Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 10 BON VOYAGE #3
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10 BON VOYAGE #3

En aquel reservado espacio, el ambiente era íntimo y relajado. Parecía que el tiempo, fuera de aquel angosto lugar, se hubiera detenido y que solo quedaran ellos dos, disfrutando el momento.

—Mientras que el resto de asignaturas me parecían simples obligaciones, el modo en que Plunder nos transmitía su amor y su conocimiento por las culturas milenarias y la mitología me ayudó a seguir adelante.

Pasé largas horas con él, aprendiendo y disfrutando de sus lecciones, incluso después de que Stephen abandonara su puesto en mi colegio para seguir formándose.

Poco a poco se forjó un gran vínculo de amistad, que perduró a lo largo de los años…

El discurso del profesor estaba cargado de nostalgia y de un afecto que no podía explicarse con meras palabras. Se vio incluso obligado a contener alguna que otra lágrima.

La doctora no perdía detalle. Se encontraba totalmente concentrada en el relato de su acompañante, con sentimientos que le recordaban, en parte, a ella misma de joven. Andrew continuó narrando su vida bajo la atenta mirada de la mujer.

—¿Quién sabe? Puede que una vía de escape fuese perderme entre libros polvorientos y pasar horas soñando con lugares lejanos. Supongo que siempre he sentido que… lo último que quería era fallarle a nadie. Quizá por eso busqué refugio en algo que sí podía controlar: los libros.

—Eso está bien. Hay que tener siempre algo que nos permita escaparnos del estrés del mundo.

—En mi caso no se trataba de estrés. Me dediqué a la arqueología porque creí que podría escapar de mi monótona vida.

Ya sabes, vivir fascinantes aventuras en tierras lejanas, desentrañar los secretos de civilizaciones antiguas y, de paso, caer en las redes de bellas mujeres mientras descubría tesoros que me convirtieran en una leyenda.

—Andrew bajó la mirada y mantuvo un tono melancólico—.

Pero, en vez de eso, acabé contando la historia de esas civilizaciones a chavales que han viajado más que yo y que solo piensan en posar sin camiseta en redes sociales.

Poco a poco, lo que me hacía feliz y me permitía escapar de mi monótono y triste estilo de vida acabó transformándose en algo vacío.

Me di cuenta de que no había misterio en esas tierras lejanas.

Nadia lo observaba atenta y detectó un profundo desengaño y cierta apatía en su forma de expresarse.

—¿Y ahora? Nos acabamos de embarcar en esas aventuras que tanto deseabas de joven. ¿Sigues pensando que son una buena vía de escape para tu vida actual?

Andrew sonrió, aunque sus ojos se tornaron más serios.

—Me encantaría responder a esa pregunta, pero, a decir verdad, ya no estoy seguro de nada.

Siento que estoy tratando de buscar el misterio y la magia a cambio de la estabilidad y seguridad de mi trabajo.

Me siento como si estuviese perdido en medio del desierto sin poder orientarme, caminando en círculos y sin poder encontrar ninguna referencia.

La atmósfera en primera clase era casi perfecta.

Una rica combinación de aromas a canela, café y perfumes cítricos componía una sinfonía aromática acogedora y refrescante.

Como si formara parte de aquella calma, los movimientos de la doctora eran lentos y despreocupados.

Posó su copa con suavidad, sin apartar la mirada de su acompañante.

Una mirada que expresaba auténtica expectación.

—Eres más interesante de lo que crees, señor Summons… —coqueteó, marcando su apellido—. Por cierto, ¿cómo es que te apellidos Summons si tu padre era español?

—Mi padre y mi madre son, eran, perdona.

No estoy acostumbrado a estar a solas con una mujer tan…

— dijo, pasándose la mano por la nuca—. Vuelvo a empezar.

Mis padres se mudaron a Estados Unidos por el trabajo de mi padre.

Pero cuando yo tenía tres años, mi padre sufrió un accidente y murió.

Mi madre tuvo que luchar cada día en una tierra extranjera como madre soltera.

Cuando yo tenía seis años, conoció a Joe Summons.

Dos años después se casaron y, como Joe me crio como a un hijo, llevo su apellido.

—¿Y cuál era el apellido de tu padre?

—Márquez. Márquez era su apellido… —repitió con melancolía.

—Márquez… Me gusta —expresó, contemplando el burbujeo de la copa.

—Puede, señorita Al-Hassan, que yo sea más interesante de lo que creo, pero tú eres mucho más peligrosa de lo que aparentas —replicó, con media sonrisa.

La tensión se espesó entre los dos durante un instante, como si el murmullo de la cabina se hubiera desvanecido y solo quedara ese intercambio de miradas, esa batalla silenciosa entre verdades y deseo.

Nadia se ausentó y regresó con una botella y otra copa.

Se la ofreció a su acompañante y ambos brindaron por la familia Summons, por la aventura y porque, en algún momento de aquella vivencia, los dos supiesen quiénes eran en realidad.

Terminaron la botella, y después otra más.

Mientras se convertían en testigos de demasiadas confidencias.

