Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 10 BON VOYAGE #2
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10 BON VOYAGE #2

Le estaba preguntando algo mientras hacía gestos con la cabeza. Andrew, aún aturdido de su ensoñación, provocada por su reptiliano cerebro, a duras penas comprendió lo que estaba sucediendo delante de sus ojos.

La doctora trataba de hacerlo partícipe en su selección. Sin prestar toda la debida atención, le indicó que él elegiría la prenda de la derecha. No sabía si había acertado de algún modo y la cara de Nadia parecía un poema. Tanto que acabó comprando la chaqueta de la izquierda.

Por fin llegaron a una de las fases más odiadas en los aeropuertos: el control de seguridad.

Ese momento en el que debían desprenderse prácticamente de todas sus pertenencias siguiendo las indicaciones del personal de seguridad, cada cual con más cara de pocos amigos que el anterior.

Observó cómo Nadia cruzó el arco detector de metales cuando una mujer uniformada, afroamericana, con largas uñas pintadas y con evidentes problemas de peso, le ordenó que pusiera los brazos en cruz.

Al contemplar la escena —Nadia en postura de espantapájaros mientras la mujer realizaba la inspección—, pensó que aquello era lo más extraño que había llegado a hacer en su vida.

Una vida marcada, punto por punto, por la rutina.

Él, que no soportaba que nada se escapara de lo habitual, estaba a punto de cruzar un control de seguridad y embarcarse en un viaje con una mujer que acababa de conocer.

Todo ello, con parada obligatoria en España para ir en busca de un amigo al que no veía hacía unos cuantos años y convencerlo de que los ayudara a encontrar «unos objetos místicos perdidos».

Por si fuera poco, se estaba jugando su puesto de trabajo, pero, contra todo pronóstico, no pudo evitar escuchar una diminuta voz que había nacido desde lo más profundo de su interior, y que poco a poco le iba taladrando la conciencia.

Aquella voz trataba insistentemente de saber:

—¿Y si en verdad es esto lo que tienes que hacer? ¿Cuántas vidas tienes, Andrew?

Esa voz era la fuerza motora que lo había empujado a embarcarse en semejante odisea. «Odisea, si Homero levantara la cabeza…», reflexionó, esbozando una sonrisa resignada.

—¡Vamos, usted, pase! —le espetó el guardia del control de seguridad, interrumpiendo sus cavilaciones.

Cogió la bandeja con todas sus pertenencias y, al levantar la vista, vio a Nadia hablando con un hombre de aspecto serio.

Retiró sus efectos personales, colocó la bandeja junto al resto y se acercó rápidamente hacia ella. En aquella situación no se fiaba absolutamente de nadie. Apresuró el paso. Llegó justo a tiempo para escuchar parte de lo que contestó a aquel hombre:

—No fumo, lo siento.

El hombre cambió el semblante por completo, como si aquello le hubiese cogido por sorpresa, pero Andrew apenas pudo notarlo. En cuanto se marchó, intervino con una sonrisa que claramente ocultaba recelo.

—Sí que tiene éxito allá donde va, doctora Al-Hassan.

—Hombres… Ven una cara bonita y pierden el culo por encontrar cualquier excusa para ligar. En serio, ¿tabaco?

Andrew, sin tener la menor idea del motivo, se puso rojo y comenzó a sudar incontrolablemente. Lo único que le salió en aquel momento fue agacharse para terminar de guardar sus efectos personales en la mochila y decir: «¿Nos vamos?». Luego comenzó a andar ante la mirada atónita de la doctora.

—Atención, señores pasajeros, el vuelo AF9721 con destino París-Charles de Gaulle se encuentra en fase de embarque inmediato por la puerta B27. Rogamos a todos los pasajeros que tengan su tarjeta de embarque y documentación preparada.

El mensaje sonó como agua en pleno desierto. Mientras esperaban para embarcar, Andrew pudo apreciar el avión: un Airbus A350-900. Aquella aeronave era un gigante blanco y azul que esperaba en la pista con las luces de posición encendidas, como si fueran los ojos de un animal nocturno.

Un largo rato y muchos estornudos de otros viajeros después, ambos se encontraban ya sentados en sus respectivos asientos.

A él le llamaron la atención de inmediato dos aspectos.

Por un lado, evidentemente, primera clase.

Nada más entrar, notaron cómo el ambiente cambiaba.

Allí no había prisas ni maletas amontonadas; todo parecía diseñado para transmitir calma.

Cada pasajero disponía de una cápsula privada, con paneles que ofrecían intimidad y un asiento que se transformaba en una cama horizontal.

Los acabados en madera oscura y cuero gris contrastaban con la iluminación cálida que se regulaba automáticamente para acompañar las fases del vuelo.

Una azafata, de impecable apariencia, les dio la bienvenida por su nombre y les ofreció una copa de champán antes de despegar.

Andrew, aunque no estaba habituado a esos lujos, aceptó con una sonrisa nerviosa. Nadia, en cambio, lo hizo con naturalidad, como si se permitiera olvidar por unas horas la tensión que habían arrastrado hasta allí.

Frente a cada uno, una pantalla panorámica mostraba el mapa del vuelo y un catálogo de películas en 4K.

