13 ROJO Y BLANCO
«El rojo y el blanco son la danza entre la sangre y la luz».
ANÓNIMO
Reservado improvisado para peleadores. Polígono Industrial Ibarra.
Andrew Summons, Nadia Al-Hassan y Franc Tenalta.
L os dos viejos amigos se mantuvieron unos momentos mirándose fijamente, en silencio, hasta que Andrew lo rompió.
—Esta es Nadia Al-Hassan, es una compañera de trabajo. Nadia, este es mi amigo Franc.
—Encantado, señorita —dijo Franc, bajando ligeramente la cabeza a modo de reverencia.
—También soy su prometida —bromeó Nadia en inglés, y guiñó un ojo a Andrew haciendo referencia a la mentira que le había contado a la madre del luchador.
Franc lanzó una mirada de sorpresa a su amigo, sin estar seguro de qué decir. Era un cóctel de sensaciones contradictorias. Finalmente sentenció :
—¡Vaya! Pues felicidades, supongo…
—¿Sabe inglés? —preguntó la anonadada doctora a su colega, casi susurrando y totalmente ruborizada. Aun así, seguía siendo una mujer.
A Andrew se le escapó una risa que ayudó a suavizar el ambiente.
—Franc habla inglés y me complace informarte, Nadia, de que en gran parte lo hace gracias a mí.
Aquel comentario, inocente y cariñoso, fue fríamente interrumpido por la voz grave de Tenalta.
—¡Tienes la cara hecha un mapa!
—Tú tampoco tienes mucho mejor aspecto —respondió Andrew.
—¿Qué se te ha perdido por aquí, americano?
No había nostalgia en aquellas palabras, y tanto Andrew como su compañera se quedaron helados. Ambos se miraron estupefactos.
—Hemos venido en busca de ayuda —respondió en estado de alerta. Tenía delante a su mejor amigo de la infancia y, sin embargo, se sentía como si estuviese frente al mismo Vartan Arakel.
—No he sabido nada de ti en varios años, ¿y ahora necesitas mi ayuda? ¿Y para qué demonios iba a necesitar un profesor tan respetado la ayuda de alguien como yo?
—No tengo excusas para justificar mi ausencia, pero tú tampoco has mostrado muchas señales de vida en estos años —contestó Andrew, inseguro, pero sincero.
—¡Bastantes más que tú, americano!
—Esto no es una competición, Franc. Y sabes de sobra que odio que me llames así.
—Acostúmbrate a oír cosas que no te agradan. La gente se cansa de intentarlo en repetidas ocasiones sin obtener respuesta. He pasado muy malos momentos estos años y no estuviste ni siquiera al otro lado del teléfono.
La conversación estaba empezando a subir peligrosamente de tono.
—Yo también he tenido mis malos momentos. ¡No todo ha sido un camino de rosas para mí!
—Ñi ñi ñi —balbuceó Tenalta con intención de provocarlo. Aquel hombre que unas horas antes había demostrado ser una bestia desalmada se comenzaba a comportar como un niño de diez años. Nadia no daba crédito.
—¡Genial! Como siempre, demuestras que no se puede hablar contigo. ¿Sabes cuál es tu problema?
—Tengo muchos. ¡Pero venga, valiente! ¿Cuál es mi puto problema?
—¡Tu problema es que te crees que el mundo gira en torno a ti y que solo tú tienes problemas! Todos…
Aquella discusión resultaba innecesaria e infantil, y la doctora no tuvo más remedio que intervenir.
—¡Ya basta! Me vais a volver loca. Tenías que haber prestado más atención a como le iba a tu amigo, si verdaderamente tan amigo tuyo es, Andrew.
—¡Exacto! —interrumpió Franc creyendo haber obtenido otra victoria, pero pasó a ser el siguiente objetivo de Nadia.
—¡Y tú tenías que haber insistido más en contactar con él! Ambos sois amigos y la amistad conlleva altibajos, como cualquier otra maldita relación. Así que arreglad esto de una maldita vez, par de mocosos…
Hubo un largo y solemne silencio. Nuevamente, fue Andrew quien tomó la palabra.
—Tiene razón. Debí haber estado cuando me necesitabas, amigo. Lo siento, ¿podrás perdonarme?
Se acercó y le dio un fuerte abrazo, arrancándole un quejido al luchador.
—Todavía me lo tengo que pensar, pero me alegra muchísimo volver a verte —se sinceró, devolviendo el abrazo como pudo.
—Y ahora que todo vuelve a la normalidad, ¿podemos volver a lo importante? Porque me vais a hacer llorar —espetó la doctora con un tono excesivamente sarcástico.
La puerta se abrió de par en par y tanto Andrew como Nadia se sorprendieron. Franc, en cambio, ni se inmutó: parecía que supiese que alguien entraría de un momento a otro en la estancia.
Un chico delgado, con barba y bigote negros como el azabache, cruzó el umbral de la puerta con un par de botellas de agua en la mano. Vestía un pantalón vaquero corto algo desgarrado y camiseta blanca.
—¡Franc, todavía tienes una pegada de la hostia! —gritó aquel hombre con un marcado acento andaluz. Al alzar la mirada y ver a Andrew, se quedó completamente estupefacto—. ¡Pero qué demonios! ¿Americano, eres tú de verdad?
—¡Juanillo! —exclamó Andrew con la mayor de las ilusiones.
