Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 11 MONTEJARA #3
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11 MONTEJARA #3

Era una cálida mañana de mayo. Esa época de cambio en la que la primavera se prepara poco a poco para dar paso a la estación del calor y las fiestas españolas, se acercaba el verano. El sol bañaba el pueblo con una luz clara, dorada y cálida.

Una hilera de casitas independientes con jardín adornaba al detalle la calle del alba.

Su nombre describía a la perfección la primera calle en iluminarse con la luz del día.

Se trataba de una zona residencial muy limpia y, al igual que en todo el pueblo, gozaba de un notable nivel de vida.

El color verde se encontraba presente en el mobiliario urbano y en algunas viviendas, como en las persianas o los balcones.

Las estructuras urbanas tenían una majestuosa sintonía con las plantas, los árboles y los arbustos que componían el paisaje.

Se detuvieron primero en el número ochenta y seis.

La antigua casa de los abuelos de Andrew.

La nostalgia por esos preciosos recuerdos lo invadió de tal forma que estuvo a punto de que se le escapasen las lágrimas.

Echaba tanto de menos aquellos tiempos… Pudo apreciar ciertos cambios, como el color de la verja de la entrada, las cortinas de las ventanas y otros tantos de menor entidad.

Aun así, aquella casa en la que habían tenido tantos momentos felices junto a sus abuelos seguía igual.

Un fuerte sentimiento lo invadió. Reflexionó que por eso se decantó por la arqueología: la paz interior que le brindaba la presencia de aquella antigua casa era semejante a la que habían producido los milenarios monumentos a lo largo de su vida.

—¿Es aquí? —preguntó Nadia, interrumpiendo las ensoñaciones de un melancólico profesor.

No reaccionó a la primera. Estaba totalmente ensimismado y Nadia le tuvo que repetir la pregunta.

—¿Eh? Disculpa. Esta es… era la casa de mis abuelos. La de los padres de Franc es esa de ahí —señaló con la mirada—. La ochenta y ocho.

Se dirigieron a la vivienda indicada, en cuya puerta de entrada Andrew se detuvo unos segundos.

—Disculpa, hace tiempo que no entraba en contacto con mi infancia… Pero ya está. ¡Vamos!

—No hay prisa, cuando estés listo —le dijo ella, posando una mano sobre su hombro.

Andrew sonrió y tocó el timbre. Se oyeron unos pasos y, desde dentro, una voz preguntó:

—Sí, ¿quién es?

—Buenos días, señora Flores… —inició Andrew, cuando la puerta se abrió de repente.

Una señora entrada en años, con una amplia sonrisa, le interrumpió:

—¿Andreu, eres tú de verdad? —cuestionó aquella mujer, pronunciando su nombre de un modo que sonaba más catalán que anglosajón.

La mujer no pudo contener las lágrimas de felicidad que brotaron de sus enormes ojos verdes.

Acto seguido, y mirando para no tropezar al salir de la casa, se acercó al muchacho con una rapidez impropia de su edad.

Lo besó y abrazó con un cariño que Andrew no recibía desde hacía bastante tiempo.

Él la abrazó con fuerza y sus lágrimas se unieron a las de la señora Flores.

La madre de Franc les invitó a pasar con la energía que la caracterizaba.

Una vez dentro, Andrew no pudo evitar fijarse en que prácticamente todo en aquella casa continuaba igual.

Habían pasado diez años desde la última vez que había estado ahí y lo único diferente era que los presentes tenían diez años más.

Media hora llevaban en el salón de la madre de Franc, y media hora llevaba él haciendo de traductor.

La señora Flores los había acompañado dentro como solo una buena madre y anfitriona sabe: mostrándose acogedora, con sonrisas y halagos, a la vez que les quitaba todos sus efectos personales para aliviarles la carga.

En el trayecto desde la puerta de entrada hasta el salón, unos escasos diez metros, aquella encantadora mujer les hizo diecisiete preguntas, diez sugerencias y un piropo a Nadia que la ruborizó.

—¡Qué bonita es tu novia, Andrew! —le había susurrado cariñosamente.

Cuando aquella mujer se ofreció a prepararles un café, Andrew trató de negarse, pero sus intentos cayeron en saco roto.

La señora Flores preparaba el café mientras le hacía preguntas a grito pelado desde la cocina.

Luego les sirvió café y galletas. Mantuvieron una larga y dulce conversación en la que recordaron bonitas anécdotas y otras no tan agradables; recordaron a los seres queridos que ya no estaban presentes y, con ello, revivieron el cariño y el dolor que aquellos recuerdos traían consigo.

Eso pasó con el padre de Franc, que había fallecido el año anterior a causa de un cáncer de pulmón bastante agresivo.

Andrew había intentado no perder el objetivo de aquella visita, pero durante su estancia en la casa de los Tenalta-Flores surgieron multitud de sentimientos que no podía ni quería evitar.

Además, aquella mujer era una prueba viviente de los tiempos que había vivido en aquella tierra.

Verla y hablar con ella lo conectaba con su niño interior.

Por suerte, la madre de Franc hizo la pregunta clave.

—Bueno, chiquillo, ¿y a qué se debe esta alegre visita?

—Hemos venido por Franc.

Al pronunciar así la frase y ver la reacción de la señora Flores, Andrew pensó que quizá no había elegido bien las palabras.

—¿Cómo? ¿Es que le ha pasado algo a mi hijo? —La mujer se sobresaltó y un sentimiento de terror asomó en su mirada.

Andrew respondió todo lo rápido que su cerebro le permitió y después tradujo para Nadia.

—No, no, ¡tranquila! Es que estamos buscándole para… —caviló para elegir bien sus palabras— para presentarle a mi pareja. Tenemos planes de boda.

Rectificó a tiempo y miró a Nadia con cara de circunstancia.

Ella lo miraba con aquellos enormes ojos negros, sin entender absolutamente nada.

Andrew pensó por un momento no traducir lo que estaba ocurriendo, pero no pudo evitarlo.

Le explicó lo dicho y añadió en inglés—: Lo siento, no se me ha ocurrido nada más.

La doctora no pudo hacer otra cosa que seguirle el juego.

—¡Qué alegría, hijo! —exclamó la mujer sin caber en sí misma.

Andrew lo resumió a Nadia en inglés:

—Dice que está muy feliz por nosotros.

La señora Flores continuó haciéndoles preguntas sobre la boda, pero esta vez fue Nadia quien, algo brusca, no tuvo más remedio que interrumpir. Habló en inglés, mirando fijamente a Andrew, quien lo tradujo al español con solemnidad.

—Señora Flores, nadie sabe nada de nuestra boda y queremos que su hijo sea la primera persona en recibir la noticia.

—Vaya, vaya… Pues es una alegría inmensa saberlo. Lo que pasa es que no tengo idea de dónde está.

—¿No sabe dónde se encuentra? —aprovechó Andrew antes de que continuase hablando.