12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME #4
El hombre lo arrojó al suelo y le propinó una paliza despiadada: dos puñetazos impactaron contra su nariz y su barbilla.
Una patada en la costilla izquierda le hizo expulsar todo el aire que tenía en los pulmones, dejándolo jadeante y sangrando sobre los adoquines.
El agresor se inclinó sobre él, inmovilizándolo.
—Dime dónde están esas putas tablillas y puede que todavía te salve de la…
En ese instante, Andrew tanteó con la mano una botella de cerveza vacía que yacía en la acera.
Con las fuerzas que le quedaban, se la estampó en la cabeza y este se desplomó hacia un lado.
Andrew se cubrió el rostro ensangrentado, gritando de dolor.
Se levantó tambaleante y echó a correr, lleno de hematomas.
Por suerte, el móvil y la llave del apartamento aún seguían en sus bolsillos.
Mientras tanto, Nadia pidió un taxi y regresó a su apartamento provisional.
Llegó empapada en sudor, exhausta y desanimada.
No le gustaba que algo se escapara a su control…
¿Quiénes eran esos tipos? Llamó a Andrew para comprobar cómo se encontraba.
Ni que decir tenía que el éxito de su trabajo dependía de que Andrew siguiera con vida.
Andrew contestó y, por suerte, estaba a salvo.
Todo estaba en orden, por lo que Nadia le aseguró que tendría todo preparado para marcharse cuanto antes.
Nada más finalizar la llamada con la doctora, Andrew —con evidentes signos de haber participado en una pelea—, fue interceptado por una patrulla de la Policía Nacional.
Al verlo en ese estado, pidieron una ambulancia, que tardó casi una hora en hacer acto de presencia.
Recibió unas curas rápidas y varios puntos de sutura bajo la mejilla.
Por poco no le había partido la mandíbula, pero se negó tanto a ir al hospital como a denunciar a los autores.
Los agentes, resignados, lo dejaron marchar pensando que era otro extranjero borracho metido en problemas nocturnos.
Casi dos horas más tarde, llegó al hostal tan dolorido como derrotado. Nadia lo recibió con celebración, aquel profesor demostró ser más de lo que aparentaba.
—¿Andrew, estás bien? ¿Pero qué ha ocurrido?
—Tuve unas palabras con el jefe de los hombres de Vartan, pero estoy bien.
—¿Vartan? —se extrañó. La joven doctora estaba segura de que aquellos no eran hombres de Vartan—. He estado vigilando. No estoy segura de que sepan dónde estamos, no he visto a nadie merodeando.
Andrew asintió para indicar que había recibido el mensaje. Tenía un dolor intenso en la mandíbula y no le apetecía nada articular palabra. La muchacha tenía todo a punto para partir. Solo faltaba que Andrew se aseara y recogiera sus cosas.
Cuando terminó, seguía confuso y completamente dolorido.
No obstante, quizá por el efecto del cortisol, algo en su fuero interno le decía que estaba más vivo que nunca.
Sin perder tiempo, y tras las curas que Nadia le practicó, se marcharon tan rápido como les fue posible.
Sabían que debían salir de Ibiza cuanto antes; la próxima vez, tal vez, no tendrían tanta suerte.
20 de mayo de 2027 a las 02:00 horas.
A las afueras de Ibiza, España.
A varios kilómetros de allí, tres hombres de rasgos árabes, con enigmáticos tatuajes bajo los ojos, detuvieron el vehículo en el que viajaban en una oscura carretera de la isla.
Aquellos tres hombres tenían encomendada lo que a priori se les antojó una tarea extremadamente fácil: recuperar ciertas tablillas cuneiformes que un simple profesor de universidad tenía en su poder.
Sin embargo, su misión nada había tenido de sencilla y debían de informar al Culto de su estrepitoso fracaso.
El líder árabe se cubría con un pañuelo la herida que aquel maldito profesor le había ocasionado con una botella. Se apeó del vehículo y llamó por teléfono. Una grave voz árabe sonó al otro lado, sin siquiera darle opción al herido árabe de hablar.
—¿Se ha hecho el trabajo ?
—No señor.
Un silencio pleno tuvo lugar antes de que la lejana voz continuase hablando con seria calma.
—El fracaso en un tema tan delicado no es aceptable. Menos si cabe para alguien que ostentas el cargo de Primer Hijo.— la voz era fuerte, seca.
—Como la información previa sugería, ese maldito profesor se encontraba acompañado de...
El hombre al otro lado del teléfono lo interrumpió bruscamente. Quedaba patente que la relación se caracterizaba por una fuerte sumisión del hombre con el tatuaje bajo su ojo hacia quienquiera que se encontrase al otro lado de la línea.
—Soy plenamente conocedor de los informes acuñados por los Etéreos, mas nos encontramos en una encrucijada. Extranjeros con medios y arrogancia tratan de desentrañar peligrosos misterios ancestrales de nuestra historia. ¡Su error será inconcebible a ojos de nuestro guardián!
