12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME #3
—Disculpa, ¿a qué viene esa pregunta? Estábamos sin salida y yo he encontrado una. ¿Qué importancia tiene cómo he conseguido la información? Lo que cuenta es que ahora sabes dónde está tu maldito amigo —dijo, alzando la voz.
La vena del cuello comenzaba a hinchársele. Era evidente que aquella conversación estaba subiendo de tono y acabaría convirtiéndose en una discusión.
—¿Qué más da? te has tirado a ese imbécil para que te diese la información, ¿verdad? Lo que pasó entre nosotros no significó nada para ti, ¿no? Qué decepción…
Los ojos de la doctora centellearon. Su corazón latía con ira y su piel irradiaba furia.
Antes de que Andrew pudiera reaccionar, la doctora dio un paso al frente y lo empujó contra la pared.
A él se le erizó todo el vello del cuerpo en señal de alerta.
No podía explicarse cómo alguien que parecía tan menuda podía tener una fuerza tan descomunal.
La mano de Nadia lo agarró de la pechera con firmeza. Lo contuvo así, mientras su mirada lo hacía sentirse totalmente asustado, indefenso y culpable. Quiso disculparse, pero Nadia se adelantó. Lo que dijo a continuación lo expresó con una calma absoluta; demasiado calmada.
—Escucha atentamente y escúchame bien, porque no pienso repetirlo. Fuiste tú quien acudió a mí. Me pediste que te ayudara con la investigación de Plunder y eso es lo que voy a hacer. Todo lo demás ha pasado porque a mí me ha dado la puta gana. Tómatelo como mera cortesía, ¿te queda claro ?
—Como el agua…
La culpa y la vergüenza le obligaron a apartar la mirada de aquellos ojos oscuros que partían su alma en dos. Hacía demasiado tiempo que no se sentía así de avergonzado. Aun así, la rabia y un dolor agudo habían anidado en el fondo de su ser. No estaba seguro de poder perdonarlo algún día.
—Perfecto entonces —sentenció ella, retirando la mano del pecho del chico—. Porque no pienso repetirlo.
Nadia tomó la delantera y él la siguió unos cuantos pasos por detrás.
Caminaron durante un rato, alejándose del barullo de la música y la algarabía de la fiesta, hasta llegar a una zona más residencial, tranquila y algo más oscura.
Al llegar a la altura de un determinado vehículo, las cuatro puertas se abrieron de golpe.
De su interior descendieron cuatro hombres.
Altos y delgados, presentaban rasgos árabes.
Los cuatro vestían prendas oscuras y, aunque no iban de traje, sí que se podía apreciar cierta elegancia.
Los rodearon sin mediar palabra. Ninguno de aquellos hombres presentaba ni un ápice de nerviosismo.
Al contrario, tenían bien repartidas sus funciones.
Dos observaban a su alrededor con detenimiento, controlando el perímetro.
Un tercero daba seguridad a sus compañeros con la mano posada sobre una pistola nueve milímetros, que llevaba oculta, posiblemente procedente del mercado negro.
Ya no se encontraban en Estados Unidos, donde abundaban las armas de fuego, ahora estaban en el viejo continente, donde la gente, por lo general, no portaba armas de fuego con tanta facilidad.
El cuarto fue quien interactuó con la pareja.
La doctora los reconoció de inmediato. Dos de ellos estaban dentro del Eclipse cuando ella bailaba con los chicos españoles.
Los recordaba porque fueron los únicos que no la miraron con lujuria.
No había deseo en aquellos ojos, sino un odio frío, marcado además por un mismo tatuaje bajo el ojo derecho, idéntico al que llevaban los otros dos recién aparecidos.
El tatuaje consistía en un triángulo equilátero abierto por la parte superior y dos puntos donde debía estar el vértice superior. «¿Serán parte de una secta?», pensó ella, que tenía una postura bastante más preparada para la acción que la del chico que la acompañaba.
El que seguramente era el líder tenía un aspecto siniestro.
Sus ojos mostraban unas ojeras tan oscuras que se apreciaban incluso bajo aquella tenue luz de las antiguas farolas.
Aquella mirada fría y calculadora era solo una pequeña parte de una cara estrecha, con nariz aguileña y un mentón afilado que no inspiraba nada de confianza.
Con un gesto seco, les indicó que siguieran caminando.
No les hizo falta palabra alguna; lo entendieron casi instintivamente y se pusieron en marcha a la vez.
Andrew tragó saliva, muerto de miedo. Aquella situación era completamente nueva para él.
Su compañera se encontraba bastante más calmada, como si funcionase bien bajo presión.
—Por favor, les daremos todo el dinero que llevamos, pero no nos hagan daño —expresó Nadia, dirigiéndose al hombre que parecía dirigir al extraño grupo.
Llegaron a una zona entre varios contenedores donde la luz y la seguridad brillaban por su ausencia. El hombre se dirigió en todo momento a Andrew.
