12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME #2
Apuró su copa y dejó el vaso en la barra.
Sintió que la única salida a ese dolor era centrarse en su objetivo.
Ya había perdido demasiado tiempo en pensamientos banales y no podía permitirse más distracciones.
Decidido, se encaminó hacia el acceso a la zona VIP.
Se acercó a dos hombres vestidos con traje azul oscuro y corbata.
Sus músculos marcados y sus facciones serias irradiaban un aura de extrema desconfianza y peligro.
Custodiaban una cadena metálica que hacía las veces de frontera entre el mundo de la fiesta y otro muy distinto, donde el disfrute y el inocente ocio quedaban fuera de lugar.
—Buenas —alzó la voz con educación, por encima del ruido—. Vengo a ver a Franc Tenalta. Soy amigo suyo.
El más cercano lo miró con desinterés profesional y un gesto que dio a entender que debía marcharse de ahí.
—Pues búscalo en otro momento —respondió con desgana.
En cualquier otro momento de cualquier otro día de su monótona vida se habría dado la vuelta y se habría marchado de allí como una comadreja, pero había demasiado en juego.
—De verdad, es importante. Vengo desde muy lejos. Soy Andrew, díganle que…
El cancerbero dio un paso y lo eclipsó. Tenía la cabeza rasurada y los hombros de un animal de carga. Acento soviético, de los que cortan las consonantes por la raíz.
—Controlo a casi mil personas esta noche —dijo, pegando la cara a la de Andrew y con una calma que era pura decisión—. Tú te vas, ahora.
«Otro gigante de Europa del Este. ¿Por qué me tiene que tocar a mí lidiar con estos tíos?», pensó Andrew, temiendo por su integridad física.
—Escuche, solo necesito pasar un mensaje. No quiero problemas.
El hombretón ladeó la cabeza hacia su compañero y habló sin apartar los ojos de Andrew:
—Vuelvo ahora.
Le agarró del hombro con la firmeza de un perro de presa y lo empujó hacia la salida lateral. Fuera, el ambiente estaba menos viciado y el silencio le permitió descansar los oídos.
—Si no respetas mis reglas, no vas a volver a entrar —dijo el ruso, soltándolo como si fuese un dulce pajarito, dispuesto a alzar el vuelo.
—¡No lo comprende! —Andrew abrió las manos, intentando contener el impulso de parecer una súplica—. Yo…
—¿Que no comprendo qué? ¿Me estás llamando estúpido?
El gigante basculó el peso, listo para arremeter. Entonces Nadia apareció entre ambos con una precisión quirúrgica. Le bastó media frase en ruso para detenerlo en seco. Sabía que tenía muchas armas, pero, sin duda, su belleza femenina era la única capaz de detener a aquella montaña.
—Spokóyno —dijo, y el portero parpadeó como si alguien hubiese cambiado de canal. Le habló en su idioma—. No queremos problemas, necesitamos encontrar a Franc Tenalta, ahora mismo.
El cerebro del gigante cortocircuitó. La miró una vez, luego otra, y como si no tuviese otra opción, llevó un dedo al pinganillo, inclinándose ligeramente, y masculló:
—Boss, aquí en acceso VIP. Una mujer despampanante pregunta por Tenalta. Dice que lo necesita ahora.
Hubo un silencio y se oyó una misteriosa voz. La respuesta fue breve.
—¿Está buena, dices? Vale, que pase.
El portero asintió.
—Puedes pasar a la zona reservada —le dijo a Nadia en inglés rudimentario.
Cuando fueron a entrar, la cadena se levantó justo a la altura exacta de la cintura de Nadia. El portero, el mismo que casi había embestido a Andrew, extendió el brazo para bloquearle el paso.
—Solo ella. Tú no pasas.
Nadia se dio la vuelta despacio, con una paciencia eterna. Se había impuesto y tenía claro que todo lo que ella le demandase, aquel tanque de guerra lo iba a cumplir.
—Déjale pasar. A menos que tu jefe hable inglés o ruso…
El portero hizo una mueca de total desagrado.
Miró otra vez a Nadia, luego a Andrew, y bajó la cadena.
Con un gesto seco, los guio por un pasillo donde el ruido de la música del DJ ya sonaba lejano.
Era un pasillo estrecho, por el que el ruso apenas cabía.
De haberse cruzado con alguien de su tamaño en sentido contrario, habrían tenido que retroceder un buen trecho.
La luz era tenue y pudieron atisbar fotografías de diversas personas con bandas y músicos famosos, de cuyos espectáculos habían pasado por aquel local.
—No me habías dicho que hablabas ruso —comentó Andrew, caminando tras Nadia como un niño asustado que va pegado a las faldas de su madre.
—No me lo habías preguntado —susurró ella—. Mi madre era rusa. Hablo inglés, ruso, italiano y algo de francés. Te hablaré de mi familia y de lo que quieras saber, pero creo que este no es el momento, ¿verdad?
—Cierto —respondió Andrew, prestando más atención a la situación que a lo que Nadia le había respondido.
Llegaron a una zona reservada: sofás dispuestos en semicírculo, mesas con botellas de cristal y un mobiliario rudimentario, pero bien cuidado.
El jefe de seguridad aguardaba junto a una mesa alta.
Era un hombre de mediana edad, con barba de tres días y ojos atentos en un rostro que denotaba cansancio y un deseo latente de escapar del mundo de la noche.
—Buenas noches, mi nombre es Marco. ¿Sois los que preguntan por Tenalta?
