11 MONTEJARA #2
Puede que cierta experta en culturas milenarias se entretuviese entre papiros, tablillas o excavaciones polvorientas en medio de la nada.
Ella era Nadia Al-Hassan, una profesional en descifrar la escritura cuneiforme y desentrañar los misterios del pasado, o por lo menos eso pretendía.
Últimamente tenía dudas sobre cómo llevar a cabo su labor, y eso se presentaba como algo nuevo.
Nunca en toda su vida había dudado en el trabajo; siempre había sido quirúrgica en sus objetivos, sin importar el trabajo que tuviese que desempeñar o el riesgo al que se viese expuesta.
Preparó la bañera con agua caliente, agotó todos los geles de baño en su interior y se introdujo suavemente.
En los últimos meses se había aburrido demasiado y aquella vez no era una excepción.
Se le pasó por la cabeza llamar al profesor y pedirle que subiese, incluso llegó a tener el móvil en la mano, pero tuvo que refrenar su apetito en el último momento.
«No puedo poner en peligro mi misión por echar otro polvo», reflexionó. Se sentía furiosa, como si hubiera dañado su orgullo intachable.
—¡Una mujer como ella no puede estar pensando en alguien como Andrew Summons! —dijo en voz alta, como colofón a sus pensamientos. Incluso a ella le sorprendió.
Comenzó a criticar a aquel debilucho en la intimidad de su cabeza, pensó en todo tipo de improperios, a cada cual más descarnado que el anterior, que definían a aquel maldito americano.
Pero no fue suficiente, su maldita mano diestra bajó de forma lenta y autónoma a su entrepierna y jugó con su vulva el vals de la lujuria.
Al mismo tiempo, su siniestra apretaba y masajeaba sus pechos y pellizcaba los pezones como si ambas extremidades llevasen a cabo un trabajo en el que, un mayor nivel de coordinación, le otorgase un nivel semejante de placer.
Se odiaba así misma, se había masturbado pensando en alguien más débil que ella, en alguien impuro, pero su furia se aplacó cuando recordó que todo el mundo era más débil e impuro que ella.
Ese último pensamiento le otorgó una vigorosa fuerza interior. Se contempló a sí misma como la única capaz de llevar a cabo esa misión, sin importar el peligro o las mentiras que entrañase.
***
18 de mayo de 2027 a las 09:30 horas.
Comedor de La Colina del Sur.
Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.
Se vio de pie, solo, en medio de un desierto infinito.
La arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista, ondulándose bajo un viento seco que no lograba refrescar nada.
Muy al fondo, entre la calima abrasadora, se alzaban unas construcciones colosales de inequívoco aire babilonio: terrazas escalonadas, muros de ladrillo dorado y torres parcialmente devoradas por la distancia, como si perteneciesen a un mundo demasiado antiguo para seguir existiendo.
El horizonte entero parecía latir bajo una luz enfermiza.
El sol, suspendido sobre su cabeza como un ojo divino y despiadado, lo cegaba sin piedad.
Andrew alzó una mano para cubrirse el rostro, pero la claridad se le colaba entre los dedos en afilados cuchillos de oro blanco.
Apenas podía respirar. El aire era denso, pesado, como si llevase siglos encerrado sobre aquella extensión maldita.
Entonces lo vio.
A varios metros de distancia, inmóvil sobre una pequeña elevación de arena, se alzaba un hombre envuelto en lo que parecían antiguas vestiduras ceremoniales de Babilonia.
Sus ropajes oscuros, largos y majestuosos, ondeaban apenas bajo la brisa abrasadora, decorados con bordados que relucían débilmente al contacto con la luz.
No podía verle el rostro. La claridad lo ocultaba, o quizá era la propia sombra que lo envolvía la que se negaba a mostrarlo.
A su alrededor permanecían tres figuras encapuchadas.
No se movían. No hablaban. Tan solo estaban allí, dispuestas en torno a él como si custodiaran una verdad demasiado terrible para ser pronunciada.
El contraste era imposible: sombras densas y amenazadoras mezcladas con los rayos dorados del sol, como si el cielo y la tiniebla hubiesen pactado una tregua enferma sobre aquella escena .
Andrew quiso avanzar, gritar, exigir una explicación, pero sus piernas no obedecieron. La arena bajo sus pies parecía tragárselo poco a poco, sujetándolo con una fuerza invisible. Sintió un nudo helado en el estómago.
Y entonces se giró.
A su derecha, a no demasiada distancia, vio a Franc Tenalta. Estaba de pie, y lo miraba fijamente. Todo ocurrió en menos de un suspiro. Una mujer alzó un arma y disparó. El estruendo rasgó la oscuridad en dos.
Tenalta se estremeció violentamente.
Andrew abrió la boca para gritar, pero ningún sonido salió de su garganta.
La mujer avanzó un paso, lenta, implacable, envuelta en aquella luz turbia del sueño. Y cuando se volvió hacia él, Andrew sintió cómo el mundo se le partía por dentro.
Era la doctora Al-Hassan.