—Aunque no lo crea, queremos ayudarle, pero deben llevarnos al lugar donde tienen escondidas las tablillas que, mediante derramamiento de sangre, se llevaron de Bagdad. Sabemos que las tienen en su poder y deben devolverlas ahora mismo.
Aquel siniestro personaje se expresaba con palabras y construcciones gramaticales excesivamente correctas; no así su pronunciación, forzada e imprecisa.
El aire se les heló en las venas. Andrew y Nadia se miraron.
Ella aprovechó la torpeza lingüística de aquellos tipos y, con rapidez, le dictó unas órdenes escuetas pero vitales al ingenuo profesor:
—¡Mantén el equilibrio y corre!
Antes de que él pudiera reaccionar, Nadia le propinó una bofetada que le hizo ver luciérnagas en el ojo izquierdo.
A punto estuvo de ir al suelo inconsciente, pero aguantó el dolor y logró mantener la entereza.
Ambos echaron a correr en sentidos opuestos, dificultando que sus perseguidores se centraran en uno solo.
Un disparo resonó en la noche, rebotando contra la fachada de un edificio de piedra, pero el proyectil falló. El líder rugió en árabe:
—¡No dispares! ¿Quieres alertar a la Policía?¡Cogedlos!
La persecución comenzó.
Nadia arrancó en un sprint fulminante hacia una calle abarrotada de bares y turistas.
No dudó. Se adentró en la muchedumbre; el bullicio era su única ventaja.
Sus perseguidores tampoco lo hicieron: la persiguieron abriéndose paso a empujones, pero la multitud la engulló.
Con astucia, entró en un local atestado de gente bailando, bebiendo y riendo como si no hubiera un mañana.
Se acercó rápidamente a la barra, escurriéndose entre la gente con suma maña.
El corazón le iba a mil. Su brújula interior daba giros sin parar, intentaba localizar a aquellos tipos antes de que ellos la localizaran a ella.
Ya en la barra, la suerte pareció sonreírle.
Una camarera joven, cubierta de tatuajes y con una sensualidad arrolladora, se encontraba justo al otro lado.
Le dedicó una sonrisa cómplice, lista para servirle un trago.
En otra situación, su otra yo no hubiese dudado en intentar algo con aquel ángel, pero aquello era distinto.
Tenía a uno de los tipos prácticamente encima y ya no le quedaba espacio para seguir huyendo.
Actuó rápido e improvisó, le dijo a la camarera que gritase a la clientela, que una ronda de chupitos era a su cuenta.
La trabajadora asintió efusiva, alzó la voz y gritó la invitación a los cuatro vientos.
El persecutor, que encontraba apenas a cuatro metros de Nadia, clavó la vista en la trabajadora y la doctora aprovechó para escapar a hurtadillas. Fue entonces cuando, el otro hombre la encontró y la agarró del brazo. Por suerte, aquel sicario no tuvo en cuenta las consecuencias de aquella acción.
El gesto no resultó ni mucho menos agradable visto desde fuera, lo que provocó que un grupo de jóvenes se enzarzara con el hombre.
El tipo salió bastante mal parado: uno de los jóvenes le propinó un derechazo que lo envió directamente al suelo, mientras la gente a su alrededor se centraba en la pelea.
Algunos se alejaban, otros vitoreaban. Un segundo joven, secundado por dos amigos, comenzó a patear a aquel hombre de rasgos de árabe mientras este yacía en el suelo.
Recibió varias patadas en el cuerpo, por lo que aquel pobre diablo se vio obligado a sacar su arma.
La clientela, incluidos sus atacantes, salió despavorida; otros, al ver el arma y al grito de «¡pistola! ».
En cuestión de segundos, se formó una avalancha que intentaba desesperadamente salir del local. Para entonces, la profesora Al-Hassan ya había emprendido la huida y se encontraba bastante lejos del lugar.
Andrew, por su parte, corrió hasta un mercado nocturno repleto de puestecitos de bisutería y artesanía.
El caos de las luces y las voces le dio un respiro.
En un intento desesperado por encontrar una salida, se arrojó tras un mostrador lleno de collares de cuentas y conchas.
El dueño del puesto, un hombre mayor de mirada despierta, comprendió la situación de inmediato y le hizo una seña de silencio.
Cuando uno de los perseguidores se detuvo frente al puesto, el vendedor comenzó a hablar sin pausa, ofreciéndole pulseras y collares, levantando las piezas con insistencia.
El hombre del tatuaje, incómodo, gruñó algo y se alejó maldiciendo.
Andrew suspiró con alivio y le agradeció la ayuda con un apretón de manos.
No tardó en retomar la huida, mirando hacia atrás a cada paso.
Pero, al doblar una esquina, aquel líder de aspecto siniestro lo sorprendió.
Con un empujón brutal, intentó meterlo en una callejuela oscura.
Andrew reaccionó por instinto con un puñetazo que apenas desvió la embestida.
El combate fue desigual. Logró conectar un par de golpes, pero pronto se vio superado.