13 ROJO Y BLANCO #3
Los minutos volaron hasta convertirse prácticamente en una hora, antes de que Juanillo dejara el teléfono sobre la mesa. Tenía el rostro más serio que de costumbre.
—Bien… —comenzó, dirigiéndose sobre todo a Tenalta—. Ese tal Vartan Arakel no es un cualquiera. Es un oligarca ruso con los bolsillos más profundos que las minas de Siberia. Controla empresas pantalla en media Europa y tiene más propiedades de las que puede recordar.
—¿A qué tipo de negocios se dedica? —preguntó Franc, conseguir toda la información posible era de vital importancia.
—¿Oficialmente? Construcción, transporte, energía, etc. Tiene la patita metida en todo tipo de historias, directa o indirectamente. Una de mis fuentes lo sitúan incluso en los chanchullos del Gobierno de hace un par de años…
La cara de Franc se fue ensombreciendo.
—El tipo toca todos los palos, Franc. Además, es director de una empresa armamentística que opera en la mayoría de los grandes conflictos en todo el mundo, codo con codo con el gobierno de Estados Unidos.
—Un hijo de perra de los buenos. ¿Y qué busca un tipo así entre rocas del desierto, tío?
—Ni idea, macho, pero todos mis contactos coinciden en lo mismo: su verdadero imperio está en el plano criminal.
Tráfico de armas, contrabando, blanqueo…
Lo que se te ocurra. Tiene socios en Moscú, Hong Kong, Dubái, etc.
Un hombre poderoso y, por lo que se ve, aburrido —sentenció el simpático andaluz.
—Un cabrón peligroso de verdad, entonces —añadió el luchador.
—De los qué no te gustaría como enemigo, hermano —puntualizó Juanillo—. Según me han comentado, posee bastantes propiedades a lo largo de la costa levantina, especialmente en Alicante y Castellón. Todo a nombre de empresas difíciles de rastrear.
Andrew intercambió una mirada preocupada con Nadia. Aquello confirmaba lo que temían: Vartan no era solo un obstáculo remoto en algún país lejano, sino una presencia cercana, casi al alcance.
—¿Y los del tatuaje debajo del ojo? —preguntó Franc, apoyando los codos sobre la mesa.
Juanillo negó con la cabeza.
—Eso es más difícil y me genera más inquietud. No hay registros ni grupos conocidos con esa marca. No soy de la CIA, pero si mis contactos no los conocen, mal asunto.
Durante un instante nadie habló. Solo el sonido del vino cayendo en las copas rompió el silencio.
—Esto se complica —dijo Franc finalmente—. Si Vartan tiene raíces aquí, con ese nivel de poder no podemos fiarnos de nadie.
—Exacto. Casi seguro que tiene comprados a peces muy gordos en las altas esferas: policías, jueces, políticos …
—Entonces tendremos que ir con sumo cuidado, vigilando dónde pisamos y controlando bien nuestros movimientos —intervino Andrew, quien escudriñó el entorno. Salvo la alegre y desquiciada familia, no alcanzó a ver nada sospechoso—. Debemos seguir las pistas sin levantar sospechas.
—¿Qué propones, profesor? —preguntó Nadia con sumo interés.
—Lo que tenemos es lo siguiente: de Plunder desconocemos completamente su paradero y no tenemos ninguna pista que seguir. En cuanto a los documentos que me envió, los volveré a revisar junto a Nadia, a ver si conseguimos sacar algo en claro.
Andrew hizo una breve pausa, evaluando a los allí presentes. El profesor tomó el mando por un momento, bajo la atenta mirada de sus compañeros.
—Esta noche descansaremos y mañana veremos todo con más claridad. Ahora lo que debemos hacer es estar atentos a lo que nos rodea. Vartan tiene demasiada gente a su cargo y no tenemos en quién confiar, salvo en los que estamos aquí.
Juanillo alzó la copa con aquella amplia sonrisa de pícaro que le caracterizaba.
—Las conspiraciones siempre se llevan mejor con el estómago lleno y ¡aún no he cenado!
Los cuatro brindaron con una mezcla de inseguridad y miedo, pero también con un atisbo de esperanza en sus miradas. Andrew se sentía satisfecho por haber encontrado a Franc, quien, como de costumbre, había aceptado a acompañarlo en aquel fascinante viaje.
Franc aún albergaba serias dudas. Pocas horas antes había peleado contra un duro adversario a vida o muerte y, aun así, aquel galimatías milenario le generaba una incertidumbre y un miedo mayores que cualquier pelea a la que se hubiese enfrentado jamás.
Juanillo sentía una curiosidad como nunca antes. Había sido un hombre demasiado ligado a las preocupaciones mundanas y la idea de formar parte de algo más grande y trascendental le llenaba el espíritu de un júbilo inconmensurable.
En cuanto a Nadia, estaba llevando su misión de la forma más exitosa posible. Tan solo debería actuar con precaución, pues últimamente había demasiadas variables en el juego, capaces de echar todo al traste. Debía ceñirse al plan, minimizando los riesgos al máximo.
Por un instante, el restaurante parecía un refugio ajeno al mundo, capaz de protegerlos de cualquier mal que los acechase desde las sombras. Pero, en el fondo, cada uno tenía presente que esa calma sería breve y que la tempestad podría resultar letal.
