Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME #5
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12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME #5

Franc recibió un gancho bajo al bazo, conectado con un croché de izquierdas que por poco lo noqueó.

Sin embargo, el monarca, impulsada por una ira sobrevenida, se enderezó y respondió con un golpe al mentón de su oponente.

Lanzó tres golpes más, de los cuales solo uno logró impactar en el holandés.

Una patada baja impactó con violencia contra el muslo de Franc; el golpe resonó como un tablón contra la carne.

El español apretó la mandíbula y devolvió un directo que abrió la nariz de su adversario.

La sangre brotó, pero el holandés sonrió con fiereza y respondió con una andanada de golpes que alcanzaron el rostro de Franc.

La ceja izquierda se abrió y la sangre le nubló la vista.

El hombro crujía con cada intento de uppercut.

La inestabilidad lo traicionaba. El holandés bajó el centro de gravedad y, adelantando una pierna, logró romper la distancia de su rival en un suspiro.

Rodeó las rodillas de Franc con aquellos brazos como vigas y.

al empujar. su hombro contra el abdomen de Tenalta, lo derribó, para caer sobre él como una losa.

Los martillazos empezaron a caer: uno, dos, tres.

El suelo vibraba. La sangre salpicaba la lona mugrienta.

Franc, medio aturdido, giró la cadera y atrapó un brazo.

Intentó cerrar la llave, aun a costa de su hombro maltrecho.

El dolor era insoportable, pero apretó. Tiró con toda la rabia de años rotos, de sueños destruidos.

El grito del holandés retumbó en la nave. Su codo cedió con un crujido sordo.

El público rugió como una fiera desatada, y las caras que allí había mostraban un disfrute casi obsceno ante el dolor y el sufrimiento ajenos. Pura esencia humana disfrazada de alcohol, sustancias y alta alcurnia.

Franc, con la llave asegurada, estuvo a un segundo de reventarle el brazo por completo, de romper huesos y tendones hasta dejar al holandés inválido…

o muerto si no soltaba. Y pudo hacerlo. Estuvo a punto.

Pero no lo hizo. Él era un luchador, un deportista.

Y en todo deporte ha de reinar la deportividad.

Apretó los dientes, contuvo la furia y soltó la llave.

Se levantó tambaleante, cubierto de sudor y sangre, mientras el holandés caía de espaldas, derrotado pero vivo.

De repente, las fuerzas le fallaron y cayó de rodillas. Era como un peregrino que, tras vagar por el desierto, no tiene una sola gota de agua en su organismo.

Los vítores se convirtieron en un estruendo desagradable en sus oídos.

Observó cómo pudo, pues el sudor y la sangre le nublaban la vista, a toda esa gente gritando como energúmenos.

Recorrió la estancia con la mirada hasta que vio una cara que no debía estar allí.

Ni en ese lugar ni en ese momento. «¿Andrew? », pensó.

Ninguno de los golpes recibidos había doblegado su espíritu ni quebrado su cuerpo y, sin embargo, la imagen de aquel rostro del pasado lo noqueó. Solo entonces, Franc «el monarca» Tenalta cayó inconsciente sobre el suelo.

El público estalló entre vítores y silbidos.

Algunos aplaudían el honor; otros lo maldecían por no haber acabado con su rival.

En un rincón, el jefe de Franc y dueño de la discoteca más exclusiva de Ibiza sonreía satisfecho.

Con aquella victoria acababa de asegurarse el control de una franja de costa estratégica para sus actividades legales e ilegales.

Más tarde, esa misma noche, Franc sabría que su triunfo significaba poder para Víctor.

Sabía que le esperaba una suma generosa e incluso sabía que, unas horas después, le dolería todo el cuerpo como si le hubiera atropellado un autobús de línea.

Lo que nunca habría podido imaginar era que aquella pelea no sería nada, ni de lejos, lo más atroz a lo que tendría que enfrentarse.

Tomar decisiones en las que debería hacer gala de sus mejores habilidades, no solo como luchador, sino como persona y amigo, para poder recorrer el arduo camino que, aunque invisible, se desplegaba frente a él.

Un camino repleto de desdichas desencadenadas por la visión de un rostro al que no veía hacía demasiado tiempo.

***

26 de mayo de 2027 a las 22:30 horas.

Reservado para peleadores. Polígono industrial Ibarra.

Franc Tenalta.

Franc abrió los ojos. Todo le daba vueltas; miró a su alrededor y comprobó que se encontraba tumbado en una camilla, en la zona reservada a los luchadores.

Era lo que quedaba de la oficina de algún encargado que, tiempo atrás, había llevado el control y la supervisión de los trabajadores de aquella nave industrial, cuando aún era una empresa de mecanizado de piezas y fabricación de troqueles.

Parpadeó varias veces, abrió los ojos poco a poco.

Aún conservaba el sabor de la sangre en su boca y el dolor de las diferentes partes de su cuerpo se iba acentuando con el paso de los minutos.

Tenía visiones de un sanitario entrado en años, examinándolo y curándole las heridas.

