12 LA ISLA QUE NUNCA DUERME
«Ibiza: donde la noche celebra
y el amanecer perdona».
ANÓNIMO
Hotel Cala Serena, carrer del sol ponent, Ibiza. España.
Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.
E l avión había aterrizado por la tarde. Para entonces, Ibiza ya vibraba con un ambiente festivo que hacía parecer que todo empezaba un poco antes y terminaba muchísimo después. Andrew y Nadia viajaban desde Málaga con dos habitaciones reservadas.
No era muy hábil en muchos asuntos, pero ser un espécimen humano sin fuerza física ni habilidades de combate le había enseñado a aprender de malas experiencias para no volver a repetirlas.
En aquella ocasión, se alojaron en un hotel modesto, pero con unas vistas de ensueño a la playa, donde se encontraba la discoteca Eclipse.
Si bien el hotel no contaba con grandes lujos, los atardeceres que se podían contemplar desde sus habitaciones lo suplían con creces.
Telefonearon al local donde, en teoría, trabajaba Tenalta, pero el trabajador que atendió la llamada fue parco en palabras.
Les informó de que, efectivamente, trabajaba allí, pero que ahora no se encontraba, se había ausentado, y desconocía cuándo volvería.
—De todos modos, hay temas delicados en los que, además de la voz, hace falta la mirada —le había dicho Nadia a Andrew cuando colgó la llamada.
A decir verdad, llevaban un tiempo compartiendo viaje e incluso habían tenido sexo, y aún le sorprendía el carácter y la valentía de aquella muchacha.
El profesor comenzó a deshacer la mochila cuando Nadia irrumpió en la habitación.
—Bien, profesor, aquí pone que esta noche hay un fiestón salvaje en la discoteca Eclipse. Yo creo que es una buena oportunidad para divertirnos un poco y, de paso, buscar información.
«No lo sé, la última vez que nos divertimos, mira como acabó», pensó el profesor, mientras se le escapaba una sonrisa traviesa.
—¿Por qué sonríes? —preguntó la doctora, mientras levantaba la ceja derecha en gesto de desconfiada curiosidad.
—¿Eh? Ah, no, perfecto. Me parece perfecto.
—Bien —respondió sin terminar de convencerse. Pasó aquello por alto y continuó—: Perfecto, entonces, pero, ni loco te vas pensar tú que vas a venir a una fiesta conmigo con esa pinta.
—¿A qué te refieres? —preguntó, mirándose y estirándose de la camiseta. Definitivamente, aquella mujer había herido su ego.
—¡Por Dios, Andrew, utilizas camisetas de superhéroes!
—¿Qué problema hay con mi camiseta del Capitán Oruga? —replicó, ofendido.
—¡Que la gente la puede ver! Además, mucho me temo que no te van a permitir entrar vestido así. Así que nos vamos de compras.
Lo llevó a una tienda donde sonaba un hilo musical contemporáneo y relajante.
Andrew entró en uno de los probadores, que olía a ambientador y a restos de colonia de algún usuario previo.
Se vistió con una camisa de lino verde oliva que le sentaba peligrosamente bien, unos pantalones entallados color carbón y unos zapatos de piel que, definitivamente, hacían justicia a su precio.
Cuando por fin salió de la habitación, la doctora no pudo resistirse.
—¡Guau, profesor! Desde luego, el hábito sí hace al monje.
De vuelta en el hotel, Andrew tomó una relajante ducha, se vistió y fue en busca de su cita. Tocó la puerta y, en efecto, estaba como un flan. Ella abrió la puerta en albornoz, con una toalla sobre la cabeza. Le ofreció pasar y prometió no demorarse demasiado.
—¿Te falta mucho?
—Dos minutos —respondió su femenina voz desde el interior.
Pasaron dieciocho minutos, pero la espera mereció la pena. Cuando se abrió aquella puerta, la luz de la habitación pareció volverse más tenue, ensalzando la figura de aquella mujer.
Nadia salió deslumbrante.
El delineado de sus ojos y sus largas pestañas acentuaban aún más el negro de su mirada. Los labios, de un rojo cereza que no se repetía en ningún otro rincón de la habitación, parecían decir: esta noche mando yo.
Llevaba un vestido negro, brillante y ajustado, con un escote que quitaba el hipo, sostenido por tirantes tan finos que parecían obedecer leyes de la física.
El cuello estaba adornado con una gargantilla de oro blanco, con una pequeña piedra de jade engarzada en forma de corazón, y unos pendientes a juego.
Los tacones, altos y finos, realzaban la figura de aquella dama, que parecía haber crecido quince centímetros.
—Vaya —expresó Andrew, sincero—. No sé si estaré a la altura…
—Vestido así, desde luego que sí, guapo. —Acarició su barbilla.
Era jueves por la noche y la discoteca, con aforo máximo para ochocientos individuos, estaba a rebosar.