Sus ojos, oscuros e inescrutables, lo atravesaron sin el menor rastro de calidez. Sin titubeo alguno, se acercó a él. Andrew quiso retroceder, pero seguía clavado al suelo, preso de una parálisis absoluta. Nadia se detuvo frente a él, alzó una mano y, de pronto, vio el brillo de un puñal.
No hubo amenazas, tan solo el acero hundiéndose en su vientre.
El dolor fue súbito, ardiente, monstruosamente real.
Andrew jadeó, doblándose sobre sí mismo, mientras una oleada de terror puro le reventaba el pecho.
Al alzar la mirada, vio que, a lo lejos, el hombre de ropajes ceremoniales seguía observándolo, inmóvil, rodeado por las tres figuras encapuchadas como un dios antiguo que contemplase un sacrificio largamente esperado.
Entonces despertó.
Se incorporó de golpe en la cama, con un grito ahogado atrapado en la garganta y el cuerpo entero empapado en sudor. El pecho le subía y le bajaba con violencia, como si hubiese escapado por poco de una muerte real. Le costó unos momentos comprender que todo había sido una pesadilla.
Llegó al espacioso comedor recordando la espantosa pesadilla cuando la siguiente imagen lo calmó de inmediato. Un bufé con todo tipo de productos se abrió ante él. A Andrew se le dibujó una gran sonrisa cuando vio aquello. Si algo echaba de menos, sin duda se trataba de la gastronomía española.
A parte del bufé, la trabajadora del turno de mañana le indicó que disponía de otros alimentos bajo demanda, como tortilla de patatas y tortill francesa, huevos revueltos, etc.
Se preparó un desayuno monumental: embutido español, tostadas de ajo, tomate y aceite de oliva, tostada de mantequilla con mermelada de fresa.
Luego añadió el zumo de naranja exprimido, dos huevos revueltos, tortilla de patatas y un yogur griego.
Para rematar la faena, se prepararía un café con leche, para mojar las magdalenas artesanas.
Todo en aquel momento era como el mejor de los sueños.
Un hilo musical, que dotaba a la escena cierta calma, terminó de vestir aquel ritual que sería su desayuno.
Se propuso firmemente no pensar en nada de lo que le había ocurrido ni en lo que estaba por venir.
Su único objetivo en ese momento era disfrutar del desayuno.
Lo tenía todo listo encima de la mesa para disfrutar, cuando la luz que entraba por la ventana cambió de intensidad en cuestión de milisegundos. Alguien había pasado por delante de los rayos del sol. Cuando alzó la cabeza, la vio: radiante, seria y aterradora.
—Buenos días, profesor Summons —dijo Nadia, y se sentó a su lado.
—Me ha clavado un puñal…— susurró.
—¿Cómo dice?
—Oh… buenos días, doctora Al-Hassan. ¿Ha descansado?
—La verdad es que la cama era algo dura, pero sí. He descansado bien.
El profesor trató de no remover los sentimientos. No lo consiguió.
—¿Podemos hablar de lo que paso? Los dos somos adultos y lo que hicimos fue algo que pasa entre dos adultos que se atraen.
No entiendo a qué ha venido el cambio de actitud de estos últimos días, pero no lo soporto más.
Puedes tomártelo como quieras y seguir con esta actitud de niña pequeña, desde luego, pero creo que ahora tenemos problemas más importantes.
Escupió su discurso en un alarde de valentía y se sorprendió incluso a sí mismo por lo bien que le vino expresar sus sentimientos. Ella lo miró fijamente a los ojos. Guardó silencio unos instantes y respondió:
—Me cuesta admitirlo, de veras que sí, pero tienes razón.
Has sido conmigo más cortés y bueno que la mayoría de los hombres con los que me he relacionado y no he debido portarme así contigo.
Lo que sucede, Andrew, es que tengo, tenemos…
—reflexionó, eligiendo las palabras con sumo cuidado—.
Tenemos un trabajo que llevar a cabo y no puedo permitir que mis sentimientos se interpongan en nuestro objetivo.
Más si cabe cuando tu vida y la de Plunder corren peligro.
Andrew no supo qué decir. Creyó que, con su repertorio, Nadia se convertiría en un demonio iracundo y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Llegó a la conclusión de que nunca entendería a las mujeres.
—Perfecto —continuó, con un sabor agridulce—.
Nos vamos a ceñir a lo estrictamente profesional.
Me parece lo más acertado también, Nadia.
—En parte mintió—. Cuando terminemos de coger fuerzas, nos dirigiremos a casa de los padres de Franc, a ver si nos pueden decir dónde se encuentra.
Después, si tenemos tiempo, te enseñaré el pueblo. ¿Te parece bien?
—Me parece, Andrew.
A punto estuvo el profesor de contarle su mal sueño, pero tras sopesarlo creyó poco conveniente contarle que ella lo apuñaló…
En cuanto a ella, un miedo crecía en su interior. Debía mantener sus sentimientos y los de su otra yo completamente diferenciados y controlados si quería tener éxito.
***
18 de mayo de 2027 a las 11:00 horas.
Calle del Alba, 88, Montejara, Málaga. España.
Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.