Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 11 MONTEJARA #4
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11 MONTEJARA #4

—No, hijo. Sé que encontró trabajo en Ibiza por medio de Juan y se fue hace unos meses. Su última llamada la recibí la semana pasada, pero ya sabes, este sinvergüenza no me cuenta nada.

—¡Juanillo! —dijo Andrew, dejando escapar una risa de niño. Acto seguido tradujo en inglés para Nadia.

La señora Flores les interrumpió y continuó hablando:

—Pero bueno, os daré el teléfono de Franc y podéis llamarle vosotros mismos para darle la nueva.

La mujer se puso en pie como un resorte y agarró el móvil. La pobre, ya entrada en años, entrecerraba los ojos para hacer el esfuerzo por leer aquellos minúsculos números. Mientras alejaba y acercaba el móvil de su cara…

—¿Es el que empieza por 67732…? —preguntó Andrew sin levantar él la mirada de su dispositivo.

—¡Sí, ese es!

Andrew se giró hacia Nadia y, en inglés, le explicó que el teléfono que la señora Flores tenía era el mismo que tenía él.

Nadia tomó la palabra en inglés, con firmeza:

—Tell her not to worry. We’ll inform Franc ourselves. Don’t mention that we came.

Andrew lo transmitió en español.

—No se moleste, señora. Me parece que ese número es el que tenemos. Y, por favor, no le diga que hemos estado aquí, ya le daremos nosotros la noticia.

—Ah sí, sí. Dile a tu novia, bueno, prometida, que esté tranquila. No diré una palabra.

La señora sonrió de tal modo que incluso Nadia entendió lo que había dicho. Mientras se dirigían a la puerta, la señora Flores cogió a Nadia de la mano, pasó su otro brazo por su cadera y se acercó de modo enternecedor. Con un cariño en la mirada que solamente una madre puede profesar, dijo:

—¡Me voy a comprar un vestido precioso!

Aquello pilló tan por sorpresa a Andrew que este, ante la atónita mirada de Nadia, solo atinó a decir:

—Eso luego te lo traduzco…

Estuvieron un buen rato despidiéndose, que finalizó en un cariñoso abrazo. Aquella mujer demostró al profesor lo amado y bienvenido que había sido y que siempre sería en aquella casa.

El profesor cumplió su palabra e hizo un tour por todo el pueblo para Nadia.

Comieron en un restaurante típico y después fueron a tomar unas cervezas en una terraza de la plaza, mientras Andrew le explicaba datos históricos de los lugares más icónicos del pueblo.

En un momento dado, Nadia le preguntó qué había dicho la madre de Franc antes de marcharse y, tras la respuesta de Andrew, soltó una gran carcajada.

—Estoy segura de que elegiría un vestido increíble. Me ha encantado la madre de tu amigo.

Más tarde, se dirigieron a un local donde le presentó a amigos y conocidos que aún frecuentaban aquel lugar, en el que solían pasar las tardes jugando al futbolín y a los dardos.

Todos, o casi todos, le hicieron la misma pregunta —o parecida—: ¿cómo demonios había conseguido una chica así?

La cara de Andrew se había puesto de todos los colores y ella no podía sino reírse cada vez que él le traducía aquel tipo de frases.

Estuvieron de vuelta en la posada cuando caía la noche. Andrew, a petición expresa de la doctora, la dejó en la entrada del establecimiento mientras él aparcaba a unos cuantos metros calle abajo.

Cuando regresaba, no pudo evitar fijarse en un hombre de gran estatura con el que se cruzó, procedente de las inmediaciones de la posada.

No pudo verle la cara porque llevaba una gorra e iba cabizbajo, pero aquel gigante fumador no le dio muy buena espina.

Medía casi dos metros de altura y caminaba con una seguridad que le otorgaba un aura peligrosa.

Apretó el pasó, mirando hacia atrás en varias ocasiones, pero el hombre ni reparó en él.

Se preguntó si ya nunca más se sentiría seguro, y eso lo atemorizó.

—¿Qué pasa, profesor, has visto un fantasma? —le preguntó ella, sonriendo, con la mano derecha apoyada en la parte trasera de su cintura.

—Ja ja, muy graciosa, doctora. Ha sido un día entretenido y estoy agotado. Qué ganas de meterme en la cama… —deseó él mirando al suelo.

Ambos entraron de nuevo en la posada con sentimientos encontrados. Charlaban alegremente cuando una voz conocida alzó la voz desde detrás del mostrador de recepción:

—Disculpe, señorita, pero la habitación tenía que estar libre para las doce del mediodía.

Se trataba del trabajador que les hizo el check-in.

La mirada de Nadia fue tan intensa que el hombre no tuvo más remedio que bajar la cabeza y decir que no había problema. Ambos se miraron y entraron en el ascensor riendo.

—Desde luego, tiene usted una facilidad pasmosa para asustar a los hombres —dijo él, soltando una buena carcajada.

—Solo a los que se lo merecen, profesor. Por cierto, quiero que sepas que hoy ha sido uno de los días más bonitos que he tenido en mucho tiempo. Recuérdalo en futuros acontecimientos.

Andrew la miró fijamente, tratando de descifrar lo que había querido decir, pero aquella mujer era todo un rompecabezas. Cuánto más la conocía, más dudas crecían en su interior.

—Bueno, entonces… ¿Ibiza? —continuó ella, cambiando de tema.

—¡Ibiza! —respondió él con una mirada tan interesante que hizo tambalear las propias convicciones internas de su compañera.