13 ROJO Y BLANCO #2
Andrew no pudo evitarlo y mantuvo con Nadia una irremediable, recíproca y cómplice mirada.
—No es por una boda por lo que estamos aquí, chicos. —Su semblante cambió de forma radical y su voz se tornó más grave y seria.
El luchador los miró a ambos desconcertado, aunque su intuición empezaba a activarse.
No tenía nada en contra de la supuesta boda, pero pensó que no hacía muy buena pareja con aquella chica.
En su opinión, ella ocultaba algo bajo aquella fachada.
No sabía exactamente qué, pero había más de lo que permitía mostrar a simple vista.
—¿Qué es lo que ocurre, Andrew? —preguntó finalmente Franc, temiéndose lo peor.
—Veréis… —Andrew comenzó a relatar todo lo acontecido hasta aquel momento.
Su relato fue interrumpido un par de veces por dos borrachos que se abrieron paso entre ellos para entrar al local, obligándole a repetir alguna que otra idea debido al ruido.
No obstante, a medida que relataba los acontecimientos, sus dos amigos se iban encontrando cada vez más estupefactos.
Franc miró a la doctora en un intento desesperado de encontrar algún tipo de lógica a todo aquello; sin embargo, su semblante no hacía más que reforzar cada palabra del profesor.
Cuando el tejano terminó su relato, apoyado por la arqueóloga, Franc, ante la atónita mirada de Juanillo, no pudo más que intentar despejar dudas.
—¿Me estáis pidiendo que os ayude a buscar arqueólogos desaparecidos y tesoros perdidos? ¿Es que os acaban de soltar del manicomio? ¡Andrew, amigo, casi prefería que me pidieses ser tu padrino!
—Soy consciente de que suena descabellado, pero…
—¿Descabellado? ¡Te quedas muy corto!
—¡Cortísimo, diría yo! —puntualizó cómicamente Juanillo mientras daba un gran trago a su cerveza.
No tenía muy claro si se debía al efecto del alcohol, de los golpes o de ambos, pero Franc no le encontraba ninguna lógica a aquella historia.
—¿Y cómo coño encajo yo en todo esto?
Nadia, que hasta entonces se había mantenido al margen, adoptó un tono solemne y serio para dotar de credibilidad al relato de Andrew, que de otro modo no parecería más que el delirio de un demente.
—Su papel, señor Tenalta, sería proporcionarnos seguridad durante nuestro viaje. Dadas sus habilidades, estoy segura de que no le será difícil. Además, se trata de un trabajo bien remunerado —respondió Nadia, provocando que Franc le prestara la mayor atención posible.
—Con todo el respeto, señorita, entre mis habilidades no se encuentran proteger a terceros de la mafia rusa ni de sectas religiosas, y muchísimo menos escoltar a eruditos en la búsqueda de tesoros.
—A decir verdad, no tenemos claro si Vartan pertenece a la mafia rusa. Creemos que…
A Franc le bastó una mirada para que Andrew no llegase a terminar aquella estúpida frase.
—Bueno, profesor, lo hemos intentado. Está claro que no podemos contar con su amigo en las condiciones en las que se encuentra. Lo mejor será dejarle descansar; bastante ha tenido con el combate contra ese holandés.
Los acontecimientos se estaban desarrollando tal y como temía. Andrew no tenía ninguna esperanza de poder continuar aquel viaje sin la ayuda de Franc, cuando su compañero de infancia, mentor en mil trastadas y mejor amigo dijo de repente:
—Alto ahí, señorita. No os negaré que la historia suena más a una mala película de Hollywood que a un trabajo propio de mí, pero en ningún momento he dicho que no vaya a aceptarlo…
Tanto el profesor como la arqueóloga cambiaron de expresión al instante. Un atisbo de esperanza se vislumbró en sus miradas. El luchador continuó hablando para sorpresa de todos, salvo de Juanillo, que parecía haber sabido desde el primer momento cuál sería la respuesta de su inseparable compañero.
—Será un idiota, pero Andrew está en apuros y no me perdonaría dejarlo en la estacada. Acepto acompañaros en lo que sea que andáis buscando, pero en cuanto considere que no hay riesgo, seguiréis solos.
Tenalta dirigió su mirada a Juan.
—¿Qué dices Juanillo?
—¡Pues que voy con vosotros! Necesitáis a alguien como yo en esta expedición… —se unió Juanillo, pasando un brazo por cada uno de sus dos camaradas.
—Mucho me temo que no requerimos de sus servicios, señor Juanillo —expresó Nadia con mucho tacto, pero también con mucha seriedad.
—Juan viene con nosotros. Él es como mi hermano y me siento más cómodo con él cerca —dijo Franc, dejando claro que no había lugar para discusión.
—Eso es, señorita, no deberías rechazar mis servicios antes siquiera de conocer mis aptitudes —dijo Juanillo, con una expresión muy seria, que a Nadia, sin embargo, no le provocó gracia alguna.
La doctora miró resignada a Andrew, quien se encogió de hombros con la mejor de sus sonrisas y la mirada iluminada.
—Está bien, vuestro amigo nos acompañará —sentenció finalmente, con total resignación.
—¡Esto hay que celebrarlo! ¡Camarera, otras cuatro cervezas! —gritó Juanillo, alzando la voz por encima del ruido ensordecedor .
