Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 11 MONTEJARA
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11 MONTEJARA

«El amor comienza por el hogar».

Autovía del Mediterráneo, Málaga. España.

Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.

Andrew miraba por la ventana, hacia las montañas tras las que se encontraba su destino.

Desde lo ocurrido en el avión, no había cruzado con Nadia ni una sola palabra más allá de las estrictamente necesarias.

A decir verdad, él había intentado iniciar conversaciones banales con el objetivo de romper el hielo y, sin embargo, no había recibido más que monosílabos.

Tras varios intentos, no había tenido más remedio que desistir y mantenerse al margen pero, en esa ocasión fue ella quien inició la conversación.

Había algo reciente entre ellos. Y era ella quien había decidido dejarlo fuera.

—Siempre me ha llamado la atención una cosa de las antigüedades —dijo al fin.

Andrew agradeció el cambio de terreno.

—¿El qué?

—Que su valor no está en lo antiguas que son, sino en que han sobrevivido.

Él asintió.

—Tiene sentido.

—Han pasado por guerras, saqueos, olvidos… Si siguen ahí, no es casualidad.

—Suena casi humano.

—Lo es.

Andrew esbozó una leve sonrisa.

—Supongo que por eso nos fascinan.

—Porque creemos que lo que dura tiene más valor.

—¿Y no lo tiene?

Ella se giró apenas hacia él.

—Depende de lo que estés buscando.

Andrew mantuvo la vista en la carretera.

—¿Y tú qué crees que busca la gente?

—Paz a través del cambio.

—Eso suena profundo.

—Eso suena honesto.

Hubo un breve silencio.

—Entonces —continuó él—, ¿cuando alguien se obsesiona con el pasado…?

—Probablemente esté intentando compensar algo en el presente.

Andrew soltó una pequeña risa.

—Veo que no dejas muchas salidas fáciles.

—No suelen ser interesantes.

Él dudó un segundo.

—¿Eso también va por mí?

—Un poco.

Andrew ladeó la cabeza, incómodo y curioso a la vez.

—Explícate.

Ella tardó lo justo.

—Creo que le interesa lo que permanece porque le cuesta aceptar lo que cambia.

Andrew apretó ligeramente el volante.

—Eso es bastante específico.

—¿Me equivoco?

—No del todo.

Ella asintió, como si confirmara algo esperado.

—Suele pasar. Hay gente que prefiere lo que no se mueve porque no exige decisiones.

Andrew dejó escapar aire por la nariz.

—Eso ya no parece arqueología.

—No lo es.

Él dudó unos segundos antes de hablar.

Él respiró hondo y dudó.

—¿Y tú? ¿Qué buscas cuando miras al pasado?

Ella volvió la vista hacia el mar.

—Depende del día.

—Respuesta fácil.

—Respuesta suficiente.

Andrew soltó una leve risa.

—Eres desesperante.

—Y usted demasiado predecible, profesor.

La palabra volvió a poner todo en su sitio.

Distancia. Orden. Límite.

El coche siguió avanzando mientras el sol caía lentamente sobre la costa.

Y, aunque estaban a menos de medio metro el uno del otro, la barrera seguía ahí. Firme. Invisible. Decidida por ella.

17 de mayo de 2027 a las 21:15 horas.

Pensión La Colina del Sur. Calle la Jauría de Montejara, Málaga. España.

Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.

Por fin habían llegado a la pensión. No habían podido encontrar otro alojamiento en el pueblo, así que no tuvieron más remedio que hospedarse en la pensión La Colina del Sur.

El trayecto desde Texas había sido una montaña rusa.

Durante el tramo a París, la falta de sueño, mezclada con una perturbadora resaca, los había dejado en un estado lamentable.

Por suerte, lo habían pasado de maravilla juntos.

Ambos participantes de aquellos juegos eróticos tenían el orgullo dolido, cada cual por sus propios motivos, así que el resultado fue una espera larga y tediosa en París.

Comieron en un restaurante de comida rápida en completo silencio.

Andrew no había podido dejar de darle vueltas a por qué lo que tenía que haber sido algo maravilloso había acabado de forma tan estrepitosa.

¿Qué le había pasado por la cabeza a Nadia para que lo que había sido puro mutase en algo oscuro?

Encima tuvieron que coger otro maldito avión y después alquilar un coche para poder llegar a Montejara.

Esto hizo que llegaran exhaustos, inseguros y completamente defraudados consigo mismos.

Ya en la recepción, una mezcla de olores los invadió con fuerza.

El aroma a lejía y a ambientador barato de pino componía una extraña y poco agradable mezcolanza.

Un hombre de unos cincuenta y pocos años, que evidenciaba una acelerada alopecia y desprendía un fuerte olor a tabaco, salió de un reservado.

A Andrew su cara le resultaba familiar, aunque nunca había tratado con él personalmente.

El amable hombre les dio una calurosa bienvenida a lo que, además de su negocio, era su hogar.