— Lo entiendo señor…
—¿Cómo está la situación ahora mismo?
—Uno de los Hijos, el cuarto que formaba nuestro equipo se encuentra siguiendo de cerca a los infieles que portan las tablillas.
—Asegura que no les pierde, y que no entra en contacto con ellos. Hemos de cerciorarnos de que el profesor está expuesto al otro riesgo. Vosotros habéis terminado allí. Coged el primer vuelo a Damasco, yo informaré al Primado.
—Así lo haremos, señor.
—Primer Hijo…
—¿Sí?
—Serás sometido a la pena.
—Entiendo, señor. Shukran Custodio.
La llamada finalizó prácticamente sin dar tiempo al acongojado hombre a terminar la frase. Trató de que no le afectase, pero su mirada se perdió en las sombras de la noche.
Una flagelación de cincuenta latigazos no era una cuestión menor.
Subió al vehículo oscuro, consciente de que el castigo ya había comenzado.
***
26 de mayo de 2027 a las 20:00 horas.
Polígono industrial Ibarra, Gran Bilbao. País Vasco, España.
Franc Tenalta.
Situada en el norte de España, la ciudad no era tan grande como Madrid ni tan famosa como Barcelona y, sin embargo, gozaba de una tradición e historia igualmente fascinantes.
Antiguo corazón fabril del norte, Bilbao había evolucionado hasta convertirse en una urbe vibrante, sede de importantes eventos deportivos y culturales de talla mundial.
Enclavada entre verdes montañas y atravesada por la ría del Nervión, contaba con lugares tan emblemáticos como el museo Guggenheim o tan históricos como el estadio de fútbol de primera división, San Mamés.
La pelea en la que se ponía en juego el poder de Víctor Fonte tuvo lugar en una zona industrial cercana a la ciudad.
La nave industrial estaba iluminada por lámparas halógenas que colgaban de cables oxidados.
En aquella atmósfera industrial y de aspecto abandonado, el olor a perfumes caros creaba una extraña tregua entre dos realidades completamente opuestas.
Aquello no era un espectáculo como los que tenían lugar en combates oficiales, donde los luchadores cuentan con pólizas de seguros y ambulancias a la espera de atender a los contendientes.
Aquello era clandestino, arriesgado y salvaje.
No había reglas, no había asaltos. Solo un final posible: que uno de los dos quedara incapacitado…
o muerto. Y, sin embargo, el público era selecto.
Entre los presentes había empresarios de lujosos trajes, políticos de sonrisa congelada y personas en busca de emociones prohibidas, más pendientes de sus negocios que del espectáculo que iban a presenciar.
También había aristócratas aburridos e incluso capos del crimen organizado que habían viajado expresamente para ver la sangre correr.
Era un lugar donde el dinero y la influencia se mezclaban con la brutalidad más primitiva. Un espectáculo idóneo para una ciudad en plena apertura al mundo, como lo era Bilbao en aquel momento.
A medida que se acercaba la pelea, comenzaron a surgirle pequeñas dudas internas. Quizá había aceptado el combate demasiado rápido. Su hombro no estaba al cien por cien; de hecho, nunca volvería a estarlo. Y, aun así, iba a pelear contra quien seguramente no sería un rival fácil.
El día anterior a la pelea había intentado estar distraído y, para lograrlo, no había mejor compañía que la de su amigo, casi hermano, el Juanillo.
Ambos pasaron el día lo más relajados posible.
Por la noche, llevaron a cabo la ya relajada y acostumbrada, casi ritual, cena previa a la pelea en casa de Franc.
Rieron y charlaron de sus cosas mientras el murmullo de la televisión sonaba en segundo plano, llenando los silencios del apartamento.
Todo formaba parte de un plan milimétricamente organizado cuyo único objetivo era mantener la mente de Tenalta distraída.
Tras el ritual junto a Juanillo, Franc apenas pudo conciliar el sueño.
Y ahora estaba allí. Franc «el monarca» Tenalta, con la tensión previa al combate, el torso desnudo y los vendajes profesionales cubriendo sus manos, aguardaba en silencio, mirando fijamente a quien, en ese momento, era su enemigo.
Frente a él se encontraba Maarten de Vries, un holandés curtido, con una larga trayectoria de más de setecientas peleas, muchas de ellas en circuitos clandestinos por todo el mundo.
Más joven, más alto, con brazos como vigas y la arrogancia fría de quien sabe que ha roto más de un cuerpo sobre la lona.
El combate comenzó como un choque de bestias.
El holandés avanzó con un directo de derecha que Franc apenas pudo bloquear.
El impacto le recorrió el brazo hasta el hombro lesionado y casi le hizo doblarse de dolor.
Respondió con un gancho al hígado que hizo gemir a su rival, aunque este apenas retrocedió un paso.
Golpes de todo tipo e intensidad comenzaron a impactar en los órganos de ambos luchadores.