También había un armario individual para dejar chaquetas y bolsos, además de un pequeño kit de viaje con auriculares de alta gama, cremas y una manta ligera.

Utensilios de aseo que Nadia no tardaría en agenciarse antes de abandonar el avión.

Por último, contaban con un mini bar equipado con todo tipo de bebidas.

El segundo aspecto que llamó la atención de Andrew fue la facilidad con la que se movía Nadia en aquel ambiente esnob y elitista. Mientras él se sentía fuera de su hábitat, casi incómodo, ella parecía estar hecha para aquello; como pez en el agua.

—Pareces muy cómoda en primera clase. ¿Sueles viajar mucho así? Yo tengo la impresión de haberme colado… —bromeó él.

Ella se quedó mirando fijamente sin saber qué responder.

—Hemos pagado cada centavo, así que solo me limito a disfrutarlo, señor Summons…

Cierto era que no se había colado, pero también lo era que había sido la Universidad Brice quien había asumido el gasto, no ellos.

Llevaban dos horas de vuelo y estaban disfrutando cada minuto.

Nadia estaba recostada en su asiento de lujo, completamente aburrida.

Cerró la película y apagó la pantalla táctil.

«Películas estúpidas hechas por gente que finge ser alguien que no es.

Joder, qué irónico…», pensó. Miró a su alrededor en busca de un pasatiempo y allí estaba su compañero, disfrutando del viaje como un niño con una piruleta.

—Necesito divertirme y… ¿qué mejor diversión que mi querido profesor universitario, friki Summons? —bromeó para sí misma, pícara.

No podía dejar de mirar a Andrew: descarada, lujuriosa.

Él estaba absorto viendo un documental en su pantalla.

Cogió la copa de Armand de Brignac y la terminó de un trago.

Acto seguido, la rellenó, se levantó y se acercó a él apresuradamente con una amplia sonrisa, digna del propio Belcebú.

Cuando llegó a su reservado, le apartó las piernas y se sentó donde, escasos segundos antes, él las había tenido apoyadas.

Ante aquello, un extraño cóctel de sensaciones comenzó a emerger dentro de Andrew: miedo, sorpresa, alegría, curiosidad, placer… Sobre todo placer. Y, frente todo aquello, lo único que acertó a decir fue:

—¡Hola!

—Bueno, a ver, profesor, cuéntame algo sobre ti. Estamos de viaje de novios y apenas te conozco —bromeó, juguetona.

Andrew se quitó los auriculares con torpeza, todavía con el gesto sorprendido en el rostro.

—Vaya, Nadia, no esperaba que vinieras a interrogarme a plena altura de crucero.

Ella rio, tentadora, y a Andrew le pareció de lo más excitante. Esta se acomodó con naturalidad sobre el asiento.

—No es un interrogatorio, profesor. Llámelo curiosidad académica. Además, soy una chica aburrida en primera clase. Digamos que necesito un entretenimiento…

Andrew ladeó la cabeza, divertido.

—Curiosidad académica, ¿eh? Eso suena más peligroso que Vartan.

Nadia levantó la copa y lo miró con descaro.

—Aquí solo estamos tú, yo y está botella de champán que cuesta más que tú piso. Quiero conocerte —soltó ella tan de repente que al arqueólogo casi se le salen los ojos de las órbitas.

Su colega de profesión y atractiva compañera de aventuras quería conocerlo, a él. A Andrew Summons, a quien las chicas habían rehuido durante prácticamente toda su vida. En un patoso movimiento, propio de un completo novato, hizo una sugerencia de la que se arrepintió al instante.

—Conocerme a mí no tiene el menor interés. ¿Por qué no revisamos de nuevo el material que Stephen me envió, en busca de nuevas pistas que seguir? Es posible que…

—Estamos en un vuelo de primera clase, Summons. Ya tendremos tiempo de repasar el material. Ahora quiero conocerte a ti, no a tus papeles —lo interrumpió Nadia.

Él suspiró, resignado, y se reclinó un poco.

—Está bien, pero te lo advierto: soy un sujeto de estudio bastante aburrido, aburrido y débil —dijo, dejando entrever cierta tristeza en su mirada.

—La debilidad es un lujo que solo los muertos pueden permitirse. Además, profesor, permíteme que sea yo quien llegue a esa conclusión. Dicho esto, háblame de ti.

—Crecí y me crie en Texas con mi madre y su novio.

Cuando yo no era más que un niño, mi padre murió y ella se volvió a casar.

Su marido me ha educado, mantenido y criado como a un hijo, y yo lo considero una especie de padre.

Sin embargo, mi dificultad para relacionarme nació ahí, de eso no me cabe duda…

—¿Y qué relación tienes con el arqueólogo desaparecido?

«¿Arqueólogo desaparecido?». En cierta manera, el modo en que formuló la pregunta le resultó extraña y fría. Según tenía entendido, ella y su mentor eran viejos conocidos y, sin embargo, se había referido a él de esa forma. Summons no reparó mucho más en ello y se ciñó a responder a la pregunta.

—Cuando mi padre nos dejó, yo no tenía más de quince años. Pocos meses después, cuando me encontraba en un agujero y Plunder no era más que un profesor novato, comenzó a impartir una asignatura de Historia y Mitología en el colegio donde estudiaba.