Solicitó sus documentaciones y, acto seguido, les proporcionó las pocas indicaciones indispensables que explicaba a todos los huéspedes.

Tras completar el protocolo, les entregó la llave-tarjeta de su habitación.

No obstante, en cuanto el encargado les informó que su habitación con cama de matrimonio estaba preparada, la doctora Al-Hassan pidió una habitación para ella sola. Andrew no entendió nada…

Para colmo, el hombre se había expresado con demasiada cercanía, dando por sentado que se trataba de una pareja de tortolitos con ansias de un nidito de amor.

Tanto fue así que enmudeció al instante, con el gesto hecho un poema y sin saber qué decir.

Finalmente, se limitó a cumplir con la petición de la clienta y le consiguió otra habitación para ella sola.

—Aquí tiene, señorita. La suya es la 26. Sexta puerta a la derecha, en el segundo piso, junto al ascensor.

La experta tomó la llave-tarjeta y se limitó a indicarle que cargase la nueva habitación a la misma tarjeta. Después, se marchó sin siquiera dar las gracias.

Andrew se quedó mirando unos instantes en la dirección por la que había abandonado la estancia. El trabajador, sin poder remediarlo, tuvo que interrumpir sus cavilaciones.

—Disculpe, señor, su habitación es la número 34.

Cuarta puerta a mano izquierda en el tercer piso, no tiene pérdida.

Tiene más de cien canales para usted solito —comentó con una mueca bastante cómica, acompañada de un descomunal esfuerzo por aliviar la situación.

A Andrew le costó unos segundos reaccionar, pero no le quedó otra que agradecer, resignado, la labor de aquel simpático hombre y dirigirse a su habitación.

—Sí que son raros estos guiris —susurró el trabajador, volviendo a sus quehaceres.

***

17 de mayo de 2027 a las 21:40 horas.

Habitación 34, «la Encina».

Andrew Summons.

Era cierto lo que aquel hombre le había indicado: la habitación no tenía pérdida.

Llegó a la puerta, en la que estaban grabados el número y el nombre «la Encina».

Tras varios intentos, se percató de que la tarjeta-llave no funcionaba como debía y de que, como ladrón, sería más bien de poca utilidad.

Le costó abrir la dichosa puerta y aquello lo transportó directamente al pasado, a su apartamento, cuando no atinaba a introducir la llave mientras Nadia bromeaba.

Se le dibujó una sonrisa nostálgica que se desvaneció casi al instante al regresar al presente. Un presente en el que la doctora Al-Hassan quizá no le gastaría más bromas.

Cuando accedió a la estancia, se fijó en que la habitación estaba elegantemente decorada. Había visto aquel edificio en infinidad de ocasiones y, sin embargo, nunca habría imaginado que La Colina del Sur fuese tan acogedora. Dentro, le invadió un silencio reconfortante.

El techo, con vigas de madera oscura en contraste con el blanco de las paredes, le recordó que estaba lejos del bullicio de la ciudad. La luz tenue y cálida de una lámpara de araña, colgada del techo, dotaba al cuarto de un ambiente íntimo y sumamente cálido.

Desde la pared de la izquierda, una cama de matrimonio adornada le daba la bienvenida, cubierta con una colcha de lino en tonos magenta.

Sobre ella, dos cisnes formados con toallas entrelazaban sus cuellos.

A su lado, dos caramelos envueltos en papel dorado brillaban como un pequeño obsequio.

Andrew suspiró al ver aquellos cisnes; no eran precisamente el detalle que mejor casaba en aquel momento.

Aun así, no dudó en comerse y disfrutar cada uno de aquellos bombones.

El suelo de azulejo desprendía un frescor que sería de agradecer durante el día y, al abrir la ventana, entró un aire limpio con olor a romero y pino.

También pudo escuchar el canto de los grillos, un sonido que calmaba el malestar que le habían provocado los acontecimientos recientes.

El mobiliario estaba dispuesto con tanto cariño y esmero que transmitía al huésped una sensación de bienestar total.

Andrew dejó su mochila junto a la cama y se sentó despacio. Por un instante, el mundo exterior quedó lejos y, en aquella acogedora habitación, encontró el respiro que tanto necesitaba tras tantas emociones contradictorias.

***

17 de mayo de 2027, a las 21:30 horas.

Habitación 29, «el Almendro»

Nadia Al-Hassan.

Entró en la habitación. Era pequeña, básica y se ofuscó.

Estuvo a punto de llamar a la puerta del profesor para ver cómo era la suya y cambiarla, pero pensó que eso sería un detalle demasiado injusto.

Fuese como fuese, debía seguir adelante con su trabajo junto al profesor.

Nunca había fallado en ningún encargo y esta no iba a ser su primera vez.

Suspiró furiosa, no soportaba más el hecho de no poder ser ella misma, de tener que fingir, pero no pudo hacer otra cosa que resignarse.

—¡Todo sea por la cultura mesopotámica! —rio, irónica. Se desnudó, estaba agotada, furiosa y necesitaba distraerse.