Desde la acera, la música se colaba cada vez que el personal de seguridad abría la puerta para que aquellos clientes sedientos de fiesta accediesen a aquel templo musical.
Una larga hilera de gente llegaba hasta el otro lado de la esquina.
Allí se hallaban cientos de rostros brillantes, perfumes que hablaban idiomas y una edad media que, desde luego, era el estandarte de la juventud.
Acceder a la Eclipse era un lujo al que todos buscaban conseguir.
Cuando entraron en la discoteca, el cambio en los sonidos circundantes se produjo de forma radical.
Las señales auditivas se percibían por etapas, con intensidades de distintos niveles.
Eso permitía que el cerebro entendiese que el local contaba con múltiples y diversas estancias, sin necesidad siquiera de observarlas.
El aire estaba viciado, y olores a sudor, alcohol y colonias de distinta índole se transportaban por el sistema de aire acondicionado.
En un momento dado, a Andrew le sobrevino un aroma artificial a sandía y menta que le golpeó la mente, transportándole a una pretérita cita con una chica, cuando no era más que un adolescente.
Dentro de la sala principal, unas columnas de humo descendían en cascada, cual cortinas de terciopelo.
En el techo, un enjambre de paneles LED cambiaba de geometría constantemente.
La elevada cabina del DJ hacía las veces de altar central del templo, desde donde aquel electrónico sacerdote oficiaba las misas musicales que eran aquellas fiestas.
En cuanto a sus ociosos feligreses, llevaban a cabo diferentes actividades que, contempladas en conjunto, fluían con una coordinación casi natural.
Algunos bebían. otros bailaban rozando sus cuerpos con sensualidad.
Había quienes brindaban y también quienes consumían sustancias de dudosa legalidad.
Reinaba el caos propio de una discoteca con luz tenue, repleta de personas entregadas a actividades muy distintas, pero que compartían un nexo en común: a todos los protegía un manto de oscuridad y la música actuaba como cómplice expiatorio de los lujuriosos pecados que allí tenían lugar.
Se mantuvieron de pie en unas escaleras, a cierta altura, que les permitían tener una vista completa de toda la pista de baile .
—Cuando todo se mueve a la vez —dijo Andrew— es más difícil que te vean. Vayamos a por la información.
—Todavía no —contestó Nadia, justo cuando él estaba a punto de dirigirse hacia la zona donde una barra separaba al personal de seguridad del resto—. Primero vamos a disfrutar de la fiesta. Estamos en Ibiza. ¡Tenemos que aprovechar y divertirnos un poco!
No esperó respuesta. Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la barra, larga como una pista de aterrizaje.
Pidieron dos bebidas. Andrew eligió algo sencillo: ginebra con tónica y una rodaja de lima.
Nadia, un trago transparente con un nombre imposible y un ligero toque de anís. Levantaron los vasos y brindaron.
—¡Por dar con Franc y encontrar a Plunder! —expresó en alta voz el profesor, alzando el vaso.
—¡Y por no dejar de ser nosotros mismos en el camino! —secundó ella, con una mirada que lo atravesó.
Andrew no captó el mensaje, pero tampoco le importó demasiado.
Estaban en Ibiza, en una misión secreta; eran jóvenes y, como si de un cliché se tratase, la noche lo era aún más.
Brindaron, sosteniendo una ardiente pasión en sus miradas, aunque pensamientos muy distintos danzaban en cada una de sus cabezas.
Las sombras daban paso a las luces centelleantes de láseres y focos en movimiento, que a su vez volvían dar paso a más sombras.
Todo formaba parte de un bucle infinito, en perfecta armonía con la música.
Permanecieron tan absortos el uno en el otro que no se percataron de dos hombres, llegados de tierras lejanas, que los controlaban y analizaban cada uno de sus movimientos.
Aquellos dos sujetos habían seguido sus pasos desde Estados Unidos.
Bailaron. Primero, un tanteo, como quien se mueve en la oscuridad hasta que las pupilas se acostumbran.
Después, la música les enseñó la mecánica y ellos simplemente se dejaron llevar.
Nadia, al igual que en el avión, no podía conformarse con ser una más.
Ella era el control. Pero, a diferencia de entonces, no formaban parte del mismo baile.
La doctora era la luz y los hombres a su alrededor eran las polillas.
Andrew la vio reír con varios chicos de piel tostada por el sol y brazos como ejes de camión.
Uno intentó besarla; ella le apartó la cara con dos dedos, sin violencia, sin duda.
Otro se acomodó detrás, le besó el cuello mientras la sujetaba descarado por las caderas, subiendo el tono.
Nadia no lo detuvo de inmediato; alzó la mirada y buscó a Andrew por encima del hombro ajeno y lo encontró.
Él se sentía más Andrew Summons que nunca. Como siempre, veía los toros desde la barrera, desanimado. De nuevo, aprendió aquella maldita lección: el juego de Nadia era demasiado doloroso para verlo sin ser partícipe, y aún más destructivo para quien ya había entrado en él.