Los cuatro amigos se alejaron poco a poco de la marea humana rojiblanca.
Dejaron atrás las canciones, las bufandas ondeantes y el barullo del gentío.
A medida que avanzaban por las calles adyacentes, el bullicio se transformaba en un rumor lejano, permitiendo al grupo poder conversar sin tener que alzar la voz.
Habían estado tan absortos en verbalizar sus propios pensamientos que ninguno reparó en que varios hombres, con tatuajes bajo los ojos, llevaban ya largo tiempo siguiendo sus pasos.
—Necesito comer algo, me muero de hambre —comentó la experta.
—Mirad allí, un restaurante tranquilo donde poder reponer fuerzas —expresó Franc, señalando hacia una calle lateral con farolas antiguas y escaparates silenciosos.
Caminaron unos minutos más hasta llegar a un pequeño restaurante familiar.
En su interior, la iluminación cálida y el aroma a ajo y vino tinto les dieron la bienvenida.
No había música, apenas el murmullo de un par de mesas ocupadas.
Una camarera de rostro amable los condujo hasta una mesa del fondo, junto a una ventana que daba a un callejón oscuro y tranquilo.
Una tranquilidad que ellos ansiaban en aquel momento.
Pidieron vino y algo de comida. Nadie habló durante los primeros minutos; parecía que el silencio era la mejor manera de aterrizar tras tanta euforia.
Andrew, ensimismado en sus pensamientos, reparó en un joven matrimonio que aguardaba pacientemente para disfrutar de una agradable cena junto a sus dos pequeños hijos.
El menor, un rollizo niño de cabello rubio y ojos negros enmarcados por largas pestañas, no cesaba en su afán de hacer trastadas.
A su lado, una niña de pelo castaño, ojos oscuros y una amplia sonrisa capaz de inspirar al mejor de los poetas, trataba de entretener a su hermano mientras esperaban a que la camarera les sirviera la cena.
Mientras la madre trataba de decidir qué pedir, el desesperado padre intentaba poner algo de orden en aquel diminuto y enternecedor caos.
De repente, el hombre miró al profesor con gesto de disculpa por la algarabía que se había formado.
Andrew no pudo sino felicitarlo por su encantadora familia.
Aquella conmovedora estampa lo transportó a su propia infancia, cuando todo parecía más feliz y sencillo. En ese momento, Franc interrumpió las cavilaciones de Andrew.
—Si vamos a meternos en algo serio, lo primero será saber con quién tratamos. ¿Cómo decías que se llamaba el ruso?
—Vartan. Se hace llamar Vartan Arakel. Desconozco por completo si ese es su verdadero nombre —respondió, con un miedo tan perceptible en sus ojos que tanto Franc como Juanillo pudieron notar el peligro.
—Tenemos que averiguar todo lo posible sobre ese tal Vartan y sus hombres, los del tatuaje debajo del ojo. Si, como decís, han llegado incluso a dispararos, estáis de mierda hasta el cuello.
—Aquellos no eran hombres de Vartan —interrumpió Nadia con tal determinación que los tres compañeros la miraron fijamente.
—¿No? —preguntó Franc, con gran curiosidad.
—Eso creo… Es decir, tenían rasgos árabes y, hasta donde sabemos, Vartan es de Europa del Este. —Al sentir las asfixiantes miradas completamente encima, buscó apoyo en Andrew, como si él fuese un salvavidas.
—Cierto. Dudo que aquellos fuesen hombres de Vartan. No era posible que supiera nuestra ubicación cuando nos tendieron la emboscada en Ibiza.
—O sea que ¿os persiguen dos grupos armados diferentes? Has tenido que tocar bastante los huevos, ¿eh, americano? —bromeó Juanillo para rebajar la tensión.
Andrew asintió en silencio, mientras se le escapaba una sonrisa nerviosa. Franc miró a Juanillo y fue suficiente para que este se pusiese en marcha, listo para hacer su magia.
—Tranquilo, hermano, déjamelo a mí —intervino Juanillo, inclinándose sobre la mesa y sacando el móvil del bolsillo—. Conozco a gente que conoce a mucha gente. Dame unos minutos y tu amiga podrá ser testigo de mis… ¿Cómo lo ha llamado? ¡Ah, sí! Servicios.
Marcó varios números con la naturalidad de quien ha hecho ese tipo de llamadas mil veces.
Los otros tres prosiguieron con la cena.
Andrew y Nadia continuaban solventando dudas y preguntas que Franc le planteaba entorno a todo el asunto.
De vez en cuando, observaban cómo el andaluz alternaba un tono jocoso con otro de firmeza, dependiendo de quién respondiera al otro lado del teléfono.
—Madre mía, este hombre es una central de inteligencia con patas —murmuró Nadia en voz baja, divertida y sorprendida a partes iguales.
—Siempre tuvo esa habilidad —susurró Franc con media sonrisa—.
Donde otros ven un muro, él ve una puerta abierta.
Juanillo se quedó sin padres muy joven, y eso le obligó a tener que utilizar su ingenio para sobrevivir.
No tenía nada ni a nadie. Su don para conseguir cosas le dio una gran reputación entre personas de muy diferentes clases sociales.
Eso, unido a sus habilidades sociales y tan poca vergüenza, hace de Juanillo un activo muy valioso.