Miró a su alrededor y había una botella de agua y una caja de ibuprofeno.

De repente, la puerta de la estancia se abrió y Víctor Fonte entró como un elefante en una ferretería.

—¡Aquí está mi hombre! El gran Franc «Rompehuesos» Tenalta.

Víctor se acercó, tal vez demasiado, y se inclinó sobre Franc para besarle en la frente. Desprendía un fuerte olor a colonia mezclado con sudor, y una gran cantidad de gotas le corrían despavoridas por aquella despoblada frente.

—Me has hecho ganar una posición de poder exagerada. Eres de los míos, Tenalta, ¡y yo cuido de los míos! —dijo, con los ojos abiertos como platos y las pupilas dilatadas, evidenciando el consumo de alguna misteriosa sustancia.

—Me alegro, Víctor, pero quiero descansar, aunque sea media hora. Ya me lo cuentas en otro momento, cuando mi cabeza esté en su sitio.

Víctor seguía totalmente eufórico, gesticulando en exceso y alzando tanto el tono de voz que a Franc le retumbaban los oídos. Por si fuera poco, el humo del puro que fumaba le provocaba náuseas.

—Joder, Tenalta, hubo un momento en el que creía que el puto vikingo ese te iba a partir por la mitad. Estaba acojonado, ¡y no solo por mis negocios, eh! —expresó visiblemente exaltado y alzando la voz.

—Me parece muy bien, Víctor, pero de verdad, quiero descansar un rato.

Franc estaba aturdido, dolorido y mareado.

Mientras mantenía esa conversación, le vino a la cabeza la imagen de Andrew entre el público.

Por suerte, debía de haber sido una alucinación ocasionada por los golpes: era totalmente imposible que su mejor amigo de la infancia, del que no sabía nada desde hacía tiempo, estuviera en una pelea clandestina organizada por su jefe drogadicto.

Contra todo pronóstico, se le escapó una carcajada tonta.

—Vale, vale chaval… ¡Tú recupérate, que hoy es una gran noche!

En un momento dado, Fonte a punto estuvo de comentarle que Marco, el jefe de seguridad de la Eclipse, le había telefoneado el día anterior.

Le llamó para decirle que una mujer deseaba conocer el paradero del luchador.

Según Marco, el jefe de la mujer estaba interesado en dar con Tenalta y cuando Marco le informó de quien se trataba, Víctor no tuvo más remedio que facilitarle el paradero de Franc.

Sin embargo, Marco le dejó bien claro que no avisase a Tenalta o habría graves consecuencias.

Fonte conocía bien la peligrosa reputación de la figura interesada en dar con Tenalta, y no deseaba ponerse en peligro; mucho menos ahora que había conseguido un objetivo tan valioso con la victoria de Tenalta. Por ello, optó por guardar silencio y continuar con su celebración.

—Por cierto, hay dos rubias y una pelirroja ahí fuera con las que nos vamos a correr una buena fiesta. Les saco unos cuantos años, pero dudo que eso les importe lo más mínimo a estas buscavidas. ¿Te apuntas?

Franc odiaba a muerte a los chulos que utilizaban ese tipo de expresiones. Si no estuviera en el estado en el que se encontraba, le habría dado una buena lección; pero en su situación solo pudo contestarle:

—Dudo que les gusten que las llamen «buscavidas», por lo menos a mí no me gusta ni un pelo. Te pido que no lo hagas delante de mí. Gracias, Víctor, pero no. Me parece que ya he tenido fiesta suficiente por hoy…

Al hombre se le bajaron los humos un tanto y se quedó mirándolo una fracción de segundo. Se podía leer en su cara un cierto desagrado: no estaba acostumbrado a que le hablaran así. Aun así, aquel joven le había hecho ganar mucho dinero y poder, así que optó por dejarlo correr.

—De acuerdo, chico, no te lo tomes así. Si cambias de idea, tienes mi teléfono. Me han dicho que Bilbao tiene buena fiesta para lo pequeño que es. ¡Vamos a ver qué hay de cierto en eso!

«Menos mal que se ha ido, joder», pensó Franc mientras cerraba los ojos para descansar. Se agarró las costillas. Alguno de los muchos golpes recibidos le había provocado un dolor bastante intenso al respirar, posiblemente por alguna fisura.

Por su parte, Víctor se dirigió a la puerta y se dispuso a abandonar el lugar. Justo antes de salir, se dio la vuelta :

—Otra cosa, Tenalta: hay un chaval ahí fuera que dice que te conoce y está acompañado de una maciza…

Antes de volver a meter la pata, se dio media vuelta y salió de allí pitando.

Franc se incorporó como pudo y abrió los ojos de par en par al ver a su amigo de la infancia cruzar el umbral de la puerta.

No había sido fruto de su imaginación, pero ¿cómo podía estar allí?

Además, observó cómo, detrás de Andrew, entraba una mujer joven, morena y, como Víctor había mencionado con buen criterio, despampanante.

—¿Andrés? —preguntó el luchador, boquiabierto.

—Me alegro de verte, Francisquín.