advertirle que no volviera a la habitación. Sin embargo, su amigo nunca leería el mensaje

***

27 de mayo de 2027 a las 06:00 horas.

Hostal Medianoche. Calle de Pérez Galdós, Bilbao. España.

Nadia Al-Hassan y Juanillo.

El alto nivel de alcohol en su sangre le dificultó caer en la cuenta de que pasó prácticamente toda la noche sin prestar la mínima atención a su teléfono móvil.

Tras una larga y tediosa peregrinación desde la zona festiva, Juanillo apenas logró abrir la puerta que daba acceso al hall del hostal.

Había festejado la victoria de Franc por todo lo alto, de eso no le cabía ninguna duda, pero había bebido tanto que la llave y la cerradura de aquel lugar llevaron a cabo un baile de largos minutos de duración.

La recepción de aquel lugar no abría hasta las nueve, hecho que casi provoca que Juan Molina Palacios, el pirata malagueño, tuviese que pasar el resto de la noche en un banco de la calle.

Por suerte, la dichosa cerradura se dejó cautivar por los encantos de aquella juguetona llave y Juanillo quedó libre de su callejera penitencia.

Subió las escaleras con gran dificultad y, al llegar al piso en donde se encontraba su habitación, una determinada situación captó su atención.

Un hombre de gran estatura y rasgos de Europa del Este se encontraba en la puerta de su habitación, hablando con la doctora que, pocas horas antes, le había presentado su amigo Andrew.

Se encontraba ebrio, pero su infalible cerebro le alertó con presteza: algo no cuadraba en todo aquello.

Se mantuvo oculto en un recoveco para tratar de escuchar la conversación que en esos precisos momentos estaba teniendo lugar.

Sin duda alguno, aquello era ruso. Aunque Juanillo no lo hablaba, había pasado demasiadas horas rodeado de turistas rusos y, sobre todo, rusas, en hoteles y locales nocturnos de la costa malagueña.

Gracias a ello, fue capaz de captar y comprender dos palabras que aquel gorila pronunció: Gospodín Arakel.

O lo que el cerebro de Juanillo tradujo de forma natural: Señor Arakel.

Permaneció en aquel escondrijo varios minutos hasta que finalmente escuchó cómo la puerta se cerraba. No movió un solo músculo hasta cerciorarse de que el hombre desaparecía escaleras abajo.

Sin perder un solo momento, se apresuró como pudo a la puerta, pero los nervios y el alcohol en la sangre le complicaron sobremanera manipular la llave.

No le quedó otra opción que aporrear la puerta de su propia habitación.

Cada golpe retumbaba a lo largo de las escaleras, rompiendo el silencio propio de esas horas de la madrugada.

Al fin, Nadia abrió y le permitió el acceso.

Juanillo entró lo más rápido que pudo, cerrando la puerta tras de sí. En otra ocasión no habría actuado con tanta congoja, pero esa noche había escuchado demasiadas conspiraciones sobre asesinos y mafias del Este.

—¿Qué ocurre, Juan? ¿A qué vienen esas prisas? —preguntó la doctora con un nerviosismo fingido.

—¿Estás bien? ¿De qué hablabas con ese gigante, Nadia? —preguntó Juanillo más bien nervioso.

—¿Eh? No, no, tranquilo, simplemente se había equivocado de habitación.

Juanillo, cuyos nervios mantuvieron a raya al alcohol, se sorprendió y asustó por partes iguales.

—Ha sido una conversación demasiado extensa como para haber sido una simple equivocación… Hablo poco ruso, pero lo suficiente como para saber que aquel gorila trabaja para Vartan Arakel —acusó.

De repente, alguien comenzó a golpear nuevamente la puerta. El hombre se giró y miró a través de la mirilla. Mil ideas le pasaban por su ebria mente y el cuerpo le temblaba. Aquella montaña había vuelto y se encontraba al otro lado de la puerta.

—¿Una equivocación decías? Pues ese gigante se ha debido de equivocar otra vez, porque está ahí fuera…

El sonido de sus palabras fue transformándose en un ruido gutural, cargado de dolor.

Juanillo dio un par de pasos hacia atrás, se llevó la mano al cuello, bajó la mirada y fue testigo de cómo su camiseta blanca se teñía de una sangre roja y oscura que brotaba de su garganta.

Acto seguido, escuchó cómo una femenina y conocida voz decía en ruso: Do svidániya.

Una palabra que incluso él, en sus últimos momentos, alcanzó a comprender.

Aquel pobre diablo apenas podía girar la cabeza. Lo último que vio, antes de que la visión se le nublara por completo, fue a la doctora Nadia Al-Hassan a su lado, con un cuchillo en la mano que goteaba sangre y una sonrisa maquiavélica.

En un último y desesperado intento, trató de preguntarle por qué le había arrebatado la vida, pero esta se le escapaba con cada latido de su corazón. Su cuerpo no se desplomó de golpe; descendió lenta y controladamente, como si Juanillo, en vano, no quisiera caer sin pelear.

Finalmente, los primeros rayos de luz que entraron por la ventana fueron testigos de la tragedia. El cuerpo sin vida del inseparable compañero de Franc yacía tendido boca abajo, con la mirada carente de vida y vestido con una camiseta roja y blanca.