10 BON VOYAGE #4
—¿Qué está pasando por esa cabecita, profesor?
—Es solo que… Nada, nada —respondió, perdiendo fuerza frente al culpable pensamiento de «eres mi compañera y yo un profesional, no debo caer en la tentación. La vida de Plunder puede que esté en juego».
La experta percibió su conflicto entre la moralidad y la lujuria, pero decidió inclinar la balanza.
—Ahora soy una pantera hambrienta y tú eres mi presa… —expresó, juguetona.
No obstante, el siguiente movimiento de la mujer lo dejó totalmente desarmado, vistiendo una seductora sonrisa, acercó su rostro a pocos centímetros del de él y, con la voz convertida en susurro, añadió:
—Tiene unos ojos increíbles, doctor Summons.
Aquellas palabras terminaron de romper sus defensas. Andrew volvió a besarla, esta vez más apasionado y decidido.
La supuesta doctora se desprendió del sujetador con un gesto lento y seguro y él pudo admirar la tersura de sus senos al quedar expuestos a la tenue luz de cabina. Ella se giró con picardía; detrás, un profesor temblaba como si fuese un alumno que veía aproximarse su castigo.
Andrew la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho. Acercó la boca a aquella espalda marcada por antiguas cicatrices y recorrió su piel con besos lentos, ascendiendo hasta el cuello, donde ella exhaló un susurro que parecía incendiar la atmósfera de aquel lugar.
La doctora alzó su mano izquierda hacia atrás y le agarró con vehemencia el cabello mientras fusionaban sus apetitos formando un ardiente vaivén.
Él bajó sutilmente su mano derecha por debajo del ombligo de la chica y la introdujo entre sus piernas, por debajo de su ropa interior.
La masajeó muy lento a la vez que ella le dirigía con su mano y giraba su cara para poder conectar su lengua con la de él.
Ambos mundos se entrelazaron mediante un beso lleno de pasión y ardientes lenguas danzarinas.
Los labios y lenguas trabajaban cohesionadas en un beso, que solamente era interrumpido por los sensuales jadeos de la doctora…
En medio de todo aquel clímax, a ella le extrañó el hecho de que aquella vez no sucediese como de costumbre. No hubo dureza, ni violencia. Todo aquel sexo se desarrolló de un modo lento, delicado y sutil.
Se dio la vuelta y Andrew la miró a los ojos. Aquellos ojos lo atravesaban. Lo llenaban de oscuridad. Una oscuridad que lo volvió loco.
Nadia llevaba la voz cantante, él a su lado y en aquella materia, era todo un novel. Le bajó los pantalones y calzoncillos mientras aquella mirada lo dejaba del todo indefenso. Lo sentó de un empujón, se situó de rodillas y esta vez fue ella quien jugó, mientras se miraban fijamente.
No le enloquecía el simple hecho de ver a su “entretenimiento” disfrutar, sino saber que ella era quien tenía el control; saber que ella podía finalizar aquello cuando quisiese…Por suerte para él, no era eso lo que deseaba.
“No puede ser cierto. Una chica como ella, con alguien como yo…”, repetía aquella molesta vocecilla interior, qu e acostumbraba a debilitar su autoestima.
Sus dos ónix oscuros podrían atravesar paredes y sus facciones rudas pero delicadas a la vez se mostraban como armas de doble filo. Una nariz respingona y los labios carnosos hacían de aquella cara la envidia de los mejores escultores de la Grecia clásica.
Andrew se sorprendió de lo fibroso que tenía el cuerpo para tratarse de una erudita de rocas milenarias.
Asimismo, le llamó la atención la cantidad de cicatrices que tenía por todo el cuerpo, pero le dio miedo preguntar el origen de aquellas antiguas heridas.
Aquella enigmática mujer lo aterraba y atraía a partes iguales.
Por su parte, Nadia estaba disfrutando de manera soberbia. Pensó que era increíble que semejante profesor friki tuviese semejantes atributos. Incluso abrió los ojos sorprendida y no había muchas cosas ya que le sorprendiesen tan gratamente…
Sonrió taimada y saboreó al profesor a la vez que sus miradas se conectaban como si formasen parte de una arriesgada simbiosis. Andrew no podía parar de pensar que debía tratarse de un sueño, pero verdaderamente estaba sucediendo, ¡desde luego que sí!
Nunca supo cómo lo pudo hacer, pues los espasmos eran tan fuertes que la mirada voló al techo…
pero lo consiguió. Tomó el control y a ella le encantó.
Le ayudó a ponerse de pie con la mayor de las ternuras y la posicionó a horcajadas encima de él.
Toda vez en aquella postura, Andrew y Nadia se fundieron un solo ser.
Poco a poco, el ritmo, las pulsaciones y el sudor fueron en aumento.
Un aumento que originó que terminase ella primero, después también y hasta una tercera vez.
En la cuarta, en cambio, formaron parte de un todo armonizado compuesto por tal clímax de jadeos y gemidos, que dio paso a un orgasmo simbiótico.
Tras unos momentos, quedaron unidos en un abrazo que pareció eterno, un abrazo que les fundió y convirtió sus cuerpos en uno solo.
De repente y sin previo aviso, ese abrazo quemó a la misteriosa mujer.
Se sintió vulnerable, débil y ella no podía permitirse serlo.
Aquella no era Nadia. La doctora no hacía aquellas cosas; esas pertenecían al repertorio de su otra yo .
No pudo soportarlo más de modo que se levantó de golpe.
Andrew trató de retenerla de la forma más delicada posible, pero ella le apartó de un empujón acompañado de un gruñido.
Acto seguido, recogió sus pertenencias y se dirigió a su reservado.
Él estaba confuso, habían pasado de estar manteniendo relaciones íntimas y placenteras a que ella se marchase sintiéndose, asqueada, arrepentida y sucia.
Nadia llegó a su reservado sintiéndose una fracasada. Poco le importó si alguien le había visto desnuda, al igual que poco le importó dejar a Andrew con la boca abierta, mil dudas y dolor en el corazón.
Había sido contratada para ser una experta en cultura mesopotámica y desde ese mismo momento se limitaría a cumplir su misión.
No podría permitirse que las distracciones echasen todo su trabajo por la borda, había demasiado en juego.