Nadia asintió. Andrew se dispuso a hablar, pero un gesto de ella bastó para no hacerlo. Ella tomó la palabra.
—Así es.
—È una bella ragazza —piropeó en italiano, mientras analizaba su cuerpo de arriba abajo. Su inglés denotaba las carencias propias de quien lo conoce, pero no lo utiliza con frecuencia.
—Venimos de parte de su madre —mintió con la naturalidad de quien elige una herramienta a su disposición—. Necesitamos verlo cuanto antes.
El jefe no pestañeó. Señaló un asiento.
—Nadie «necesita» nada aquí —replicó—. Se pide y se espera.
Nadia sostuvo su mirada. Aquel hombre no era tan grande como el ruso de antes y, sin embargo, con él no tenía otra opción que acatar sus normas.
—Lo pedimos. Y esperamos —dijo, aceptando las reglas del juego.
—¿Quiénes sois?
El jefe los analizaba sin perder detalle, estudiando tanto su lenguaje verbal como el corporal.
—Soy su amigo de la infancia. Estábamos de paso y queríamos darle la noticia de que nos vamos a casar —expuso Andrew con la naturalidad de quien se cree su propia farsa.
El jefe de seguridad se aproximó a Andrew. Se acercó tanto que pudo oler la colonia que aquel tipo se había echado hacía ya bastantes horas. Pudo olerle hasta el aliento a chicle de menta que trataba de ocultar el olor a tabaco. Después, miró a Nadia.
—La tua scimmia sa parlare… —hizo una larga pausa, mirando de reojo a Andrew. Finalmente sentenció—: e sa anche mentire.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Andrew, que no comprendía lo más mínimo.
—Dice que eres un mono que habla bien, pero que también mientes.
Andrew abrió los ojos de par en par. No se hubiese imaginado por nada del mundo aquella contestación. Nadia se dirigió rauda hacia el arrogante jefe de seguridad.
—Gli ho insegnato a mentire.
El italiano soltó una profunda carcajada.
—¡Hablas italiano!
—Un poco.
—¿Qué le has dicho, Nadia?
—Que fui yo quien te enseñó a mentir.
—¡Yo no miento! —respondió Andrew airado. Le temblaba la voz y tenía la camisa empapada en sudor.
Fue entonces el italiano quien, con severo tono tomó la batuta en aquella improvisada reunión.
—Me da igual si os casáis o no, pero este no es el problema.
Tu lenguaje corporal, tu tensión y tu miedo te delatan, stronzo.
Además… ¿casaros? Esta ragazza es demasiado para ti.
—Marco hizo una meditada pausa para comprobar el efecto de sus palabras en aquel débil hombrecillo—.
Franc no está trabajando hoy y no pienso deciros una mierda sobre dónde está.
Así que tienes dos opciones. La primera: coges a esta donna y os vais a tomar por culo de mi local.
—¿La segunda? —preguntó Andrew, entre el miedo y el hastío.
—Volvéis a la fiesta, disfrutáis y después os vais a tomar por culo de mi local. Si elegís la segunda, alguno de mis chicos puede venderos buen cristal a un buen precio. Cortesía de la casa.
El jefe de seguridad hizo un gesto al gigante, que los acompañó hacia la salida. Fue entonces cuando Nadia intervino:
—Disculpa, ¿podría pasar al baño de aquí? Una mujer tiene necesidades y los baños están hasta arriba.
—Esa puerta de ahí —respondió sin siquiera reparar en ella.
Nadia se debió mientras que Andrew recorría el oscuro pasillo de vuelta, delante de aquel inmenso ruso.
La música se oía grave, lejana y el miedo de recibir una paliza era constante.
Cuando llegaron a la puerta de salida, el ruso se plantó delante suyo.
Cerró los ojos, temiendo lo peor. Lo bueno era que, con su envergadura, un solo golpe bastaría para dormirlo por la vía rápida.
—¿Qué va a ser, la uno o la dos? —preguntó el ruso, provocando una máxima apertura de ojos e incertidumbre en el profesor.
—¡La uno, la uno!
Ya había tenido suficiente en aquel antro. Nadia apareció casi media de hora después.
—¡Ya sé dónde está tu amigo!
—¡Tienes que estar de broma! ¿Cómo demonios has descubierto eso?
—Una chica tiene sus recursos… —contestó, quitándole importancia. A él no le gustó aquella respuesta en absoluto. ¿Habría pagado con sexo aquella información?—. Tu amigo está o, mejor dicho, estará mañana en esta dirección y a esta hora. Nadia le entregó un papel escrito a bolígrafo.
Polígono Ibarra, Bilbao. País Vasco. 26 de mayo de 2027 a las 20:00 horas
Andrew cogió la nota dubitativo y temeroso. «¿Es que lo del avión no significó nada?». Tuvo que sacudirse los pensamientos y centrarse en lo que acontecía.
—¿Y qué se supone que está haciendo allí?
—Eso le he preguntado yo, pero él mismo no lo sabía. Y te prometo que, de haberlo sabido, me lo habría contado.
Tras oír aquella última frase no pudo soportarlo más. Tenía que saberlo por él, por ella, por ellos.
—¿Y se puede saber cómo estás tan segura? Es decir, ¿cómo demonios has conseguido una información que era vital para nosotros? —Andrew comenzaba a estar bastante molesto y frustrado. Nadia se quedó mirándolo y comenzaba a sentirse molesta.