—¡Ven aquí, brujo! —dijo Juanillo, tirando las botellas al suelo y fundiéndose con Andrew en un largo y caluroso abrazo—. ¿Pero qué haces aquí? ¿Y quién es esta belleza? —preguntó con la mejor de sus sonrisas.
—Estamos aquí por unos asuntos… Esta es la doctora Nadia Al-Hassan. Nadia, este es mi amigo Juan.
—Juan Molina Palacios. El Juanillo para los amigos y para las amigas bonitas de sus amigos… —añadió, inclinándose con sumo respeto y besando la mano de la doctora.
—Todo un caballero —sonrió Nadia a sus acompañantes.
—Bueno —interrumpió Franc, contemplando aquella sonrisa; había algo extraño en ella…—. Sea lo que sea lo que os ha traído desde tan lejos, tiene que ser importante. Nos lo podéis contar tomando una birra. Dadme cinco minutos para recoger mis cosas.
—No creo que estés en tu mejor momento para tomar una cerveza, ¿no? —respondió Andrew.
—Estoy segura de que tu amigo ha estado en peores… —rio Nadia.
—En bastante peores, señorita —confirmó Juanillo, lanzando una mirada de complicidad a Tenalta, que soltó una carcajada mientras se agarraba las costillas.
—Juanillo y yo estamos alojados en una pensión cerca del estadio de fútbol. Tengo entendido que en esa zona hay buen ambiente para tomar una cerveza tranquilamente y ponernos al día.
—Un cuchitril de mala muerte, mejor dicho. Ya sabes, Andrew, que el peleas este siempre ha sido agarrado a más no poder. ¡Y sigue igual!
—Bueno, por suerte tenemos dinero para pagar un par de cervezas —respondió Andrew, visiblemente animado.
Era cierto que no se trataba de una visita de cortesía, pero también lo era que podían aprovechar para distraerse un poco con sus amigos de la niñez. La situación, que había comenzado con un cariz oscuro, fue aclarándose poco a poco a medida que los dos amigos recuperaban la confianza mutua.
Apenas veinte minutos más tarde, los cuatro salieron de la zona reservada.
Los restos de papeles y plásticos entre las improvisadas gradas evidenciaban que los espectadores habían abandonado el lugar con prisa.
Si se hubiese podido rastrear la ruta de aquellos asistentes tan dispares tras la pelea, los resultados mostrarían destinos completamente variados: desde la propia ciudad de Bilbao hasta lejanos y exóticos como Moscú, Los Ángeles o incluso Bora Bora.
Los cuatro se dirigieron a la zona cercana del estadio de fútbol en el coche de Franc, aunque no les quedó otra opción que aparcar algo lejos.
El equipo local había ganado esa misma noche y las calles colindantes al estadio se encontraban tan abarrotadas que los vehículos apenas podían circular.
Miles de personas vestidas de rojo y blanco tomaron las calles con ánimo de festejar la victoria de su equipo, cantando el himno a pulmón henchido y aireando las bufandas rojiblancas, como si de hélices de aviones se tratasen.
La marea humana, junto con la música que salía del interior de los locales, configuraba un ambiente festivo de tal magnitud que hacía que la noche bilbaína no tuviera nada que envidiarle a la mismísima Ibiza.
Cánticos regionales, vítores y aplausos, junto con sirenas de los vehículos de emergencia, no hacían sino potenciar aún más aquella atmósfera festiva, ya de por sí desbordante, como un entorno festivo magnánimo. Los cuatro se quedaron boquiabiertos ante la fiesta que se desplegaba ante ellos.
—¿Con que una cerveza tranquila, eh, Tenalta? —bromeó Andrew.
—Os juro que esa era mi intención…
—Y yo que pensaba que en la Feria de Abril había gentío… ¡Vamos, que esto está hasta la bandera! —exclamó Juanillo, completamente entusiasmado, acompañando las palabras con gestos corporales que invitaban a perderse de lleno en aquel fiestón.
Tuvieron que abrirse paso a empujones entre la multitud hasta dar con un bar.
A través de una ventana, una camarera les sirvió cuatro cervezas.
Se colocaron en círculo, protegiendo sus bebidas como si fde su tesoro más preciado se tratase, como si derramar una sola gota de aquel elixir de cebada supusiera un castigo mortal.
Los tres amigos se enzarzaron en conversaciones banales, acompañadas de alegres carcajadas.
Nadia, por su parte, asentía con una sonrisa forzada, prestando más bien poca atención a lo que sus colegas decían.
No podía, ni quería, dejar de analizar a Franc.
Su lado más profesional la prevenía e incluso alertaba de aquel hombre.
Sin embargo, su lado más atrevido y fogoso la incitaba a pensar cómo sería tratar de doblegar a esa fiera.
Quizá fue esa dicotomía la que le impidió informar de la amenaza que Franc podía suponer, convirtiendo aquella omisión en su mayor error. El otro, sin embargo, no suponía obstáculo alguno. Tras varias cervezas, la conversación empezó a girar hacia lo que realmente interesaba a la doctora.
—Bueno, Andrew, ¿cómo se supone que tengo que ayudarte con tu boda? Espero que no me pidas que sea el padrino —rio Tenalta, pasando un brazo por encima de su amigo.
Juanillo abrió los ojos de par en par mientras daba un gran sorbo a la cerveza. Aquello lo pilló totalmente desprevenido, y terminó escupiendo parte del líquido que tenía en la boca. Cuando se recuperó de la tos, solo acertó a preguntar:
—¿Pero es que te casas, mequetrefe? Espero que el padrino sea yo y no este.