Fueron los últimos en salir del restaurante.
La calle seguía igual de tranquila que cuando habían entrado, y un silencio acogedor reinaba en aquella zona de la ciudad, apenas interrumpido por el motor de los escasos coches que circulaban a aquellas horas.
Los tímidos haces de luz que la luna proyectaba a través del enorme manto de nubes convertían la noche en algo casi mágico.
La cálida temperatura primaveral invitaba a postergar cualquier intento de regresar a casa, como si la oscuridad quisiera prolongarse durante toda la eternidad.
***
27 de mayo de 2027 a las 01:15 horas.
Hostal Medianoche. Calle de Pérez Galdós, Bilbao. España.
Nadia Al-Hassan y Franc Tenalta.
Debido a la copiosa cena, caminaron durante media hora a paso lento hasta llegar al hostal donde pasarían la noche. Juanillo, ajeno al riesgo que corría el grupo, se había separado momentos antes para celebrar por su cuenta la increíble victoria de Tenalta.
Por su parte, Andrew y Nadia pudieron pernoctar en la habitación contigua a la de Franc y Juanillo.
Afortunadamente, la estancia había quedado disponible en el último minuto y, dado que los acontecimientos habían sucedido de forma atropellada, no habían tenido tiempo de encontrar otro lugar donde pasar la noche.
El profesor recordó cómo estaban las cosas entre ellos antes del encuentro con Franc, por lo que se ofreció a dormir con sus dos amigos.
La doctora, en cambio, se negó en rotundo.
Perdieron casi media hora en una discusión que, finalmente, terminó con el profesor cediendo: compartirían habitación, pero no la cama.
Andrew se acomodó en el sofá y tardó escasos minutos en dormirse.
Roncaba como un facóquero, lo que dificultó sobremanera que Nadia pudiera conciliar el sueño.
No solo por los ronquidos, también por los diferentes pensamientos que se le agolpaban en la mente, como clavos tratando de atravesar una gruesa madera de ébano.
Unos pensamientos que, en ese estado de duermevela, se volvían más intensos que nunca.
—¿Acaso soy mala persona? —se cuestionó en demasiadas ocasiones, esperando una respuesta que nunca parecía llegar—. ¡No! Soy una profesional y tengo que llevar a cabo mi objetivo sin caer en meras distracciones. Eso es lo que debo hacer.
Pero Nadia no lograba dormirse. Aquellos pensamientos la atormentaban tanto como los ronquidos, que fácilmente podrían derribar un muro.
Salió de la cama de un salto, lanzó una mirada furibunda al profesor, que dormía a pierna suelta, y se dirigió a un pequeño balcón lleno de macetas con flores de vistosos colores para distraerse un tanto.
—¿Tampoco puedes dormir, eh? —resonó la voz grave de Franc, que se encontraba en el balcón contiguo.
—Tu amigo parece un motor de avión… ¡Es imposible pegar ojo con él al lado!
—Hazme caso, lo sé de buena tinta —respondió, mientras expulsaba el humo del cigarro que estaba fumando.
—No sabía que fumabas. Pensaba que un deportista de tu talla no podía permitírselo.
—Solo de vez en cuando. Digamos que cuando presiento que algo no muy bueno se me viene encima.
—Puede que no todo lo que se te viene encima sea malo… —coqueteó ella—. ¿Me das una calada?
Franc se tomó un par de segundos, la examinó de arriba a abajo y le pasó el cigarro.
—Para que quede claro, el profesor y yo no tenemos una relación más allá de lo profesional. Es cierto que hace no tanto tuvimos «algo». —La doctora dotó de intención la palabra—, pero solo somos compañeros de oficio, por así decirlo.
El humo salió de su boca partícula a partícula, deslizándose entre sus carnosos y perfilados labios. Franc no supo muy bien qué decir. No pidió ninguna explicación a aquella mujer y, sin embargo, ella se la dio sin siquiera meditarlo.
—Entonces no sois pareja, ni mucho menos hay una boda entre manos. Me pregunto qué diría Andrew si le preguntara… y qué otras mentiras han viajado con vosotros desde los Estados Unidos.
—Solo unas pocas más. En cuanto a lo que sucedió entre nosotros, estoy segura de que él añadiría muchos más detalles y palabras románticas para, simplemente, llegar a la misma conclusión.
Eres libre de preguntarle lo que quieras, ¡a mí me da igual!
—dijo la doctora mientras apagaba la colilla contra la pared—. Dame unos minutos.
Franc observó como Nadia desaparecía y cerraba tras de sí la puerta que daba acceso a la minúscula terraza.
Se quedó ensimismado contemplando las lejanas luces de aquel lugar y fijó su mirada en una torre acristalada que se alzaba resplandeciente sobre el resto de los edificios.
En lo alto se distinguía el logo de una conocida empresa energética, cuyos tonos dorados bañaban la oscuridad de la noche.
Unos golpes apenas audibles en la puerta de entrada lo sacaron de su momento de relajación mental. Franc abrió la puerta y contempló a Nadia ataviada con un camisón negro brillante de satén que se deslizaba sobre su piel con cada movimiento.