—Bueno, Andrew. Ya basta de hablar de piedras y libros ¿Hay alguna chica que se haya adueñado de tu corazoncito?

— Hasta hace unos meses la ha habido. Pero no quiero hablar de ello…

—Tonterías, profesor. ¿Qué hay más interesante que los fracasos amorosos?

—Era… preciosa —admitió Andrew, con una sonrisa tenue que apenas logró sostener—.

Rubia, con los ojos de color miel. Tenía una forma de mirar que ha cía que todo pareciese más sencillo de lo que era.

Y además era cálida. De esas personas que entran en una habitación y, sin proponérselo, la vuelven un lugar mejor.

Nadia lo observó en silencio. Había algo distinto en su expresión mientras lo escuchaba: una atención serena, casi dulce, como si durante unos instantes hubiese dejado de ver al profesor arrastrado por las circunstancias para contemplar simplemente a un hombre herido por sus propios recuerdos.

—Lo nuestro funcionaba —prosiguió Andrew, con la vista perdida en algún punto de la cabina—.

De verdad que funcionaba. O al menos eso creía yo.

Todo iba bien hasta que le ofrecieron un puesto en un bufete de Los Ángeles.

Era la oportunidad con la que llevaba años soñando. Había luchado muchísimo por algo así.

Tragó saliva antes de continuar.

—Y yo… yo fui un cobarde. No me atreví a irme con ella. Me escondí detrás de mis clases, de mi rutina, de mis excusas. Me convencí de que estaba siendo sensato, de que no podía echar por tierra mi vida de la noche a la mañana. Pero la verdad es que simplemente no tuve el valor.

Nadia bajó un momento la mirada hacia la copa, removiendo apenas el vino antes de alzar de nuevo los ojos hacia él.

—En una relación, Andrew, el peso de las decisiones no tiene por qué recaer siempre en uno solo. Los sueños de una parte no deberían imponerse sin más sobre los de la otra.

Andrew dejó escapar una sonrisa amarga.

—Ya… quizá. Pero a veces hay que ceder por aquello que de verdad importa.

La doctora lo sostuvo con la mirada durante unos segundos. Había en sus ojos una mezcla de comprensión y una delicadeza inesperada.

—¿La amabas de verdad?

Andrew no respondió al instante. Apartó la vista, como si la pregunta hubiese ido a clavarse justo en el único lugar que todavía seguía intacto .

—Eso creo…—murmuró al fin—. O al menos la amé lo bastante como para seguir arrepintiéndome de haberlo echado todo a perder. Sarah se marchó en pos de su sueño… y yo convertí nuestra historia en una víctima de mis propios miedos. Tiré a la basura algo bueno por no atreverme a dar un paso al frente.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Nadia continuó mirándolo con una calidez extraña, casi enternecida, mientras Andrew parecía desnudarse un poco más con cada palabra.

—Creo que ya es hora de que duerma un poco —balbuceó Andrew, notando cómo el mundo giraba cuando trató de ponerse en pie.

A medida que pronunciaba cada palabra, el sentimiento de fracaso aumentaba en su interior.

Había conseguido estar charlando, intimando y pasar un rato increíble a solas con su experta mesopotámica particular y, sin embargo, era tan cobarde para tomar la iniciativa que utilizó aquella última frase como salvavidas.

Daría igual cuántas amenazas de capos de la mafia recibiese o en cuantas aventuras al otro lado del mundo se embarcara, Andrew Summons seguiría siendo el mismo cobarde de siempre.

Sin embargo, y ante todo pronóstico, aquel salvavidas lo iba a rescatar de la mejor de las maneras.

—Profesor Summons, todavía no va a dormirse. Como le he dicho hace un rato, estoy aburrida y será mi pasatiempo esta noche —sugirió ella, jugando e inclinándose sobre él.

Sus ojos vidriosos se encontraron y la distancia entre sus labios se fue acortando, lenta e inevitablemente.

Se besaron con intensidad, saboreando cada milímetro de sus lenguas.

Andrew le sostuvo la cabeza mientras se besaban, y a ella le gustó.

Fue un beso más romántico de lo que había imaginado.

Sin embargo, aquello no suponía ningún problema: su otra yo era capaz de adaptar el tipo de sexo a la personalidad de quien tuviera delante, ya fuese hombre o mujer.

Nadia cerró el compartimento, dejándolos aislados en una atmósfera íntima, sensual y envolvente.

La ebria cazadora continuó con besos suaves, intuyendo lo que a Andrew le gustaba, y no falló.

Se fue acercando a él muy poco a poco, con una expresión inocente que contrastaba con sus intenciones, como gata sin dueño.

Aquello le encantó. Tenía la habilidad de conseguir que alguien con la autoestima como Andrew se sintiera especial, como si fuera su dueño, su dios.

Guio sus brazos hasta su cintura, y el profesor se convirtió en alumno.

Nadia comenzó a desabrocharse el botón del pantalón y, aunque él casi se acobarda, cambió su expresión a una mezcla de súplica y de petición.

La doctora leyó aquel tímido rostro como un libro abierto.